lunes, 11 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 12. Halloween

 


De haber estado en Madrid, con toda probabilidad, a estas alturas del mes de octubre ya habría sacado el abrigo de plumas. Sin embargo, en la ciudad de Málaga hoy el día está despejado y estoy disfrutando de estos cálidos instantes en los que me dejo abrazar por los últimos rayos del atardecer.

Estoy apoyada sobre la barandilla del Muelle Uno, admirando la vista que me otorga y viendo La Farola, el faro de la ciudad, que se recorta contra el horizonte y destaca con su blanco sobre el fondo de azules.

Los nervios que me han azotado durante toda mi jornada de trabajo en la tienda se han visto incrementados por esta espera lenta que me está devorando. He quedado con Ginés justo aquí, en el extremo de las Pérgolas de la Victoria que da al Centre Pompidou. La gente pasea, monta en bici y aprovecha la tarde de viernes para relajarse cerca del puerto y disfrutar de los restaurantes que hay en él.

Estoy observando a una niña subida en su triciclo rosa cuando una mano me da un par de toques en el hombro.

—Espero que no hayas tenido que esperar mucho —dice él con una amable sonrisa.

—No, he llegado hace unos minutos —miento. Porque la verdad es que llevo casi veinte aquí esperando.

—Perdón por el pequeño retraso, he tenido que resolver algunas cosas en casa.

Su rostro se entristece y me da mucha ternura verlo tan afligido.

—¿Qué te parece si nos sentamos ahí? —propone señalando una cafetería que tiene dispuesta una terraza.

—Claro.

Primero pedimos un par de cafés y luego tomamos asiento en una mesa que queda frente al paseo. Lo contemplo. Él se remueve inquieto y veo cómo sus hombros están algo caídos. Ahora me pregunto si ha sido una buena idea todo esto.

—¿Qué tal en la tienda? —se interesa.

—Pues… otra jornada trabajando de cara al público y fingiendo que no quiero matar a todas y cada una de las personas que me contestan con malos modos —respondo. A lo mejor me he pasado de sincera, pero consigo robarle una sonrisa y eso me gusta—. ¿Tú qué tal?

—Nervioso —confiesa—. Es solo que… —Tragas saliva—. Todo esto me remueve mucho. Sufrí tanto en su momento que me ha costado volver a ser mínimamente yo.

La presión que ocasionan sus palabras en mi pecho me hace mover mi mano y agarrar una de las de él.

—Tampoco hace falta que me cuentes todo, no quiero hacerte daño —digo con sinceridad—. Podemos dejar el tema de lado y simplemente tomarnos el café.

Ginés se lo piensa. La curiosidad me pica en la lengua y me pide que insista, que le pida explicaciones, pero mi empatía me frena. Lo veo muy vulnerable. Tras unos segundos en silencio, suelta el aire en una gran bocanada y me sonríe.

—No, te debo una explicación y, además, me va a venir muy bien hablar esto con alguien. Sé que puedo confiar en ti.

Se me escapa una sonrisa al ver que él se relaja. Da un sorbo a su café y, asiendo aún mi mano, arranca su relato.

—Será más sencillo si empiezo por el principio. Elio y yo nos criamos juntos. Su padre y el mío fueron amigos toda la vida hasta que… —Él aprieta los labios con fuerza—, hasta que mi padre murió en un pesquero.

Me hielo. No me esperaba esa información.

—Lo siento mucho —es lo único que se me ocurre responder.

—Fue hace años, sigue doliendo, pero uno se hace a su ausencia. —Frena sus palabras por un segundo, una pausa que es llenada por el ruido de la gente yendo y viniendo—. Tras aquello, Elio y yo nos unimos aún más. Fue como el hermano que nunca tuve. Su familia me acogió muchas tardes en las que mi madre tenía que trabajar hasta tarde y en el colegio, cuando todo el mundo se metía con él por llevar gafas y tartamudear, yo fui el único que lo defendió.

Parpadeo, asombrada por lo que me cuenta Ginés. Lo narra con tanto cariño y amor que sé que algo muy grave tuvo que ocurrir entre ellos.

—Incluso en el momento en el que Elio decidió juntarse con malas compañías… yo lo seguí. —Los ojos se le humedecen.

—¿Malas compañías? —inquiero, curiosa.

—Fue al poco de empezar el instituto. El acoso a Elio solo fue en aumento y en una de las ocasiones terminó peleándose con un chico al que partió la nariz. Y al final no sé muy bien cómo, pero terminó juntándose con él y con sus amigos. Yo lo seguí, siempre tuve esa especie de instinto protector con él. Sin saber que justo por eso me acabaría metiendo en tantos líos.

—Algo me han contado sobre que terminó en un reformatorio —digo para que Ginés suelte prenda. No quiero insistir, pero a la vez lo estoy deseando.

—Eso fue la punta del iceberg. En realidad, todo empezó mucho antes. En un principio solo nos emborrachábamos y hacíamos tonterías, pero luego… las cosas se complicaron. —Ginés atrapa mis manos con las suyas y me mira directamente a los ojos—. No estoy orgulloso de lo que hice y me voy a arrepentir toda la vida de ello, pero… terminé siendo parte de las desventuras de Elio y sus amigos. Robábamos en tiendas, incluso algunos coches, tiramos una moto al mar, una vez hasta atracamos a una señora mayor en un cajero. Pequeños delitos de los que nos librábamos siempre por los pelos. —Su voz se ha vuelto grave y veo el cansancio en su rostro—. La noche en la que detuvieron a Elio, tuve una pelea muy fuerte con él, porque yo quería dejar de lado todo aquello. Yo quería alejarme de aquellos tíos. Y así lo hice, me quedé en casa mientras ocurría todo y pese a las insistencias de Ainara para que no lo dejara solo, lo hice —relata y frunce el ceño.

¿Ese había sido el papel de Ainara? ¿Por eso le había lanzado aquella mirada en la playa? ¿Era porque culpaba a Ginés de lo ocurrido con Elio?

—Al día siguiente todo el mundo sabía que habían detenido a Elio porque se había colado en la casa de un empresario con contactos en el ayuntamiento. Mi madre me pidió que dejase de hablarle de inmediato y yo… le hice caso. Es toda mi familia, Jimena.

—Es comprensible —digo acariciando su hombro—. Fue él quien hizo mal.

—Y aun así yo pagué parte de las consecuencias. ¿Sabes que Dylan, Alex, Biel y Ainara eran mis amigos? —No puedo ocultar la mueca de sorpresa—. Elio les comió la cabeza para que me dejasen de lado y por mucho que lo intenté, nunca me creyeron. Montó toda una mentira para que me odiasen y terminé siendo el apestado.

—¿En serio?

Él asiente. Está tan afectado que sus manos tiemblan y termino por abrazarlo. El relato de Ginés me deja fría. Sé que Luque es un prepotente, pero de ahí a ser tan mala persona como para hacerle el vacío a un amigo de la infancia que quiso alejarse de las malas compañías…

Aunque si lo analizo con frialdad, el otro día cuando quedamos se comportó como un imbécil con Julia.

—Siento ponerme así, no pretendía perder el control. Pero es que lo pasé tan mal… Por eso te dije que te alejases de él, Jimena. No quiero que haga daño a más gente y parece que te tiene en la mira.

—¿A mí? —dudo, extrañada.

—Cuando os vi el otro día en la biblioteca tuve un mal presentimiento. Elio tiene mucho éxito entre las chicas y no duda en ilusionarlas para luego dejarlas tiradas. Se ha vuelto un egocéntrico que solo busca manipular al resto. No caigas en su trampa.

Se me escapa una risilla.

—No voy a caer en ella, ni de lejos —afirmo, muy segura de mis palabras. Y, sin embargo, un picor extraño me recorre la nuca. 

 

***

—¿Por qué estás tan pensativa?

Gaia y yo llevamos casi una hora en videollamada. Hace unas semanas me propuso que hiciésemos así los deberes y debo admitir que a ratos parece que volvemos a las tardes de biblioteca.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Solo estoy concentrada.

—Llevas siete minutos mirando a la nada. Déjate de tonterías. Venga, dime qué ha pasado.

Le acabo contando todo.

—Hostia.

—¿Eso es lo único que me vas a decir?

—Es solo que… yo venía a contarte mis movidas con el gilipuertas de Perseo y ahora mis tonterías no son nada con este percal. Estamos hablando de un delincuente. Un delincuente que resulta que puede llegar a ser tu cuñado.

—No me recuerdes eso.

—¿No me dijiste que Julia parecía muy feliz con Mateo?

—Sí, pero con Elio en la ecuación, ¿crees que esto va a terminar bien? Y más después de lo que me ha contado Ginés.

Gaia se queda muy callada, algo raro en ella pues es una de esas personas que tiene la imperiosa necesidad de compartir todos sus pensamientos constantemente.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? —Su voz se alza una octava.

—Venga, escúpelo.

Se resiste apenas un par de segundos.

—Es que solo tenemos la versión de Ginés.

—¿Qué quieres decir?

—A ver… En todo hecho hay versiones, ¿no? —Yo asiento con la cabeza—. Pues aquí solo se nos ha presentado una.

—Dios santo, cómo se nota que estudias derecho.

Gaia pone los ojos en blanco.

—Es solo que a lo mejor no deberías arrojarte a una conclusión precipitada sin tener todas las pruebas que demuestren que es verdad.

—Pero es que la mayoría de ellas apuntan a que es cierto.

—La primera regla que nos ha enseñado mi profesora de derecho penal es que, en vez de intentar probar una hipótesis, intentemos demostrar que es falsa.

—¿Traducción?

—En vez de asumir que Elio es un delincuente en potencia, intenta demostrar que no lo es.

 


Me cruzo con un grupo enorme de chicos disfrazados de distintas versiones de El Joker mientras avanzo por las calles de la ciudad. La noche ha terminado coronada por una banda de nubes que hacen que el cielo refleje la luz de las farolas y cree un espacio fantasmagórico. Lo cual es ideal para la noche más terrorífica del año.

—¿Pero a quién tenemos aquí? ¿Eres una momia? —inquiere Dylan

—¿No tienes frío con eso puesto? Te estoy viendo los pezones —dice Biel mirándome de arriba abajo.

—Pero si hace una temperatura de muerte —digo intentando hacer un chiste.

—Menos mal que eres guapo, porque la gracia… —responde Ainara.

—Sois unos malditos.

Caminamos hasta la entrada del garito, un local enorme que a Machado le ha dejado uno de los amigos de sus padres y que, en dos días, deprisa y corriendo, hemos tenido que decorar para la fiesta de hoy.

—Joder, pues al final sí que hemos hecho buena caja —indica Biel al ver la cantidad de gente que se aglomera en la puerta para entrar.

—¡Amigos! —grita Machado. No son ni las doce, pero ya va cargadito.

Va vestido de presidiario y arrastra hasta una cadena de plástico con una enorme bola que casi lo hace tropezar.

—Ainara, qué mal rollito das vestida de muñeca diabólica. Hoy tu hermano está más guapo, ¿eres Jack Sparrow? Dylan de zombi, el guaperas de momia y… ¿Y tú de qué se supone que vas vestido?

—De declaración de la renta —explica mi mejor amigo señalándose el cartel que tiene sobre el cuerpo y en el cual se puede ver una imagen impresa de la web del Ministerio de Hacienda.

—El más tenebroso de todos —concuerda nuestro compañero—. Podéis colaros. Decid en la puerta que vais de mi parte y el número sesenta y nueve.

—¿Sesenta y nueve? —cuestiono.

—Es la clave para la gente de clase.

Obedecemos a Machado y, aunque el de seguridad frunce el ceño, la contraseña surte efecto. Dentro del local la música lo llena todo y entre el juego de luces y los disfraces, nos es casi imposible discernir si conocemos a la gente con la que nos cruzamos o no. Eso no nos impide disfrutar del momento y pronto somos parte de la marea de cuerpos que baila al ritmo de los últimos éxitos.

Haciéndome hueco como puedo me retiro hasta la barra para poder pedirme otra copa y es ahí donde la veo por primera vez en toda la noche. Se ha planchado el pelo lo que hace que sus rasgos que vean aún más angulosos, o puede que sea el maquillaje lo que logra ese efecto. Reconozco al personaje de inmediato: Sally de Pesadilla antes de Navidad. Hasta con ese tono azul mortecino y las cicatrices alrededor de su boca está guapa.

Me veo obligado a sonreír porque ella lo hace con un brillo demencial en la cara y la veo feliz. Rara vez la he visto con un gesto así cuando me mira, aunque lo entiendo, no he sido la persona más amable con ella, pero es que Jimena… ay, Jimena. Desde que la vi en la cafetería aquella mañana en la que le robé el café no he podido dejar de posar los ojos en ella y parece que una parte de mí quiere descubrir todas sus caras, todas sus facetas.

Confieso que me esperaba provocar algún tipo de reacción por su parte cuando subí la foto que le tomé en Nerja, pero no me ha hecho ni un comentario. Así que supongo que no la habrá visto, tiene sentido, después de todo no me sigue y dudo que se pase los días viendo mi perfil. Ya ha dejado claro en más de una ocasión esa animadversión que le causo y, no obstante… Sé que va a girar su cabeza y me va a mirar en tres, dos...

Ahí está.

Mi sonrisa se ensancha y muevo la cabeza en señal de saludo. Ella me hace una peineta y niega con la cabeza a su interlocutor. Solo entonces me doy cuenta de quién es y se me cae el mundo a los pies. Mi cuerpo entero se congela. No. Ginés otra vez no. ¿Qué coño le pasa con Jimena? Joder, a ella no. A ella que la deje en paz.

Aprieto con furia el vaso que sostengo entre las manos e ignoro a la camarera cuando me pregunta qué quiero. Se la tengo guardada, se la tengo guardada desde hace mucho tiempo. Por su culpa, por su puta culpa…

—Ey, ¿has pedido ya? —me pregunta Biel, que con su toque me saca de mis pensamientos—. ¿Qué te pasa? Vaya careto tienes.

—Ginés.

Como no desvío la mirada, mi mejor amigo es capaz de localizarlo con facilidad.

—Elio, ni se te ocurra.

—¿El qué?

—Sabes perfectamente el qué. No dejes que tenga poder sobre ti.

—Debería partirle la cara. Últimamente no para de revolotear y después de todo lo que hizo…

—Si causas un alboroto no solo vas a salir perjudicado tú. Piensa en Ainara, joder.

—Precisamente por ella debería ir allí.

Dos partes de mi mismo ser se pelean. Es ese sentimiento de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que me acompaña desde que él me rompió, desde que él me llevó al extremo. La parte cuerda que me pide estar quieto, que me pide resistirme; y la otra parte, mi parte más salvaje, la parte que él creó en mis adentros y que me pide cruzar el garito, cogerle del cuello de la camisa y partirle la cara. La cuestión es, ¿cuál de mis partes acabará ganando la batalla?

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