lunes, 18 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 13. «Tu chica»

 


Justo en el momento en el que estoy a punto de perder los papeles, me detengo. No, joder, no puedo caer en viejos hábitos, no puedo dejarme llevar por él de nuevo. Tengo que centrarme, debo hacerlo por mí y por todo el mundo que me ha dado una segunda oportunidad. Ya no soy aquella persona y no pienso dejar que él me lleve de nuevo hacia la oscuridad. Ni a mí ni a nadie.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Biel agarrándome con fuerza del brazo.

—Confía en mí —replico mirándole a los ojos.

Él mantiene su mano firme alrededor de mi brazo hasta que percibo cómo me suelta muy lentamente y asiente con su cabeza. Tomo una bocanada de aire y me decido. Atravieso la discoteca ocultándome de la mirada de Ginés y, a un par de personas de él, empujo a una chica que cae sobre uno de sus amigos y cuya bebida termina calándolo. No puedo evitar reírme, porque me he hecho un Jimena.

Ginés se revuelve, contiene el enfado; no obstante, en sus ojos veo la ira corretear libre. Se disculpa con Jimena y se aleja farfullando. Pasa muy cerca de mí, aunque no me presta atención.

Quizá no debería, pero termino acercándome a Jimena. Frunce el ceño nada más verme y sonrío. Hay algo de encanto en la forma en la que su rostro se contrae cuando se enfada conmigo que me crea adicción.

—¿No me libro de ti ni esta noche? —inquiere tosca.

—Yo también me alegro de verte, madrileña.

Pone los ojos en blanco y reprimo una carcajada.

—¿Qué quieres?

—Solo me he acercado a la barra a pedir —digo señalando con la cabeza a la camarera—. ¿Crees que me había venido a verte a ti?

Consigo lo que me propongo. Se ha indignado, mucho. Lo cual percibo como una buena señal.

—Encajaría con tu papel de acosador —responde demoledora.

—¿Acosador? —Me apoyo en la barra y consigo establecer un espacio más íntimo entre nosotros.

—¿Cómo llamarías a alguien que le hace una foto a otra persona y la cuelga en redes sociales sin su permiso?

—Así que has vuelto a entrar en mi perfil —la pincho.

—Yo… No lo hecho a propósito, es que dejé la pestaña abierta del navegador y el otro día lo vi. Ni se te ocurra poner esa estúpida mueca en la cara —me advierte.

—¿Qué mueca?

—¡Esa! —contesta acalorada—. La de funde bragas.

—¿Funde bragas? ¿Me estás llamando guapo otra vez?

Suelta un gemido de fastidio.

—Ni se te ocurra desviarte del tema. Quiero que borres esa foto.

Arruga la frente y me doy cuenta de que esto es serio. Dejo de jugar y saco el teléfono. En la pantalla una foto que tomé del mar embravecido me da la bienvenida y busco con rapidez la aplicación.

—Puedes hacerlo tú misma —digo ofreciéndole el aparato—. No pensé que te molestaría —explico con una disculpa en la voz—. Es solo que me gustó mucho cómo quedó y no pude resistirme. Me pareció demasiado bonita como para no compartirla con el resto del mundo.

Alza su mirada hacia mí. Sus ojos castaños reflejan el conjunto de luces de colores de la discoteca y sus pupilas, dilatadas debido a la oscuridad, hacen que su aspecto sea aún más inocente.

La veo dudar, sin embargo, finalmente coge el teléfono de entre mis manos y se mueve por la aplicación. Deja la yema de su pulgar sobre el botón de eliminar, titubea un par de segundos antes de darle y la foto desaparece de mi feed.

Me cede el móvil y, cuando nuestras manos se rozan, Jimena centra su mirada en nuestro contacto. Las arrugas de su frente se esfuman por completo y, pese a que sé que estamos en una discoteca y la música atronadora inunda mis oídos, por alguna razón escucho las olas del mar.

La empujan por detrás y soy lo bastante rápido como para agarrarla y así evitar que se dé contra la barra. Aunque yo no tengo tanta suerte, mi antebrazo recibe el golpe y un calambrazo horrible me recorre hasta el hombro.

—¿Estás bien? —pregunto. Tengo una de mis manos en su cintura y con la otra le tomo de la barbilla para verla.

Ella entreabre un poco los labios.

—¿Elio? ¡Al fin encuentro a alguno del grupo! Estaba… —Ainara se calla de pronto al ver que no estoy solo y que tengo muy pegada a Jimena.

La pelirroja tartamudea, no obstante, no dice nada y apoya sus manos sobre mis pectorales para separarnos.

—Estoy perfectamente. Me voy. Gracias por borrar la foto —expresa con una extraña mueca en su cara. Aprieta los puños, frunce de nuevo el ceño y, sin más, se marcha.

Choca su hombro con Ainara a la que lanza una mirada. Mi amiga se percata de que sigo con la vista fija en la madrileña y, tras un extraño intercambio de miradas, Jimena se aleja a paso rápido.

—Vaya… —dice ella.

—¿Qué?

—Tu chica está celosa.

—¿Jimena?

Ella pone los ojos en blanco, como si la definición de «mi chica» no pudiese encerrar a nadie más.

—Sí. Juraría que piensa que hay algo entre tú y yo. ¿Te acuerdas del día de la playa? No te quitó el ojo de encima.

Recuerdo aquella mañana en la que fuimos a bañarnos y Jimena y sus amigas terminaron a unos metros de nosotros en la orilla. Me percaté de su presencia casi de inmediato y no pude resistirme a mirarla. En especial cuando se quedó en bikini y pude ver su piel llena de pecas. A la cabeza me vino la idea de recorrer su cuerpo con un bolígrafo y buscar formas, en cada uno de sus rincones y curvas.

Pero eso no se lo puedo confesar a Ainara.

—Es normal que no me quite el ojo de encima, ¿me has visto? Soy guapo, inteligente, divertido… ¡un partidazo!

Mi amiga se cruza de brazos y niega con la cabeza.

—Sé que esa chica te está empezando a gustar. Alex ya me ha dicho que no paras de intentar atraer su atención en clase.

—Yo no hago eso. Es que me quitó el sitio y solo quiero fastidiarla.

—Oh, venga ya, Elio. Te conozco. —Me muerdo la lengua —. Solo intenta que esta vez no te rompan el corazón en mil pedazos.

 

***

 


El bajo de la música repiquetea en mi interior junto con los latidos de mi corazón. Después de todo lo que me ha contado Ginés y aun no entiendo cómo no me he dado la vuelta en cuanto ha aparecido Elio. Bueno, sí que lo sé… es ese aura, ese estúpido magnetismo que tiene. Al menos he logrado borrar mi foto de su perfil, pese a mis dudas, porque lo he visto tan franco cuando ha dicho que no pudo resistirse a subirla que…

¡Jimena!

No te dejes embaucar. Eso es lo que hacen los tíos como Luque. ¿Cómo puedo ser tan boba? Además, estoy segura de que mis sospechas son ciertas, tiene algo con Ainara. No he conseguido sacarle a Ginés si es verdad o no, pero rara vez mi instinto falla.

—¡Tía! —grita alguien a mi espalda. Al voltearme, me encuentro con Lola—. Llevo perdida dos horas, ¿dónde estabas?

—En la barra —contesto sin dar más detalles—. Espera, ¿y Emma?

—Me dejó al lado del DJ y no he vuelto a saber nada de ella desde entonces. Pensé que estabais juntas.

—¿Miramos en el baño?

En realidad, lo digo para poder ir a buscar a Ginés. No quiero que el recuerdo de la buena noche que estábamos teniendo termine empañado por la bebida que le han tirado y mi encontronazo con Elio. Desde que me contó todo lo que había pasado entre ellos no hemos dejado de hablar ni un solo día. Ha sido una constante en la que nos hemos dados los buenos días y las buenas noches. También he aprendido un montón sobre él; en especial, en esas tardes en la biblioteca, siempre alejados de las miradas del resto.

Puede que haya dejado un poco de lado a las chicas esta semana, pero es que encuentro en Ginés un amigo fiel, con una visión del mundo increíble y me encanta la capacidad que tiene para saber compartirla con el resto. Es un orador nato y un genio pensador.

—¡Emma! —vocifera Lola al verla salir del baño—. ¿Dónde…? ¿Y esa boca?

Observo con atención que nuestra amiga tiene la mayor parte de su pintalabios rojo corrido.

—¿Qué…? —Emma se tapa la cara y vuelve hacia los servicios.

—¡Oye, no huyas! ¡Queremos el cotilleo!

Lola la persigue dentro y yo voy detrás.

A medio camino me cruzo con Ginés, que sale de los lavabos de hombres y me sonríe.

—Ey, ¿venías a buscarme? —interroga con una sonrisa almizclada.

—La verdad es que…

—¡Jimena! —chilla Lola.

—Oh, son tus amigas, ¿verdad?

—Sí… Es que… bueno…

—Tranquila, ve con ellas. Yo me voy a ir a casa, estoy empapado y encima pegajoso. Para mí la noche ha acabado ya.

Se me escapa un puchero. Ginés alza sus comisuras y su mano aparta un mechón de pelo de mi frente. Posa sus labios sobre mi mejilla y se despide con un dulce beso.

—Nos vemos por la universidad. Pasa buena noche.

Gira sobre sus talones y lo veo dirigirse hacia la salida.

—¡Jime! ¡Ayúdame con el interrogatorio! —me reclama Lola. Pongo los ojos en blanco, pero, aun así, emprendo mi camino hacia los aseos.

 

***

Corro por mitad de la calle, intentando huir del tercer día de lluvia sin parar que nos ha tocado vivir esta semana de noviembre. Me detengo cuando me encuentro con una figura grande que, en un primer momento, me asusta. Una vez me percato de quién es, me relajo.

—¿Mateo? —inquiero tapándome como puedo con mi capucha.

—Ah, hola, Jimena —responde con una cálida sonrisa—. Venía… —Mueve el peso de un pie a otro y se frota la frente con la mano que tiene libre—. Yo…

—¿Venías a ver cómo se encuentra mi hermana?

Lleva desde ayer en la cama. Se olvidó el paraguas en el trabajo y a la vuelta le cayó todo un chaparrón, por lo que empezó a encontrarse mal y, en cosa de unas horas, la teníamos en la cama con fiebre.

Ha pasado muy mala noche y yo con ella. Con eso de dormir juntas, cada vez que la oía toser, me despertaba y le iba cambiando los paños para controlar su temperatura.

—Sí, me ha llamado esta mañana para cancelar la sesión y he decidido hacerle un poco de sopa —explica señalando una bolsa en la que puedo ver un termo enorme.

Está cohibido, lo cual lo hace aún más adorable. ¿Cómo puede ser Mateo este ser de luz y su hermano pequeño un agujero de gusano?

—Ven conmigo. Seguro que con tu visita se recupera antes.

Muestra sus dientes en una enorme sonrisa que llega hasta sus ojos y que me contagia. Abro el portal y él me sigue escaleras arriba hasta nuestro piso.

Nada más abrir, nos da la bienvenida mi abuelo, que parece estar preparando la merienda para mi abuela.

—Uh, vaya, ¿traes compañía?

—Este es Mateo, un amigo de Julia.

Mi abuelo se acerca a él y estira su mano.

—Encantado, yo soy Jose.

—Es todo un placer conocerlo, Julia me ha hablado mucho de usted y de sus pestiños.

—¡Porque son los más buenos de todo Andalucía! —Me obligo a morderme los labios y no sonreír. No hay nada que le guste más a mi abuelo que lo adulen por su comida—. Cuando haga, le puedo decir a mi nieta que te avise y te lleve unos pocos.

—Me encantaría —responde él complaciente.

—¿Con quién habláis? —pregunta mi abuela, que aparece con paso lento en el umbral. Ella abre mucho los ojos al ver a Mateo—. Pero qué hombretón, Menita, ¿es tu novio?

—No, no, abuela. Es un amigo de Julia, el fotógrafo —aclaro con rapidez al ver el azoramiento del chico y decido librar a Mateo del escrutinio de ambos—. Hablando de ella, será mejor que vayamos a ver si está despierta, ¿te parece?

Él asiente y no perdemos tiempo en quitarnos los abrigos y recorrer el pasillo hasta la habitación. Llamo a la puerta para ver si mi hermana está despierta y tras contar con su aprobación para entrar, abro.

—¿Mateo?

Su rostro se ilumina y cuando veo que él se queda quieto, le doy un empujón. Lo veo acercarse a la cama con pasos cortos y cautos, hasta que finalmente se arranca a hablar.

Mi hermana le hace hueco para que se siente en la cama, y pese a su titubeo, termina aceptando y toma sitio junto a ella. Decido entornar la puerta para dejarles algo de intimidad y me marcho de vuelta al salón.

—¿Los has dejado solos? —cotillea mi abuela cuando regreso.

—Déjalos, Manuelilla —se inmiscuye mi abuelo—. Parece un buen chico, ¿y has visto lo que le traía? Era un termo, seguro que con sopa. Dime, ¿qué joven de ahora hace esas cosas?

Por toda respuesta mi abuela sonríe y le da un mordisco a su galleta. Ambas sabemos que Mateo se ha ganado su beneplácito con el piropo de los pestiños. Me quedo un rato mirándola mientras se toma su merienda y me decido a darle un beso. Lleva unos días estupenda, no solo le está resultando más fácil hablar, sino que su movilidad también ha mejorado y está más ágil.

Oímos la puerta y camino hasta la entrada para encontrarme con mi padre, que aparece cargado.

—Esto viene a tu nombre —dice dejándome un paquete en las manos.

Se lo cojo y caminamos juntos hasta el salón. Observo el remite y tiemblo. Es de la imprenta a la que mandé imprimir los boletos para el sorteo de Navidad. Es la tercera vez que me los envían y como en esta no salgan bien, voy a estar en un apuro enorme porque nos estamos quedando sin tiempo y Machado no para de apremiarme.

Abro la caja con cuidado y…

—¡Otra maldita vez no! —me quejo con un lamento.

—¿Qué pasa?

—Han vuelto a imprimirlos mal, mira.

Le paso a mi padre uno de los tacos y éste lo observa con detalle. No es solo que la papeleta esté medio borrada, sino que, encima, están torcidas.

—No, si al final va a ser verdad que lo barato sale caro —gruño exasperada.

—Quizá si buscamos alguna imprenta por la ciudad… —sugiere mi padre.

—Lo intenté hace semanas, pero la que no es muy cara, me decía que como mínimo iban a tardar más de un mes. Por eso me decidí por esta tienda online.

—Bueno, Menita, podemos mirar en algún sitio, a lo mejor entre todos lo solucionamos —se ofrece mi abuelo, buscando consolarme.

—Perdón, ¿interrumpo? —Es Mateo.

—Hola —dice mi padre.

—Hola, usted debe ser Alonso, el padre de Julia y Jimena. Soy Mateo, un amigo.

La voz del chico intenta sonar firme, pero puedo ver su nerviosismo al estrechar la mano de mi padre.

—Eso es, aunque no hace falta que me hables de usted. Tutéame, por favor.

—¿Está Julia bien? —inquiero interrumpiendo la presentación.

—Sí, sí. Es solo que necesita un poco de agua y un paracetamol, en el blíster no le quedan.

—Espera, ya los cojo yo —indica mi padre yendo hacia la cocina.

Mateo fija su vista en el taco de boletos que acaba de dejar mi padre sobre la mesa y lo mira con interés.

—¿Son las participaciones para el sorteo del veintidós de diciembre? —se interesa.

—Sí, me tocaba a mí imprimirlos, pero estoy teniendo problemas…

—¿Necesitas ayuda?

—No, tranquilo, voy a…

—La necesita —corta mi abuelo.

—¡Abuelo! —lo regaño.

—¿Qué? A lo mejor él puede ayudarte.

—Lo cierto es que sí —admite el chico con un gesto cálido y calmo—. Tengo un amigo que tiene una imprenta, aunque lo malo es que está en El Palo. Pero puedo decirle a Elio que te acerque.

—No te preocupes, seguro que con el bus…

—¿Quién es Elio? —se interesa mi abuela.

—Es mi hermano pequeño, es más, va a la universidad con Jimena.

—¿De verdad? —Los ojos de mis abuelos brillan con un toque pícaro. Voy a tener que empezar a controlar las telenovelas que ven, porque están disparando demasiado sus imaginaciones—. ¿Por qué no dejas que el chiquillo te acerque?

—Yo… no quiero molestar a Luque, seguro que tiene mucho que estudiar, estamos a nada de los finales y…

—Puedo preguntarle si me haría el favor, ¿quieres que le llame para que quedéis? 

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