lunes, 16 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 17. La bolera

 



—Tía, estoy hasta el moño de estudiar —se queja Gaia desde el otro lado de la pantalla—. Encima tengo que aguantar al maldito Perseo y su repelencia.

Sonrío a la pantalla. La relación de mi amiga con Perseo es complicada porque son como la noche y el día. Gaia es un torbellino de energía, una charlatana y una persona que irradia luz; mientras que Perseo… Perseo es un chico especial. Sumamente callado y circunspecto. Ese tipo de chicos a los que sabes que el silencio jamás les va a incomodar; observador e incluso a ratos algo perturbador. Sé que es humano porque lo he visto sangrar, que sino…

—Piensa que en enero vienes a pasar unos días —le recuerdo.

—Eso es lo único que me está salvando de este estrés. Los exámenes deberían estar prohibidos. ¿En serio se piensan que me voy a acordar de la mitad de lo que estoy estudiando una vez salga por la puerta de clase? Tengo que guardar ese espacio para recordar las letras de las canciones.

Me carcajeo. Da igual el año o el género de la canción, Gaia puede adivinarla con apenas un par de segundos de esta. Tiene un oído absoluto y pese a los años de conservatorio, al final ha decidido dedicarse al derecho. La excusa que siempre pone es que no quiere mancillar el amor con la música convirtiéndola en trabajo. Gaia y su lógica.

Miro el reloj y me doy cuenta de que tengo que empezar a vestirme. Al final acepté la propuesta de Ginés y él, de buen agrado, aceptó que viniese Julia. Y no sabe lo muchísimo que se lo agradezco porque la situación con Mateo no ha hecho más que enfriarse, lo cual tiene a mi hermana encerrada en una tristeza silenciosa.

Ni siquiera mi padre o mis abuelos se han percatado de que está más opaca que de costumbre, pero yo sí. He aprendido a leer las pequeñas señales, los pequeños gestos que me hacen ver todo el abatimiento que encierra dentro.

Como, por ejemplo, que ya no tararea canciones mientras hace las tareas de la casa, ha dejado de echarse brillo de labios y con más frecuencia que de costumbre su mirada vaga y ella se aleja de nosotros.

Así que le debo agradecer a Ginés el haber extendido la invitación a mi hermana.

—¿Cuál de los dos jerséis crees que me queda mejor? —le pregunto a Gaia.

—Ummmmm… El del escote cuadrado. Así vas abrigada, pero enseñas a las nenas un poco para que absorban vitamina D.

Pongo los ojos en blanco, aunque termino riéndome con el comentario de mi amiga. Salgo un momento del plano para cambiarme y mientras estoy en la tarea, Gaia sigue con la conversación.

—Entonces, este chico… Andrés…

—Ginés —corrijo.

—Eso, Ginés, te propuso una cita y tú has decidido llevar a tu hermana.

—No es una cita —digo apareciendo en pantalla de nuevo—. Es una quedada de amigos.

—Ajá.

El tono con el que pronuncia ese «Ajá» me pone en sobre aviso.

—¿Y el otro chico? Al que desgraciaste el otro día con la patada en los huevos.

—¡No fue una patada en los huevos! Le di sin querer, ya te lo dije.

—Sí… después de besarlo.

—No fue un beso de verdad. Caí sobre sus labios.

—Cuidado a lo mejor la próxima vez caes sobre su po…

—¿Estás lista? —interrumpe mi hermana y yo agradezco en silencio que haya entrado en la habitación y cortado la conversación—. ¡Hola, Gaia! Cuánto tiempo sin verte.

—¡Juli! Qué guapa estás, te queda muy bien ese vestido de punto.

Mi hermana sonríe comedida, aunque la sonrisa no le llega a la mirada.

—Muchas gracias, Gaia. —Julia se gira hacia mí—. Venía a avisarte de que Ginés está en el salón. ¿Tienes todo listo?

—Sí, ya estoy. Bueno, amiga, nos vemos en la siguiente videollamada.

—¡Pasadlo bien!

Ella se despide con un guiño y yo cierro el portátil. Salimos hacia el salón y al llegar Ginés charla animadamente tanto con mi padre como con mi abuelo. Mi abuela está atareada con un puzle y no les presta mucha atención.

—Hola —saludo al chico con un par de besos.

—Ya estáis aquí —evidencia mi padre—. Ginés me estaba contando que vais a ir a una bolera ambientada en los años ochenta.

—¿En serio? —pregunto entusiasmada con la idea. Me encantan los locales retro.

—Sí, el dueño es un amigo de mi madre y nos hará un precio especial.

Ginés muestra los dientes en una enorme sonrisa.

—¿Nos vamos?

—Claro.

Nos despedimos de mi familia y salimos a la calle. Ginés es quien dirige la conversación y lo hace de manera muy diestra. Mi hermana se siente en confianza con él e incluso parte de la tensión que lleva cargando estos días se esfuma.

O eso parece, hasta que nos cruzamos en el autobús con un chico cuya constitución me hace pensar en Mateo y sé que a ella también.

La esperanza aflora durante una décima de segundo en la cara de mi hermana y luego es sustituida por la desdicha. Ginés no se percata porque Julia es rápida en seguir con la conversación, pero yo no puedo evitar fruncir el ceño.

Al bajar, mi hermana se adelanta un poco y Ginés aprovecha para acercarse a mí.

—¿Todo bien? —su tono dulce y calmado me consuela y hace que relaje la expresión.

—Sí, todo bien.

Él se me queda mirando fijamente a los ojos durante un instante y se da cuenta de que le estoy mintiendo.

—¿Seguro?

Suelo odiar cuando la gente insiste en preguntarme cómo me siento, sin embargo, Ginés tiene algo que me hace confiar en él. Es una especie de halo que me alienta a depositar en él todos mis secretos y no los esparcirá por ningún sitio.

Pero este no es mi secreto.

—Seguro.

Frunce un poco el ceño, pero no insiste.

Al llegar a la parada nos bajamos y Ginés nos guía hasta el centro comercial en el que se encuentra la bolera. Está algo descuidada, aunque eso solo le otorga un poco más de encanto al sitio. Parece que hemos viajado realmente al pasado con los colores, los brillos y la música ochentera que lo llena todo.

Caminamos hasta un mostrador en donde un señor lleno de tatuajes por todas partes saluda a Ginés.

—Muchacho, ¿otra vez por aquí?

—Tenía que enseñarles a mis amigas madrileñas la mejor bolera de Málaga. Chicas, este es Kiko.

—Oh, así que forasteras. —El hombre dirige su mirada hacia nosotras—. Pues habéis venido al mejor sitio de todo Andalucía para echaros una partida de bolos y luego os podéis pasar por los recreativos. Aquí donde lo veis, este crío es un hacha con las máquinas de gancho, seguro que os puede sacar algún peluchillo.

El aludido se pone colorado hasta las orejas y me hace pensar en lo diferente que habría recibido el mismo elogio Luque. Espera, ¿por qué diantres pienso en Luque? No, no, no.

¡Fuera de mi cabeza!

—¿Jimena?

—¿Sí?

—La talla de zapato —repite Ginés.

—Un treinta y ocho, por favor.

Kiko va desinfectando los zapatos y los vamos cogiendo para marcharnos a nuestra pista. Odio la sensación de ponerme el calzado usado por tanta gente, pero, como no tengo más remedio, intento no pensarlo demasiado.

Arranca la partida Julia, que tiene tan mala pata que se le desvía del carril y no tira ningún bolo. Luego es el turno de Ginés, quien con gran facilidad se hace un pleno.

—¿Nos has traído aquí solo para poder pavonearte? —digo con tono juguetón.

—Me has pillado… —dice él por lo bajo, con una voz aterciopelada y una expresión divertida en el rostro.

Agarro la bola naranja con el número ocho grabado en su superficie. Me acerco hasta la línea y apunto hacia el centro. Es un tiro bueno, pero no lo suficiente, porque me dejo tres bolos en alto.

Así pasamos la tarde, riendo entre turno y turno, haciendo apuestas sobre quién tirará más al final (claramente lo será Ginés) y picando todo lo que Kiko nos trae a la mesa como regalo de bienvenida.

Llega un momento en el que voy al baño, el exceso de refrescos es lo que tiene, por lo que atravieso la bolera y me meto por un pequeño pasillo que solo tiene tres puertas. Las dos de los baños y una tercera en la que pone prohibido el paso.

Paso al servicio de señoras y al terminar escucho un par de voces a través de la pequeña rendija que hay por debajo de la puerta. Están algo lejos, pero distingo con facilidad a Ginés y Kiko.

Doy un paso hacia delante, pero antes de abrir la puerta me detengo.

—La semana pasada viniste con la morena y esta traes a dos. Eres increíble, quién tuviese veinte años otra vez…

—Oh, venga, Kiko. No digas esas cosas. Solo son amigas y sabes que me gusta tratar bien a mis amigas.

El hombre suelta una risotada y siento una gran animadversión hacia él.

—Venga, Ginés, te conozco desde que eres muy pequeño. Intenta engañar a otro.

Agarro el pomo y no sé si abrir e interrumpirlos o bien seguir aquí escuchándolos.


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