lunes, 23 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 18. Romper las normas

 


—Yo no engaño a nadie.

El hombre sigue riendo.

—Oh, Ginés… Eres como tu madre.

—¿Guapa? —inquiere el aludido con un toque de picardía que resuena a través de la puerta.

—Sois de esas personas que cuando quieren algo, nadie puede detenerlos.

—Eso es todo un halago.

—No lo decía como tal.

Kiko vuelve a reírse, pero esta vez Ginés no lo acompaña.

—Oh, espera, mejor quedarse en una vieja bolera sin casi clientes y con dos préstamos del banco de los que nunca te vas a librar. Perdona que no quiera terminar como tú, tío.

¿Tío?

—Ginés… —lo reprende.

—No vuelvas a hablar mal de ella. Sabes todo lo que ha hecho por sacarme adelante.

Con esas últimas palabras se va. Lo sé porque oigo unas pisadas fuertes chocar contra el suelo. Pasan unos minutos hasta que escucho el siguiente par.

¿En serio Ginés no nos ha contado que Kiko es su tío? ¿O ha utilizado la palabra más bien como un apelativo y nada más?

La puerta se abre y no soy rápida para apartarme, por lo que me da de pleno en la frente.

—¡Auch! —me lamento mientras me froto la zona lastimada.

—Ay, Mena, perdona. He venido a buscarte, tardabas tanto… ¿Te he dado muy fuerte?

Mi hermana examina con cuidado mi cara y la veo torcer el gesto de manera disimulada. Doy un giro sobre mí misma para verme en el espejo y me doy cuenta de que tengo un enorme chichón en la línea del pelo.

—Parezco un unicornio —me quejo pasando la mano por la protuberancia.

—Vamos a fuera, quizá con un poco de hielo…

Hago caso a mi hermana y salimos de los servicios. Ginés no tarda en localizarnos y corre hacia nosotras.

—Ey, ¿dónde…? ¿Jimena? ¿Pero qué te ha pasado?

—Le he dado sin querer cuando he ido a buscarla al baño —explica mi hermana.

Él abre los ojos durante un segundo y luego frunce el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí —respondo rápida—. Solo me duele un poco.

Fija la mirada en mi frente y su boca se tuerce hacia un lado. ¿Quiere eso decir que está peor? Dios mío…

—¿Podrías traernos un poco de hielo, por favor?

—Por supuesto, id a sentaros.

Hacemos caso y él se marcha para hablar con la chica del bar que deja de limpiar la barra y escucha la petición de Ginés. Desvío la mirada hacia Kiko que, con una mueca de tensión, parece estar muy concentrado en colocar los zapatos.

—Aquí lo tienes.

Ginés toma uno de los cubitos y, tras ponerlo en una servilleta, me lo pasa con extremo cuidado por la piel. El alivio es instantáneo y frena parte del dolor que se gesta en mis sienes por el golpetazo. Miro al chico que me devuelve un gesto amable.

—Trae, no quiero que te quedes sin dedos por mi culpa.

—Los perdería encantado, a fin de cuentas, hoy sois mi responsabilidad. Estabais bajo mi cuidado y mira lo que ha ocurrido.

—Qué amable eres, Ginés —lo adula mi hermana.

A mí el discurso me escama. ¿Responsabilidad? ¿Bajo su cuidado? ¿Hemos vuelto a la regencia? ¿Me he dado más fuerte de lo que pensaba y ahora estoy en un episodio de los Bridgerton?

Mi ceja derecha se dispara y el gesto me hace daño, pero no lo puedo evitar. No me gusta nada que me traten como a una damisela en apuros. Porque no lo soy. Me he roto el brazo izquierdo dos veces, me he hecho cuatro esguinces y me han tenido que dar un total de dieciocho puntos a lo largo de lo que llevo de vida. Por una hostia con una puerta no me voy a morir y creo que mi padre no le va a pedir un duelo al amanecer. En cambio, Julia está encantada con la palabrería. Así es ella.

Le quito el hielo de las manos y me lo froto una y otra vez por el bulto de mi frente. Mi hermana me regaña con la mirada por mi brusquedad.

—Vamos a tener que dar la partida por finalizada —apunta él con un amago de sonrisa.

—¿Qué? No, no. Podemos seguir.

—Pero…

—Mena, creo que es mejor que nos tomemos un descanso. Otro día podemos volver —dice ella conciliadora.

—Julia tiene razón, ¿os apetece que vayamos a cenar? No muy lejos hay un japonés al que podríamos ir.

Mi hermana asiente enérgicamente y recogemos nuestras cosas para ir a por nuestros zapatos.

—¿Ya os marcháis? —pregunta Kiko al acercarnos.

—Sí, hemos tenido suficientes emociones por hoy —dice mi hermana con el dedo índice señalando mi chichón.

—Pero, ¿qué te ha pasado ahí, niña?

—La puerta del baño.

Kiko echa un rápido vistazo a Ginés, pero enseguida se vuelve hacia mí y niega con un gesto divertido.

—Luego hablaré con esa puerta para que no se le ocurra volver a agredir a mis clientes —suelta en un intento por hacerse el gracioso.

Sonrío forzada.

—Nuestros zapatos, por favor —pide Ginés.

Me mareo un poco a la hora de hacer el cambio de unos a otros, pero se me pasa rápido cuando dejamos la bolera y salimos al exterior. El aire frío y húmedo me despeja y también ayuda a que el golpe no me duela tanto ahora que ya no tengo el hielo.

Contemplo las calles llenas de las luces de Navidad. Me entusiasmo al pasar por una tienda y ver que los escaparates empiezan a llenarse con ofertas. Se nota que noviembre se acaba y que la ciudad quiere que lleguen ya las fiestas. Admito que yo también estoy deseosa, aunque eso solo significa que tengo cada vez más cerca los exámenes finales de las asignaturas de este cuatrimestre.

Avanzamos por la avenida y, en una esquina, Ginés frena.

—Es este sitio.

Debo admitir que me quedo impresionada con el lugar. La madera oscura junto con la cortina noren, que atravesamos al entrar, le dan ese toque que recrea el aspecto de un restaurante típico de ramen japonés. A eso hay que unirle el aroma que acude a mis fosas nasales nada más ponemos un pie dentro y que hace que mi estómago ruja. Tomamos asiento junto a una ventana y hacemos caso a las indicaciones de Ginés sobre lo que debemos pedir mientras la conversación fluye y mi golpe deja de dolerme tanto.

—Me ha dicho Jimena que estudias también filología.

—Sí —responde él con una sonrisa de oreja a oreja—. De pequeño mi padre solía leerme cuentos antes de dormir y fue entonces cuando descubrí que la literatura podría darme más, mucho más y me enamoré de las letras y su capacidad creadora.

—¿Así que planeas ser escritor?

—Bueno, sé que será duro y que requiere mucho sacrificio, pero este es el primer paso. Me gustaría llegar a escribir una de esas obras que cambian por completo la literatura y cómo escribe toda una generación.

—Vaya, eso es apostar alto. Estoy segura de que tu padre está muy orgulloso de ti.

Mierda. No le he contado a Julia lo del padre de Ginés.

—Oh… lo haré para honrar su memoria. Desgraciadamente, murió.

Mi hermana se queda aun más pálida de lo que es.

—Lo lamento muchísimo, no lo sabía.

—No, tranquila. —Él alarga la mano y acaricia los nudillos de ella—. Es una de mis mayores motivaciones. Sé que estará muy orgulloso de mí y que cumpliré uno de sus sueños, lo malo es no poder compartir esto con él.

El silencio incómodo se llena con la interrupción de uno de los camareros que nos trae las bebidas. Para cuando retomamos la conversación, mi hermana parece un poco más entera.

—Entonces, ¿tienes algo publicado ya?

—No, aún no. Tengo varias ideas, grandes ideas, pero aún no he llegado al punto óptimo para escribirlas. Además, son obras que solo van a poder ser publicadas por grandes editoriales y aún no tengo los contactos.

—¿Por qué grandes editoriales? —inquiero con curiosidad.

—Solo un editor va a poder entender todo lo que quiero encerrar y va a saber cómo guiarme, ya lo sabes.

Me da un tirón en el lateral izquierdo de la boca.

—Pero has dicho que no has escrito nada de esas obras.

—De esas no, tengo alguna otra cosilla por ahí, pero nadie con el talento suficiente las ha leído.

—¿El talento suficiente?

—Claro, ya lo he dicho antes, planeo escribir una obra que cambie a toda una generación, que cause un impacto masivo.

—Las obras que causan eso no necesariamente son las aclamadas por los entendidos, ya lo sabes —repito devolviéndosela. Ginés apoya los codos sobre la mesa y entrecierra los ojos—. Muchas obras que rompieron con patrones fueron tachadas de esperpento y no ha sido hasta años o incluso siglos después que se les ha dado el reconocimiento adecuado.

Se le escapa una sonrisa condescendiente.

—¿Y qué propones? ¿Qué cualquiera escriba? ¿Tal y como sucede ahora en una época en la que todo el mundo puede ser escritor? —La última palabra la pronuncia con desdén.

—Es la democratización de la cultura. ¿Por qué dejar que sean unos pocos los que dicten todas las normas y lo que debe o no ser un buen libro?

—Pues porque sin normas, se desharía todo, dejaría de tener sentido el mero acto de escribir.

—O cobraría más.

Entrecierra los ojos. Mi hermana pone una mano sobre mi pierna y me aprieta.

—Jimena, ¿estás estudiando filología para destruir la lengua desde dentro? —Se carcajea.

Me veo obligada a responder a su risa socarrona con otra.

—No, ni mucho menos. Y soy la primera que defiende que deben respetarse las normas, porque sin ellas no podríamos comunicarnos, no habría lengua como tal; pero también entiendo que debemos avanzar, que el lenguaje es un ser vivo que evoluciona con sus hablantes.

—¿Y desvirtuarla? Si empezamos a inventar y romper normas, acabamos con el lenguaje y la escritura, las deshonramos.

—Entonces, ¿crees que deberíamos eliminar palabras como odisea, mentor, donjuán, celestina o lazarillo?

—¿Qué? —Arruga la frente y suelta un bufido divertido por no entender el cambio de rumbo—. ¿Por qué haríamos eso? Creo que te has perdido en tu argumentación.

—Son términos que hemos adoptado a través de personajes literarios y ahora son comunes.

—Y eso son casos excepcionales.

—¿El doblepensar de Orwell o el síndrome de Peter Pan también lo son? —Se queda serio—. Vamos, Ginés, si quieres hacer una obra que rompa y marque a una generación, como has dicho, el primer paso es entender que eso no lo vas a saber hasta que escribas y luego te lean. Y no lo digo por los editores o críticos, lo digo por la gente de a pie.

—Lo estás llevando todo al absurdo.

—¿El absurdo? Absurdo es ser tan elitista con la creación literaria.

—¡La comida ya está aquí!

Julia nos interrumpe y observo cómo Ginés, en vez de querer seguir con nuestro debate, cambia completamente de tema y se centra en alabar el caldo de su bol y los fideos que lo acompañan.

Mi hermana colabora para que la conversación no vuelva a girar entorno a nuestro punto de choque y solo cuando desvía la mirada hacia su teléfono Ginés deja de hablar de la comida y le pregunta.

—¿Esperas la llamada de alguien?

—Ah, perdona, qué mal educada, debería guardar el móvil. No es importante.

Sé que ha mirado para ver si se trataba de Mateo y, por su expresión de decepción, no lo es. Han pasado casi dos semanas desde la última vez que hablaron y cada día es un poco más duro para Julia. Eso es lo que ocurre con un alma tan enamoradiza como la suya, aunque de cara a la galería siga diciendo que solo lo considera un amigo, esos ojos tristes me dicen que no es así.

Ginés es rápido en leer el ambiente y saca con destreza temas triviales con los que lograr que mi hermana levante el ánimo. Tengo que agradecérselo, pues logra animar a Julia con su verborrea y que esta deje de lado los mensajes ignorados.

Terminamos entre risas y con el estómago caliente y satisfecho. Pagamos y salimos del restaurante intentando abrigarnos. Ahora, la noche, más cerrada y fría, me obliga a alzar los hombros y esconder la cara dentro de mi abrigo los largos y tediosos minutos que esperamos en la parada.

Una vez subimos al bus, mi hermana se sienta y queda alejada de nosotros, por lo que Ginés aprovecha y se acerca a mí para preguntarme.

—No te habrás enfadado conmigo por lo que hemos hablado antes, ¿verdad?

En un principio no sé a qué se refiere, pero luego caigo en nuestro rifirrafe.

—¿Qué? ¡No! Claro que no. ¿Sabes que podemos tener opiniones distintas y ser amigos?

Los párpados de Ginés caen y ladea la cabeza con una medio sonrisa.

—Lo sé. Pero me ha parecido que te he ofendido un poco con mi punto de vista y no me gustaría que te llevases una mala impresión de mí.

—Tranquilo, no ha sido así, futuro escritor de la generación.

Logro que suelte una risilla y parece entender que no le guardo rencor. Lo cierto es que, después de ver lo bien que le ha sentado a mi hermana su compañía, le debo mucho.

—No te tenía por una chica que rompe las normas.

—A veces uno no es lo que parece.

—A veces…

 

***

Disfruto del calor de los primeros rayos de sol que se cuelan por la ventana y también de la suavidad de las sábanas acariciando mi piel. Hasta que tres golpes rítmicos en la puerta me hacen incorporarme.

—¿Aún estás en la cama?

—Perdón, se me ha olvidado poner la alarma.

—Nada, venga, una ducha rápida y nos vamos.

Después de insistir un par de veces en que lo acompañásemos, finalmente he decidido ir con mi padre a la asociación del barrio en la que ayuda. Lo veo muy implicado y creo que le está sentando genial pasar esos ratos allí y no sentado en el parque jugando al ajedrez con el resto de amigos de mi abuelo. Parece que al fin ha encontrado su propio refugio y entretenimiento alejado de casa y es todo un avance.

Estoy escogiendo la lista de reproducción que quiero disfrutar mientras me ducho, cuando una llamada vuelve mi pantalla negra.

—¿Sí? ¿Lola?

—Tía… ¡Tía! ¡TÍAAAAAAAAAA!

—¿Qué pasa? —El tono de pánico me pone en alerta.

—Joder, joder, joder… Jime, que la he liado. Necesito que me ayudes, por favor. Sé que es un sábado y solo son las nueve, pero necesito que me ayudes.


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