martes, 25 de octubre de 2022

Complejo de Mr. Darcy

 

Tengo complejo de Mr. Darcy. No, no es que sea un joven adinerado que piensa que todo el mundo a mi alrededor goza de una inferioridad nata y de que solo unos pocos logran cruzar la línea de la perfección.


Tengo complejo de Mr. Darcy porque las palabras se me atascan en la punta de la lengua cuando más deben salir. Porque preferiría describirte en cien mil palabras todo el dolor que alguien me ha causado a simplemente decirte: “Le quise, y a él le dio miedo”. Porque, pese a que la mayor parte de personas se quedan con su frialdad, con la manera en la que desprecia al resto, Mr. Darcy siempre me cautivó porque lo entendí.

Tengo complejo de Mr. Darcy porque me he visto reflejada en todos sus defectos.

Sí, defectos.

Relee “Orgullo y prejuicio” si lo necesitas para darte cuenta de que Mr. Darcy era más como un gato asustadizo, asocial, al que le disgustaban los ambientes plagados de personas falsas, que sufrió por ver a su hermana pequeña con el corazón roto; pero que aun así, fue lo suficientemente misericordioso como para no buscar venganza, sino solo buscar proteger a su familia.

El hombre que, pese a que el resto pensaba que tenía y podría tenerlo todo, lo único que buscaba era esa otra fuerza capaz de contrarrestar su miedo. Alguien capaz de atravesar la coraza y de demostrarle que no todos a su alrededor son meras marionetas que se dejan guiar por el estatus y el dinero. Eso fue para él Lizzy.

“Orgullo y prejuicio” no es la historia de cómo una joven pone en su lugar a un aristócrata rico y prejuicioso, ¡NO! (bueno, un poquito sí…). Esta novela de Jane Austen tiene muchas más capas y una de ellas, una de las que más rabia me da que pase desapercibida, es la inseguridad, la soledad y el miedo de Mr. Darcy.

No, el señor de Pemberly no es perfecto, es una persona aterrada, incapaz de comunicarse con la única persona con la que de verdad quiere hacerlo, celosa del resto y dispuesto a hacer lo correcto sin ser laureado. Ese es el Mr. Darcy del que caí prendida aquella vez que leí por primera vez la novela y del que me enamoro cada vez que la releo.

Tengo complejo de Mr. Darcy porque yo también me siento la “rarita” de la fiesta, yo también siento que puedo llegar a ser más carga que diversión, yo también prefiero encerrarme en mi casa a estar en una sala rodeada de gente y aguantar las miradas, yo también escribiría diez mil folios a la persona que quiero antes que decírselo a viva voz porque hay ocasiones en las que mi lengua se enreda y la única manera en la que puedo expresarme es mediante la escritura.

Por eso, soy más Darcy que Lizzy, más de quedarme prendada de tu mirada y luego pensar en que te tendría que haber dicho que he visto las estrellas en la oscuridad de tu pupila, en que el mar tiene envidia al azul de tus ojos y en que esa medio sonrisa que me regalas cuando estás nervioso es como ver una supernova; pero nunca lo hago, aunque tengo un cuaderno lleno de todas las palabras que no te he dicho a la cara, pero en las que no puedo dejar de pensar.

Palabras.

Curioso cómo decir “te quiero” sin decir “te quiero” puede ser mucho más fácil cuando comparas a alguien con la naturaleza.

P.D: a lo mejor ha llegado el momento de releer una vez más a mi rarito social aristócrata favorito.


martes, 18 de octubre de 2022

Distancia Focal: 28. Futuros

 


Arranco la marcha con Gaia pegada a mis talones, pero antes de que pueda alejarme mucho, me choco contra un cuerpo.

—Perdone, no lo he vis…

Me quedo petrificada al ver que se trata de Luque. Lo peor de todo es que sigo pegada a él y cuando el olor de su colonia llega a mis fosas nasales lo recibo con ganas, inspirando con profundidad.

Los ojos de Elio me contemplan con diversión y su sonrisa me hechiza. Recorro con la mirada la forma de sus labios y recuerdo con tedioso detalle lo suaves que son y lo que es sentirlos contra mi boca.

—Hostia, Jimena, me he comido tu gorro. ¿Se puede saber por qué has pegado ese frenazo? —protesta Gaia, sacándome de mi ensimismamiento—. Oh, hola —dice al ver a Luque—. Perdona a mi amiga, hace unos días tuvo un accidente y se ha quedado un poco más boba de lo que suele ser.

Da un paso hacia delante y adopta una pose sensual y estudiada.

—Lo sé, me salvó de un buen golpetazo —responde él.

Gaia ahoga un chillido de emoción.

—No puede ser, ¿tú eres el capullo?

—¿El capu… llo? —repite él con cuidado dirigiéndome un vistazo que me hace toser.

—Joder, sí que estás bueno, sí. Ahora entiendo muchas cosas.

—¡Gaia! —la reprendo.

La escena debe ser divertidísima para el chico porque atrapa su labio inferior con los dientes para no soltar una carcajada. Maldición. ¡Que pare de hacer cosas con la boca!

—Así que la pelirroja te ha hablado de mí —trata de sonsacarle.

—Eres un tema recurrente en nuestras conversaciones, principalmente te insulta, pero…

—¡Basta! —la corto. Inclino la cabeza hacia el lateral y trato de ver si Emma sigue en el mismo punto que antes con su acompañante. No obstante, ya no hay nadie, los hemos perdido—. Estupendo, ya no están.

Elio gira sobre sus talones y trata de echar un vistazo entre la marabunta de gente.

—¿Quién?

—Una de sus amigas de la universidad que parece que tiene un novio secreto —le suelta Gaia como si nada.

—Joder, G, como para contarte secretos de estado.

—Eh, si no se dice el nombre del pecador, no pasa nada. Él no puede saber de quién estoy hablando.

—Teniendo en cuenta que Lola es lesbiana, estabais espiando a Emma —confirma él.

—Espera, ¿qué? —respondo extrañada—. ¿Lola es lesbiana?

—Claro —dice él—. A ver, tampoco es que tenga que ir anunciándolo a bombo y platillo, tú no vas gritando tu orientación sexual, ¿no? Ay, madrileña, qué feo pensar que todo el mundo debe ser ABC sí o sí.

—¿Qué? No es eso, es solo que… —Trato de buscar las palabras, pero al no encontrarlas, simplemente lo ataco—. ¿Se puede saber qué haces aquí?

—Tomarme una cerveza con mis amigos.

En ese instante Alex aparece por detrás de Elio.

—Madre mía con Málaga… —susurra Gaia a mis espaldas—. ¿Qué le dan a esta gente de comer para que estén todos tan buenos?

—G, por favor… —murmullo como respuesta.

—¿Se puede saber dónde estabas? Dices que vas a por otra ronda y desapareces, pensábamos que… Ah, Jimena —replica al verme.

El chico le lanza una mirada interrogativa a Luque.

—Estaba en la barra, pero me ha parecido ver a Jimena y…

Luque se queda callado y aprovecho la ocasión.

—Así que has salido al ver que estaba aquí —lo reto.

Sé que Alex y Gaia no nos quitan el ojo de encima, bueno puede que mi amiga de vez en cuando lo desvíe hacia el hermano de Ainara, pero tenemos su atención y soy muy consciente de esta especie de tensión que se acrecienta segundo a segundo que paso pegada a Luque; porque esa es otra, no nos hemos separado ni un milímetro desde que me he chocado con él, permanecemos a apenas unos veinte centímetros el uno del otro.

—Tampoco es que haya salido por ti, es solo que me ha parecido verte y después de… —Elio duda y mira de soslayo a nuestros dos espectadores—. Después de no verte durante estos días solo quería ver qué tal te encontrabas.

Mis pulsaciones se aceleran y noto mi boca seca. Él baja la mirada hacia mi mano. Es la única parte que puede verse con la escayola.

—Estoy perfectamente —contesto tirante.

—¡Serás mentirosa! Lleva desde que yo he llegado con insomnio y cada dos por tres se está intentando arrancar trocitos de yeso. Es una pésima enferma —se chiva mi mejor amiga.

—¿Insomnio? ¿Tanto te duele? —Elio arruga la frente e inclina la cabeza en un intento por vislumbrar en mi rostro ese malestar.

—El insomnio no es por el brazo, es por Julia —digo en dirección a Gaia, ignorando la preocupación de Luque.

—¿Julia? ¿Le ha pasado algo a tu hermana?

—¿Ahora te preocupas por ella? Si siempre que la tienes delante eres un borde y un seco —le recrimino. Él aprieta la mandíbula.

Alex y Gaia dan un pequeño paso hacia atrás.

—Eso no es verdad, las dos últimas veces que la he visto, tanto en el hospital como en la asociación he sido amable —se defiende él, que cruza los brazos sobre el pecho.

—Oh, sí, una interacción de menos de cinco minutos en la que has conseguido no soltarle alguna bordería. —Aprieto los ojos y se lo suelto sin muchos miramientos—. Mi hermana se ha ido a Londres con mi madre.

—¿Cómo? —inquiere confundido.

—Que se ha ido a Londres, que no está en España ni va a estarlo en una temporada.

El cóctel de emociones que refleja su rostro me hace analizarlo con detenimiento. Creo ver la sorpresa, la culpa y, por último, la calma, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Aprovecho que una señora pasa por nuestro lado para alejarme de él, su última reacción me ha puesto de mal humor, aunque no entiendo por qué.

—¿Se puede saber qué hacéis aquí fuera? Nos habéis dejado a Ainara y a mí plantados como un par de gilipollas dentro. Anda, Jimena, hola.

Aparecen Biel y Ainara. El catalán se centra en Elio, mientras que Ainara se comunica con su hermano a través de miradas.

—Bueno, yo soy Gaia.

Ni corta ni perezosa, decide que es el momento para dar dos besos a todo el mundo, aunque no se me escapa que con Alex es mucho más lenta y apoya sus labios por entero en las mejillas del chico.

—Encantada —contesta Ainara, que sonríe al ver el desparpajo de mi amiga.

—Entonces, ¿qué hacéis en mitad de la calle? —insiste Biel.

—Resulta que Elio ha salido para ver cómo está Jimena —explica Alex. El tono en su voz me alerta de algo y entre los cuatro amigos juegan a intercambiar gestos y miradas.

—Ah, ya veo. —El rubio sonríe con superioridad y apoya una de sus manos en el hombro de su amigo—. Ahora que lo pienso, Elio, no has tenido ningún detalle con Jimena después de que te salvase de ser aplastado por el puesto del mercadillo.

—Tanto como morir aplastado no creo que…

—Sí, Jimena, pudo morir aplastado y tú lo salvaste. Te debe una muy gorda, ¿qué te parece si te invitamos a cenar?

—Uy, eso suena estupendo —responde Gaia, dándose por incluida en el plan.

—No hace falta, además nosotras teníamos pensado cenar en cualquier sitio por ahí mientras le enseño a G la ciudad.

—Pues con más razón, ¿qué mejor que un grupo de auténticos malagueños enseñándoos esto?

—Tú eres catalán —apunta Ainara.

—Criado aquí, te recuerdo. Lo mejor de los dos mundos, catalán y andaluz.

—Bueno, ¿a dónde nos vais a llevar? —replica Gaia.

 

***

 

Es acojonante que hayamos terminado todos en uno de nuestros sitios favoritos comiendo raciones y bebiendo cerveza como si no hubiese un mañana, bueno, todos menos Jimena, que como está con la medicación a causa de la fisura, prefiere pasar del alcohol.

—Esta chica es alucinante, sería capaz de hacerse amiga hasta de una piedra —la escucho murmurar para su cuello.

Se refiere a su amiga Gaia que ha hecho muy buenas migas con Alex, Ainara y Biel y entre los tres no paran de hacer juegos con la comida y bebida.

—Bueno, está disfrutando de la calidez malagueña.

—Sí, la misma que a ti te faltó la primera vez que nos vimos.

Como estamos sentados uno al lado del otro, al voltear su rostro hacia mí su nariz roza la mía con ímpetu. Me río, pero no me aparto, es ella quien pone distancia.

—Sigo manteniendo que fue tu culpa.

—Oh, sí, claro. Todo es mi culpa.

—La mayor parte de las veces —rebato—. No he sido yo quien ha tomado la delantera con los besos. Si no recuerdo mal, van tres y en ellos has dado tú el paso.

El rubor que tiñe por entero su cara me enternece. Puede que el alcohol me haga aún más lanzado de lo que ya de por sí soy.

—Oh, por favor… no han sido, no han sido tres.

—La playa con su placaje, el hospital y el almacén —enumero seguro.

Observo cómo traga saliva.

—Los dos primeros no cuentan y lo que pasó en el almacén fue… Yo… Es que… —trata de explicarse, pero percibo cómo su cuerpo se inclina hacia delante cuando la sonrío y sé que a Jimena le gusto. No se trata de ser un creído, es que es evidente. Lo que no soy es idiota y sé muy bien cuando a una chica le parezco atractivo y a ella le pasa.

Jimena parpadea despacio. El castaño de sus ojos es un fino círculo, sus pupilas están tan dilatadas que puedo verme en ellas.

—Que no puedes resistirte a mis encantos, lo sé, les pasa a todas.

—Odio que hagas eso.

—¿El qué?

—Que todo te lo lleves a eso.

—¿A la atracción que claramente sientes por mí?

Sé que he cruzado la raya y su gemido de fastidio lo corrobora.

—Voy a salir a tomar un poco el aire.

Me arrepiento automáticamente de lo que he dicho. Soy idiota. Ella sale fuera y cinco segundos más tarde, yo voy detrás.

—Jimena, espera —la llamo.

—¿No puedo tener cinco minutos sin tu ego llenándolo todo a mi alrededor? —me ataca sin piedad.

—Vale, a lo mejor me paso de capullo a veces. Aparentemente muchas si es por lo que me conoce Gaia.

—Y por lo que se comenta de ti… —murmura.

—¿Lo que se comenta? ¿Quién comenta sobre mí? —El pinchazo en el pecho me hace sospechar, aunque no digo su nombre.

—Nadie, déjalo, tú solito te creas una reputación de diez.

La estoy cagando y me jode mucho, por lo que dejo de lado mi fachada de chulo de mierda y relajo mi postura.

—Lo siento, después de lo que hiciste por mí yo he seguido chinchándote y con esta cena supuestamente iba a darte las gracias y solo he conseguido que te enfades. —Jimena apoya su espalda en la pared y yo decido colocarme a su lado, pero con distancia, no quiero agobiarla más.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a ir de niño bueno? Ambos sabemos que no lo eres.

—Tienes una versión de cómo soy que no se corresponde con la realidad —me defiendo.

—¿No? Venga, Luque, desde que llegué a Málaga has estado yendo a por mí con una tras otra.

—Y tú a por mí. Además, se te olvida que también he estado cuando me has necesitado: la policía, las papeletas…

—Contigo siempre es una de cal y otra de arena.

Son las mismas palabras que dijo en el hospital y, esta vez, me afecta mucho más que aquella tarde.

—Vale, perdón —replico serio.

—¿Por qué?

—Por ser un capullo.

La pelirroja ríe.

—Te encanta ser un capullo.

—No es verdad, la mayor parte del tiempo no lo soy, pero contigo…

—¿Conmigo? —insiste.

—Contigo me sale solo porque… —confieso sin mirarla. Alzo la cabeza hacia el cielo y relajo los hombros—. Disfruto cuando veo ese fuego en tus ojos, ese carácter que tienes es digno de admirar.

Se mantiene callada y yo no tengo los huevos de mirarla, por lo que el silencio se llena con el ruido que se escapa por la ventana y la puerta del restaurante.

—¿Sabes que puedes admirar mi carácter sin sacarme de quicio? Podríamos tener una, aunque sea una, conversación normal.

—Hemos tenido conversaciones normales —digo volteándome para enfrentarla.

—¿En serio? Dime cual.

Trato de pensar en algún momento, pero me quedo en blanco. Mierda.

—Vale, pues tengámosla.

—¿Y sobre qué quieres hablar?

Alza el mentón y apoya el lateral de su cuerpo en la pared.

—¿Por qué estudias filología?

Es lo primero que me sale, pero también debo admitir que me gustaría saber sus razones. Puede parecer una tontería, pero saber los motivos que empujan a una persona a estudiar una cosa u otra, te da mucha información sobre cómo son. Y yo quiero saber cómo es ella.

—¿En serio te interesa?

—Si no me interesara, no lo habría preguntado.

Jimena sigue sin fiarse de mis intenciones y entrecierra mucho los ojos, casi como si estuviese intentando meterse en mi cabeza para ver si lo que le digo es verdad o no.

—Está bien. Me metí en filología porque mi sueño es utilizar el castellano como vehículo para viajar por el mundo.

—Así que viajar.

—Sí, viajar. Pasar temporadas en distintos países enseñando castellano y a la vez aprender el idioma y costumbres locales. De pequeña me obsesioné con las novelas de viajes gracias a que mi hermana me leía a El pirata Garrapata y quería ser como él. Vivir mil aventuras locas e ir de un lado para otro. Luego siguieron otro tipo de novelas sobre viajes y busqué un modo en el que poder unir esas dos cosas: mi amor por nuestro idioma y la posibilidad de encontrar nuevos lugares a través de ella.

—Lo de ser un culo inquieto te viene desde pequeña —la reto.

—Mira quién habló —se defiende. Nos reímos y, si bien es un instante muy distinto a los que he compartido con ella hasta ahora, lo disfruto, joder, lo disfruto mucho—. ¿Y tú? ¿Cómo llegaste a ser un empollón de la filología?

—Gracias a mi madre. De siempre le ha encantado escribir, pero le ha dado mucha vergüenza que otros pudiesen leerla. Me di cuenta de que lo que necesitaba era a alguien que la guiase y eso hice. Al final fue ella quien me convenció para que me metiese en la universidad, empecé a estudiar filología y me di cuenta de que lo que quería hacer era editar libros.

—Vaya, así que quieres que se escuchen las voces del resto —resume ella.

—Dicho así suena demasiado serio e importante —respondo con una risa nerviosa.

—Creo que es lo que debe hacer un buen editor. Encontrar a quienes sean capaces de dar voz al resto.

—Bueno, para mí es algo mucho más simple: compartir una historia. La mayor parte de la gente se olvida de que las cosas más simples son las que nos unen y me gustaría recordárselo.

—¿Las más simples?

—La familia, el dolor, la amistad, la esperanza, el amor… —Nos miramos—. Los sentimientos que a la vez resultan más difíciles de explicar, son los que buscamos página tras página. Queremos saber que no somos los únicos en el mundo que pasamos por ello, que hay alguien a quien también rompieron el corazón o que se siente tan estúpido como nosotros cuando al fin se enamora y tiene ese hormigueo en la punta de los dedos al tocar a la otra persona; o cuando la tiene delante y no puede apartar los ojos de los suyos.

Ya no hay ruidos. No hay gente. He dejado de sentir la pared que me sostiene porque el rostro iluminado de amarillos de Jimena lo es todo. Joder. Me permito dar una bocanada de aire y mi cuerpo se deja caer hacia delante para juntar nuestras cabezas.

Pero, entonces…

lunes, 8 de agosto de 2022

Distancia Focal: 27. Idas y venidas

 

Me toma un par de minutos ser consciente de lo que me está confesando Julia. Se quiere ir. Quiere alejarse. Si bien no deseo que se marche… recordar lo mal que lleva desde que Mateo dejó de quedar con ella y la tristeza que ha bañado su rostro en las últimas semanas, hace que me replantee seriamente qué decirle.

—Si es lo que crees que mejor te va a venir… solo te puedo decir que espero que te lleves mucha ropa de abrigo, ya sabes que allí estos meses de invierno son criminales.

Mi hermana se levanta para abrazarme y dejo que me apriete contra ella con fuerza. Parpadeo rápidamente para evitar que las lágrimas que asoman a mis ojos caigan y trato de controlar la desazón que me consume.

—Eso quiere decir que solo te quedan dos días aquí —digo al separarme.

—Sí. Me marcho en el mismo vuelo que mamá, el que sale el veinticinco por la noche.

Asiento.

—Entonces habrá que lograr que esta noche sea la mejor Nochebuena de la historia y mañana el mejor día de Navidad del siglo.

Sonríe complacida con mi apoyo y pasamos la mayor parte de este veinticuatro de diciembre preparando su maleta. Mis abuelos son los que peor llevan la noticia y pillo a mi abuelo mirándola con un deje de añoranza anticipado por la marcha de su nieta mayor.

Al llegar la noche, cenamos con la televisión de fondo, en donde los números musicales amenizan nuestra velada y nuestra familia se encarga de hacer un repaso de Nochebuenas pasadas, en las que mi hermana y yo éramos pequeñas.

Atesoro el instante en mi memoria. Es extraño dar por sentado ciertas cosas cuando una es pequeña y darte cuenta, conforme vas creciendo, que puede que no se repitan, que son demasiado efímeras y preciadas en el tiempo.

Solo cuando hemos recogido y limpiado todo me permito ver el teléfono mientras tomamos un poco de té y comemos algunos pasteles. Los mensajes de feliz Navidad de mis contactos inundan todas mis redes sociales, aunque solo me detengo en un par de ellos. Los de Lola, Emma, Ginés y Gaia.

Con esta última continúo la conversación, pues justo cuando mi madre y mi hermana se marchen, ella vendrá a pasar con nosotros unos días. Es curioso cómo el saber que en nada estará aquí, solo hace que aumenten mis ganas por verla y se despierte mi ansiedad por hacer planes y enseñarle la ciudad.

 

G: ¿Y hay noticias del señor arrumacos en el almacén?

 

Yo: Sin noticias y tampoco las quiero. Ya te dije que fue un error lo que pasó en el almacén, la medicación ha debido de afectarme cognitivamente.

 

Por supuesto que le conté a Gaia lo que ocurrió con Luque. Es la única persona que lo sabe, tenía que contárselo y, ahora que lo menciona, el recuerdo de los labios de Elio sobre los míos me pone la piel de gallina. Lo que más me fastidia es que el muy capullo besa de muerte. Sabía exactamente qué hacer, cómo hacer y dónde tocar.

Solo con un beso.

Arrastrada por un impulso, me meto en Instagram y busco su perfil. La foto que me sacó ya no está, me hizo caso y la borró, aunque eso crea una extraña sensación de vacío en mi estómago. Hasta hace nada yo estaba aquí, en esta galería de momentos, en su visión del mundo.

Yo ya no formo parte, pero sí que hay un par de nuevas imágenes. La primera de ellas son las figuras de un hombre y una mujer que bailan en lo que parece un salón. Juraría que son sus padres, pese a que no se ven sus caras, pero una puede ver la complicidad que hay entre la pareja. Además, la luz cálida que los envuelve hace de la instantánea algo íntimo y a la vez muy público, como si el resto del mundo no pudiese perderse el amor que hay ahí representado, como si fuese casi un pecado que la gente no disfrutase de ellos.

La siguiente, que ha subido hace apenas una hora, es de él. Bueno… no se le ve la cara, es una foto en la que puede apreciarse la forma de sus labios, su mentón y la parte superior de su tronco. Lleva puesta una camisa blanca y… una corbata verde que reconozco al instante.

Recuerdo la tarde en la que se presentó en la tienda y el momento justo en el que se la até alrededor del cuello. En aquel instante, solo quise matarlo, pero ahora que observo el pedazo de tela alrededor de su cuello, el pensamiento es muy distinto. Cruza por mi mente cómo sería tirar de ella, para besarlo y…

¡Maldito sea!

No he podido ser tan tonta, no he podido caer en sus trucos baratos de chico malo. ¡Soy más inteligente que eso! Yo no me dejo atrapar por chulos prepotentes, pero es que sabe cómo meterse bajo la piel y también cómo tocarla…

¡Jimena!

La única explicación lógica es que los médicos se hayan equivocado y sí que tenga algún tipo de lesión en el cerebro por culpa del golpetazo con el maldito hierro del puesto. O puede ser la medicación. Seguro que es la medicación. Porque la otra alternativa sería que…

G: Yo creo que te pone cachonda. Siempre que hablamos lo traes a colación, no será que bajo esas capas de odio se esconde algo más, ¿no? Algo como… que te gusta.

 

Leo el mensaje de Gaia y el corazón se me acelera. Eso es imposible. ¿Es imposible?

***

 Está claro que cuanto más quiere una que se detenga el tiempo, más rápido corre. Son las diez y media de la noche y estamos en el aeropuerto de Málaga mi padre, mi madre, mi hermana y yo. Esta vez a la despedida de mi madre, tengo que sumar la de Julia y empiezo a echarla de menos desde el instante en el que cruzamos las puertas y nos metemos en la terminal.

El ir y venir de la gente es caótico. Por momentos, es imposible hasta caminar, lo cual no ayuda a que mi desazón mejore, sino que la empeora notablemente.

—Pues aquí estamos —señala mi padre—. ¿Seguro que tienes todo lo que necesitas?

Lo cierto es que no soy la única que está llevando la marcha de mi hermana algo regular.

—Eso creo… —responde Julia con una medio sonrisa que no dura mucho en su rostro.

—Cualquier cosa que se te haya olvidado, la podemos comprar en Londres, por eso no te preocupes —indica mi madre, que observa con atención las pantallas en las que se va dando la información sobre el embarque—. Oh, mira, ahí están nuestros mostradores.

Las acompañamos a que hagan el chek-in, que se eterniza, y nos hace correr por mitad de los pasillos para que lleguen al control de seguridad con la hora bastante pillada.

—Ha llegado el momento de la despedida de verdad —anuncio, procurando que no se note que odio esta sensación.

Me despido de Julia con una abrazo cariñoso y puedo ver en ella una paz que me tranquiliza. Esto es lo que quiere, esto es lo que necesita y yo no se lo puedo negar, por mucho que la quiera a mi lado. Julia tiene que sanar.

Cuando me toca despedirme de mi madre, ella cuela su cabeza entre mis mechones de pelo y me susurra para que solo yo pueda escucharla:

—Cuidaré de ella y prometo que volverá a ser la Julia de siempre.

Sus palabras me enternecen y aprieto más su contacto.

—Lo sé —respondo a media voz.

Son apremiadas en la cola y las observamos hasta que cruzan al otro lado y las perdemos de vista. Mi padre me tiene agarrada con ternura por un lateral y solo entonces percibo su plena tristeza por la marcha de mi hermana.

—Va a ser raro no tenerla en casa —dice con un hilo de voz.

Apoyo la cabeza en su hombro, en un intento de consolarlo.

—Volverá antes de que nos podamos dar cuenta —respondo.

—Bueno, ¿por qué no buscamos la zona de llegadas por la que viene Gaia?

 

***

—¿Se puede saber qué miras tanto en el móvil? —pregunta Biel intentando quitármelo de las manos.

—No miro nada —me defiendo y lo guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

—Oh, venga, tío, llevas con la vista fija toda la tarde —critica Dylan, que se une al catalán.

—Solo estaba mirando las noticias —digo disimulando.

—¿Las noticias? ¿Tanto te aburrimos? —se ofende Alex.

—Dejad al chico, hombre —me defiende Ainara, a la que lanzo una mirada de agradecimiento.

—Bueno, deja el telefonito y vete a pedir, que es tu turno de pagar la ronda —chicha Biel.

Me levanto con tanto impulso que hago temblar la mesa, lo que ocasiona que todos mis amigos se rían. Voy a ser franco y admitir que desde el beso con Jimena en el almacén no doy pie con bola. He pensado mucho en si mandarle algún mensaje o no, pero al final no lo he hecho porque… bueno, porque sé que no me va a contestar. ¡Si salió huyendo!

Tengo que verla en persona.

Estoy en la barra cuando las veo pasar. Jimena lleva un gorro de lana verde y su acompañante uno exactamente igual en azul. Por un momento pienso que se trata de Julia, porque ambas comparten un tono muy similar de rubio, pero esta chica es más bajita incluso que la madrileña, por lo que lo descarto.

Me quedo observándola fijamente, parece que busca a alguien con la mirada, entre el gentío que pasea por la calle. Siento el tirón en el estómago que me pide salir y hablar con ella, pero mi cabeza se lo niega.

La dicotomía que recorre mi cuerpo me altera, ¿qué debería hacer?

 

*** 


Casi no he tenido tiempo de notar la ausencia de Julia con el ruido que ha supuesto tener en mi vida de nuevo a Gaia. Es una de esas personas cuya personalidad llenaría cualquier habitación, por muy grande que esta sea. Siempre activa, siempre dispuesta a todo; tenerla está haciendo más llevaderos estos días.

Hoy hemos decidido salir a pasear un rato por el centro de la ciudad y quiero aprovechar para enseñarle algunos de los puntos más turísticos que se concentran alrededor de Larios.

—Te juro que es insoportable, se pasa todo el día con esa cara de muermo y seriedad. No lo aguanto más, Jime… Y con eso de que su madre y mi madre son amiguísimas, tengo que ver su careto al menos una vez a la semana. ¿Qué mal he hecho yo en esta vida? ¿Y por qué no podía el universo regalarme a un vecino buenorro en vez de a Perseo? —se lamenta ella.

—Bueno, G, el chico feo no es… —admito.

—Tú le ves guapo porque no lo conoces de verdad. Es un estirado, un listillo que se piensa que siempre tiene la razón por ser superdotado y un pelmazo. Te juro que se pasa con cara de perro todas las cenas que tenemos.

—Eres una exagerada, recuerdo una vez, cuando celebraste tu cumpleaños que se rio.

—Sí, cuando se me prendió fuego el vestido de hada —se queja ella, a la defensiva.

Gaia sigue con su perorata, sin embargo, capta la atención de mis ojos una pareja que veo en una de las esquinas de la calle. La reconozco al segundo: es Emma. Y ahí vuelve a estar el chico. Lleva un gorro que le tapa la cabeza y una chaqueta negra y larga. La forma en la que él se mueve me resulta extrañamente familiar.

—¿Qué te pasa? Te has quedado como ida —pregunta mi amiga.

—¿Ves a esa de ahí? —digo señalando, sin disimulo a Emma—. Es una de mis amigas de clase. La que tiene el novio secreto.

—¿Esa es? ¿Y ese es el chico? —inquiere ella, que se pone de puntillas para poder ver mejor.

—Juraría que sí.

—¿Y a qué esperas para que nos acerquemos? ¡Venga!

 

 



martes, 2 de agosto de 2022

Distancia Focal: Capítulo 26. Capullo

 



La atmósfera en la que estamos envueltos tiene un matiz de intimidad y deseo entretejidos. El vello de todo mi cuerpo se ha erizado y lo único en lo que he podido pensar durante los últimos cinco minutos es en cómo deben sentirse sus carnosos labios contra los míos.

El impulso por vencer la distancia entre los dos empieza a ser una necesidad, una maldita necesidad que Elio no hace más que alimentar con esa condenada mirada verde. Sin embargo, cuando creo que va a ser él quien dé el paso lo veo incorporarse ligeramente y ladear la cabeza.

Lo deja todo en mis manos.

—Eres un capullo, Elio —repito, esta vez diciendo su nombre en un murmullo ronco justo antes de lanzarme a su boca.

lunes, 25 de julio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 25. El almacén

 


La capto por el rabillo del ojo mucho antes de que me vea. En un principio he pensado que eran solo imaginaciones mías, pero al volver la cabeza he comprobado que sí que es Jimena. No sé qué narices hace en la asociación, aunque supongo que se habrá acercado, como la mayor parte de gente, por el chocolate y los churros.

Lo curioso es que parece estar buscando a alguien. Un par de compañeros se cruzan con ella y la echan un rápido vistazo de arriba abajo. Aprieto los dientes y contengo el impulso de decirles un par de cosas.

Ella anda en mi dirección y yo la espero con estudiada pose de indiferencia: con el cuerpo apoyado en el marco de la puerta y una sonrisa traviesa.

lunes, 18 de julio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 24. Chocolate con churros

 

Les hago un gesto con la mano a mi madre y mi hermana para que me esperen y entro dentro del restaurante. Emma me ve enseguida y, si bien me está sonriendo, la noto tensa.

—¡Jimena! —grita a modo de saludo—. ¿Qué haces por aquí?

Desvía la mirada a mis espaldas, buscando. Cuando voy a girarme, ella vuelve a insistir.

—¿Y cómo va tu brazo? —inquiere acariciando con cuidado mi extremidad.

—Bien, de momento va bien —explico. Aunque se me escapa una mueca de dolor—. Es que te he visto y solo quería pasarme a saludarte y felicitarte las fiestas. Como durante los últimos días de clase no te he visto…

lunes, 11 de julio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 23. ¡Sorpresa!

—¿Julia? Soy Elio.

—¿Por qué tienes tú el teléfono de mi hermana? —pregunta confundida.

Titubeo durante una décima de segundo y, finalmente, le cuento lo que ha ocurrido.

—Es que… ella ahora no está disponible —comienzo con cautela—. Verás, estábamos en el puesto para recaudar dinero cuando el viento ha tirado la estructura abajo. —Ella ahoga un gemido—. Jimena me ha protegido y se ha llevado un buen golpe.

—¿Cómo? —balbucea alarmada.

—Sí, tiene una pequeña fisura en el brazo y hemos tenido que venir al hospital. — La respiración acelerada de la hermana de Jimena me pone en alerta.

—¿Está bien? ¿Dónde estáis? —Percibo el movimiento al otro lado del aparato y el nerviosismo de Julia me hace tragar saliva. Ahora entiendo por qué la pelirroja no quería avisar a nadie.

—Espera, Julia, escúchame. —El ruido se para durante un instante—. Respira. —Me hace caso, lo sé porque una exhalación fuerte me llega por el auricular—. Está bien, ¿vale? Jimena está bien.

—¿No me estarás mintiendo para que no me preocupe?

Esa forma de ser de Julia me recuerda tanto a Mateo que me hace sonreír y al mismo tiempo siento una patada en el estómago.

—No te miento. —Aunque cuando suelto esas palabras un deje amargo inunda mi lengua—. Ven, pero hazlo tranquila, sé que tu hermana no me perdonaría si te hago venir hasta aquí corriendo y te ocurre algo.

Permanece callada. Cuando retoma la conversación, compruebo en su tono de voz que, aunque sigue nerviosa, está más calmada.

—Estaré en unos minutos, voy a pedir un taxi —me cuenta—. No tardaré.

—Tranquila, no me voy a separar de la cama de Jimena.

 

lunes, 27 de junio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 22. Ojitos verdes

 

En apenas un par de segundos, la estructura del puesto se tambalea y en un alarde de reflejos que pensaba inimaginable, empujo a Elio a un lado; pero no soy lo suficientemente rápida como para apartarme de la trayectoria del hierro, que cae con fuerza sobre mi brazo y me hace perder el equilibrio.

Escucho a la gente gritar a mi alrededor y al plástico que nos resguardaba tapándome por completo. Me remuevo, pero me freno al verme atrapada.

—¡Jimena! —Juraría que es la voz de Elio—. ¡Jimena!

El peso que tenía sobre mí se eleva y vuelvo a sentir el frío aire de diciembre sobre la cara. Abro los ojos y me encuentro con la expresión seria del chico.

—Estoy bien —respondo de manera automática, buscando incorporarme, aunque fallo en mi intento al marearme.

lunes, 20 de junio de 2022

Prólogo «Mil veranos en el destello de tu mirada»

 ¡Muy buenos días!


Como ya sabéis si me seguís en Instagram (si no lo hacéis no sé a qué estáis esperando), este jueves publico nueva novela, «Mil veranos en el destello de tu mirada». Una nueva bilogía que entra dentro de la «Serie Mil Estaciones» y que tengo a la vez muchas ganas y mucho miedo de que leáis. 

En esta nueva parte, tenemos a una nueva pareja que se ha creado dentro del grupo y digamos que no va a ser un paseo para estas dos... Os dejo como aperitivo el prólogo:

viernes, 17 de junio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 21. Una de cal

 

Escribo la última palabra justo en el momento en el que nuestra querida profesora de poesía da el alto.

—¡Manos arriba todo el mundo! Señorita León, he dicho que deje de escribir —riñe a Emma.

Mi amiga suelta su bolígrafo y pone mala cara.

—Es incorregible —murmura Lola en mi dirección—. Si hasta ha pedido dos folios extra.

—¡Silencio hasta que retire los exámenes o están suspensos todos ustedes!

Lola traga saliva y decide quedarse callada hasta que la profesora se lleva nuestras hojas. Solo entonces nos da la señal para que abandonemos la sala y somos libres de la semana de evaluaciones.

—¡Al fin! Es hora de disfrutar de la vida —celebra Lola colgándose de mi cuello y del de Emma—. A celebrarlo con unas cervecitas, ¿no?