lunes, 23 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 18. Romper las normas

 


—Yo no engaño a nadie.

El hombre sigue riendo.

—Oh, Ginés… Eres como tu madre.

—¿Guapa? —inquiere el aludido con un toque de picardía que resuena a través de la puerta.

—Sois de esas personas que cuando quieren algo, nadie puede detenerlos.

—Eso es todo un halago.

—No lo decía como tal.

Kiko vuelve a reírse, pero esta vez Ginés no lo acompaña.

—Oh, espera, mejor quedarse en una vieja bolera sin casi clientes y con dos préstamos del banco de los que nunca te vas a librar. Perdona que no quiera terminar como tú, tío.

¿Tío?

—Ginés… —lo reprende.

—No vuelvas a hablar mal de ella. Sabes todo lo que ha hecho por sacarme adelante.

Con esas últimas palabras se va. Lo sé porque oigo unas pisadas fuertes chocar contra el suelo. Pasan unos minutos hasta que escucho el siguiente par.

¿En serio Ginés no nos ha contado que Kiko es su tío? ¿O ha utilizado la palabra más bien como un apelativo y nada más?

La puerta se abre y no soy rápida para apartarme, por lo que me da de pleno en la frente.

—¡Auch! —me lamento mientras me froto la zona lastimada.

—Ay, Mena, perdona. He venido a buscarte, tardabas tanto… ¿Te he dado muy fuerte?

Mi hermana examina con cuidado mi cara y la veo torcer el gesto de manera disimulada. Doy un giro sobre mí misma para verme en el espejo y me doy cuenta de que tengo un enorme chichón en la línea del pelo.

—Parezco un unicornio —me quejo pasando la mano por la protuberancia.

—Vamos a fuera, quizá con un poco de hielo…

Hago caso a mi hermana y salimos de los servicios. Ginés no tarda en localizarnos y corre hacia nosotras.

—Ey, ¿dónde…? ¿Jimena? ¿Pero qué te ha pasado?

—Le he dado sin querer cuando he ido a buscarla al baño —explica mi hermana.

Él abre los ojos durante un segundo y luego frunce el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí —respondo rápida—. Solo me duele un poco.

Fija la mirada en mi frente y su boca se tuerce hacia un lado. ¿Quiere eso decir que está peor? Dios mío…

—¿Podrías traernos un poco de hielo, por favor?

—Por supuesto, id a sentaros.

Hacemos caso y él se marcha para hablar con la chica del bar que deja de limpiar la barra y escucha la petición de Ginés. Desvío la mirada hacia Kiko que, con una mueca de tensión, parece estar muy concentrado en colocar los zapatos.

—Aquí lo tienes.

Ginés toma uno de los cubitos y, tras ponerlo en una servilleta, me lo pasa con extremo cuidado por la piel. El alivio es instantáneo y frena parte del dolor que se gesta en mis sienes por el golpetazo. Miro al chico que me devuelve un gesto amable.

—Trae, no quiero que te quedes sin dedos por mi culpa.

—Los perdería encantado, a fin de cuentas, hoy sois mi responsabilidad. Estabais bajo mi cuidado y mira lo que ha ocurrido.

—Qué amable eres, Ginés —lo adula mi hermana.

A mí el discurso me escama. ¿Responsabilidad? ¿Bajo su cuidado? ¿Hemos vuelto a la regencia? ¿Me he dado más fuerte de lo que pensaba y ahora estoy en un episodio de los Bridgerton?

Mi ceja derecha se dispara y el gesto me hace daño, pero no lo puedo evitar. No me gusta nada que me traten como a una damisela en apuros. Porque no lo soy. Me he roto el brazo izquierdo dos veces, me he hecho cuatro esguinces y me han tenido que dar un total de dieciocho puntos a lo largo de lo que llevo de vida. Por una hostia con una puerta no me voy a morir y creo que mi padre no le va a pedir un duelo al amanecer. En cambio, Julia está encantada con la palabrería. Así es ella.

Le quito el hielo de las manos y me lo froto una y otra vez por el bulto de mi frente. Mi hermana me regaña con la mirada por mi brusquedad.

—Vamos a tener que dar la partida por finalizada —apunta él con un amago de sonrisa.

—¿Qué? No, no. Podemos seguir.

—Pero…

—Mena, creo que es mejor que nos tomemos un descanso. Otro día podemos volver —dice ella conciliadora.

—Julia tiene razón, ¿os apetece que vayamos a cenar? No muy lejos hay un japonés al que podríamos ir.

Mi hermana asiente enérgicamente y recogemos nuestras cosas para ir a por nuestros zapatos.

—¿Ya os marcháis? —pregunta Kiko al acercarnos.

—Sí, hemos tenido suficientes emociones por hoy —dice mi hermana con el dedo índice señalando mi chichón.

—Pero, ¿qué te ha pasado ahí, niña?

—La puerta del baño.

Kiko echa un rápido vistazo a Ginés, pero enseguida se vuelve hacia mí y niega con un gesto divertido.

—Luego hablaré con esa puerta para que no se le ocurra volver a agredir a mis clientes —suelta en un intento por hacerse el gracioso.

Sonrío forzada.

—Nuestros zapatos, por favor —pide Ginés.

Me mareo un poco a la hora de hacer el cambio de unos a otros, pero se me pasa rápido cuando dejamos la bolera y salimos al exterior. El aire frío y húmedo me despeja y también ayuda a que el golpe no me duela tanto ahora que ya no tengo el hielo.

Contemplo las calles llenas de las luces de Navidad. Me entusiasmo al pasar por una tienda y ver que los escaparates empiezan a llenarse con ofertas. Se nota que noviembre se acaba y que la ciudad quiere que lleguen ya las fiestas. Admito que yo también estoy deseosa, aunque eso solo significa que tengo cada vez más cerca los exámenes finales de las asignaturas de este cuatrimestre.

Avanzamos por la avenida y, en una esquina, Ginés frena.

—Es este sitio.

Debo admitir que me quedo impresionada con el lugar. La madera oscura junto con la cortina noren, que atravesamos al entrar, le dan ese toque que recrea el aspecto de un restaurante típico de ramen japonés. A eso hay que unirle el aroma que acude a mis fosas nasales nada más ponemos un pie dentro y que hace que mi estómago ruja. Tomamos asiento junto a una ventana y hacemos caso a las indicaciones de Ginés sobre lo que debemos pedir mientras la conversación fluye y mi golpe deja de dolerme tanto.

—Me ha dicho Jimena que estudias también filología.

—Sí —responde él con una sonrisa de oreja a oreja—. De pequeño mi padre solía leerme cuentos antes de dormir y fue entonces cuando descubrí que la literatura podría darme más, mucho más y me enamoré de las letras y su capacidad creadora.

—¿Así que planeas ser escritor?

—Bueno, sé que será duro y que requiere mucho sacrificio, pero este es el primer paso. Me gustaría llegar a escribir una de esas obras que cambian por completo la literatura y cómo escribe toda una generación.

—Vaya, eso es apostar alto. Estoy segura de que tu padre está muy orgulloso de ti.

Mierda. No le he contado a Julia lo del padre de Ginés.

—Oh… lo haré para honrar su memoria. Desgraciadamente, murió.

Mi hermana se queda aun más pálida de lo que es.

—Lo lamento muchísimo, no lo sabía.

—No, tranquila. —Él alarga la mano y acaricia los nudillos de ella—. Es una de mis mayores motivaciones. Sé que estará muy orgulloso de mí y que cumpliré uno de sus sueños, lo malo es no poder compartir esto con él.

El silencio incómodo se llena con la interrupción de uno de los camareros que nos trae las bebidas. Para cuando retomamos la conversación, mi hermana parece un poco más entera.

—Entonces, ¿tienes algo publicado ya?

—No, aún no. Tengo varias ideas, grandes ideas, pero aún no he llegado al punto óptimo para escribirlas. Además, son obras que solo van a poder ser publicadas por grandes editoriales y aún no tengo los contactos.

—¿Por qué grandes editoriales? —inquiero con curiosidad.

—Solo un editor va a poder entender todo lo que quiero encerrar y va a saber cómo guiarme, ya lo sabes.

Me da un tirón en el lateral izquierdo de la boca.

—Pero has dicho que no has escrito nada de esas obras.

—De esas no, tengo alguna otra cosilla por ahí, pero nadie con el talento suficiente las ha leído.

—¿El talento suficiente?

—Claro, ya lo he dicho antes, planeo escribir una obra que cambie a toda una generación, que cause un impacto masivo.

—Las obras que causan eso no necesariamente son las aclamadas por los entendidos, ya lo sabes —repito devolviéndosela. Ginés apoya los codos sobre la mesa y entrecierra los ojos—. Muchas obras que rompieron con patrones fueron tachadas de esperpento y no ha sido hasta años o incluso siglos después que se les ha dado el reconocimiento adecuado.

Se le escapa una sonrisa condescendiente.

—¿Y qué propones? ¿Qué cualquiera escriba? ¿Tal y como sucede ahora en una época en la que todo el mundo puede ser escritor? —La última palabra la pronuncia con desdén.

—Es la democratización de la cultura. ¿Por qué dejar que sean unos pocos los que dicten todas las normas y lo que debe o no ser un buen libro?

—Pues porque sin normas, se desharía todo, dejaría de tener sentido el mero acto de escribir.

—O cobraría más.

Entrecierra los ojos. Mi hermana pone una mano sobre mi pierna y me aprieta.

—Jimena, ¿estás estudiando filología para destruir la lengua desde dentro? —Se carcajea.

Me veo obligada a responder a su risa socarrona con otra.

—No, ni mucho menos. Y soy la primera que defiende que deben respetarse las normas, porque sin ellas no podríamos comunicarnos, no habría lengua como tal; pero también entiendo que debemos avanzar, que el lenguaje es un ser vivo que evoluciona con sus hablantes.

—¿Y desvirtuarla? Si empezamos a inventar y romper normas, acabamos con el lenguaje y la escritura, las deshonramos.

—Entonces, ¿crees que deberíamos eliminar palabras como odisea, mentor, donjuán, celestina o lazarillo?

—¿Qué? —Arruga la frente y suelta un bufido divertido por no entender el cambio de rumbo—. ¿Por qué haríamos eso? Creo que te has perdido en tu argumentación.

—Son términos que hemos adoptado a través de personajes literarios y ahora son comunes.

—Y eso son casos excepcionales.

—¿El doblepensar de Orwell o el síndrome de Peter Pan también lo son? —Se queda serio—. Vamos, Ginés, si quieres hacer una obra que rompa y marque a una generación, como has dicho, el primer paso es entender que eso no lo vas a saber hasta que escribas y luego te lean. Y no lo digo por los editores o críticos, lo digo por la gente de a pie.

—Lo estás llevando todo al absurdo.

—¿El absurdo? Absurdo es ser tan elitista con la creación literaria.

—¡La comida ya está aquí!

Julia nos interrumpe y observo cómo Ginés, en vez de querer seguir con nuestro debate, cambia completamente de tema y se centra en alabar el caldo de su bol y los fideos que lo acompañan.

Mi hermana colabora para que la conversación no vuelva a girar entorno a nuestro punto de choque y solo cuando desvía la mirada hacia su teléfono Ginés deja de hablar de la comida y le pregunta.

—¿Esperas la llamada de alguien?

—Ah, perdona, qué mal educada, debería guardar el móvil. No es importante.

Sé que ha mirado para ver si se trataba de Mateo y, por su expresión de decepción, no lo es. Han pasado casi dos semanas desde la última vez que hablaron y cada día es un poco más duro para Julia. Eso es lo que ocurre con un alma tan enamoradiza como la suya, aunque de cara a la galería siga diciendo que solo lo considera un amigo, esos ojos tristes me dicen que no es así.

Ginés es rápido en leer el ambiente y saca con destreza temas triviales con los que lograr que mi hermana levante el ánimo. Tengo que agradecérselo, pues logra animar a Julia con su verborrea y que esta deje de lado los mensajes ignorados.

Terminamos entre risas y con el estómago caliente y satisfecho. Pagamos y salimos del restaurante intentando abrigarnos. Ahora, la noche, más cerrada y fría, me obliga a alzar los hombros y esconder la cara dentro de mi abrigo los largos y tediosos minutos que esperamos en la parada.

Una vez subimos al bus, mi hermana se sienta y queda alejada de nosotros, por lo que Ginés aprovecha y se acerca a mí para preguntarme.

—No te habrás enfadado conmigo por lo que hemos hablado antes, ¿verdad?

En un principio no sé a qué se refiere, pero luego caigo en nuestro rifirrafe.

—¿Qué? ¡No! Claro que no. ¿Sabes que podemos tener opiniones distintas y ser amigos?

Los párpados de Ginés caen y ladea la cabeza con una medio sonrisa.

—Lo sé. Pero me ha parecido que te he ofendido un poco con mi punto de vista y no me gustaría que te llevases una mala impresión de mí.

—Tranquilo, no ha sido así, futuro escritor de la generación.

Logro que suelte una risilla y parece entender que no le guardo rencor. Lo cierto es que, después de ver lo bien que le ha sentado a mi hermana su compañía, le debo mucho.

—No te tenía por una chica que rompe las normas.

—A veces uno no es lo que parece.

—A veces…

 

***

Disfruto del calor de los primeros rayos de sol que se cuelan por la ventana y también de la suavidad de las sábanas acariciando mi piel. Hasta que tres golpes rítmicos en la puerta me hacen incorporarme.

—¿Aún estás en la cama?

—Perdón, se me ha olvidado poner la alarma.

—Nada, venga, una ducha rápida y nos vamos.

Después de insistir un par de veces en que lo acompañásemos, finalmente he decidido ir con mi padre a la asociación del barrio en la que ayuda. Lo veo muy implicado y creo que le está sentando genial pasar esos ratos allí y no sentado en el parque jugando al ajedrez con el resto de amigos de mi abuelo. Parece que al fin ha encontrado su propio refugio y entretenimiento alejado de casa y es todo un avance.

Estoy escogiendo la lista de reproducción que quiero disfrutar mientras me ducho, cuando una llamada vuelve mi pantalla negra.

—¿Sí? ¿Lola?

—Tía… ¡Tía! ¡TÍAAAAAAAAAA!

—¿Qué pasa? —El tono de pánico me pone en alerta.

—Joder, joder, joder… Jime, que la he liado. Necesito que me ayudes, por favor. Sé que es un sábado y solo son las nueve, pero necesito que me ayudes.


lunes, 16 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 17. La bolera

 



—Tía, estoy hasta el moño de estudiar —se queja Gaia desde el otro lado de la pantalla—. Encima tengo que aguantar al maldito Perseo y su repelencia.

Sonrío a la pantalla. La relación de mi amiga con Perseo es complicada porque son como la noche y el día. Gaia es un torbellino de energía, una charlatana y una persona que irradia luz; mientras que Perseo… Perseo es un chico especial. Sumamente callado y circunspecto. Ese tipo de chicos a los que sabes que el silencio jamás les va a incomodar; observador e incluso a ratos algo perturbador. Sé que es humano porque lo he visto sangrar, que sino…

—Piensa que en enero vienes a pasar unos días —le recuerdo.

—Eso es lo único que me está salvando de este estrés. Los exámenes deberían estar prohibidos. ¿En serio se piensan que me voy a acordar de la mitad de lo que estoy estudiando una vez salga por la puerta de clase? Tengo que guardar ese espacio para recordar las letras de las canciones.

Me carcajeo. Da igual el año o el género de la canción, Gaia puede adivinarla con apenas un par de segundos de esta. Tiene un oído absoluto y pese a los años de conservatorio, al final ha decidido dedicarse al derecho. La excusa que siempre pone es que no quiere mancillar el amor con la música convirtiéndola en trabajo. Gaia y su lógica.

Miro el reloj y me doy cuenta de que tengo que empezar a vestirme. Al final acepté la propuesta de Ginés y él, de buen agrado, aceptó que viniese Julia. Y no sabe lo muchísimo que se lo agradezco porque la situación con Mateo no ha hecho más que enfriarse, lo cual tiene a mi hermana encerrada en una tristeza silenciosa.

Ni siquiera mi padre o mis abuelos se han percatado de que está más opaca que de costumbre, pero yo sí. He aprendido a leer las pequeñas señales, los pequeños gestos que me hacen ver todo el abatimiento que encierra dentro.

Como, por ejemplo, que ya no tararea canciones mientras hace las tareas de la casa, ha dejado de echarse brillo de labios y con más frecuencia que de costumbre su mirada vaga y ella se aleja de nosotros.

Así que le debo agradecer a Ginés el haber extendido la invitación a mi hermana.

—¿Cuál de los dos jerséis crees que me queda mejor? —le pregunto a Gaia.

—Ummmmm… El del escote cuadrado. Así vas abrigada, pero enseñas a las nenas un poco para que absorban vitamina D.

Pongo los ojos en blanco, aunque termino riéndome con el comentario de mi amiga. Salgo un momento del plano para cambiarme y mientras estoy en la tarea, Gaia sigue con la conversación.

—Entonces, este chico… Andrés…

—Ginés —corrijo.

—Eso, Ginés, te propuso una cita y tú has decidido llevar a tu hermana.

—No es una cita —digo apareciendo en pantalla de nuevo—. Es una quedada de amigos.

—Ajá.

El tono con el que pronuncia ese «Ajá» me pone en sobre aviso.

—¿Y el otro chico? Al que desgraciaste el otro día con la patada en los huevos.

—¡No fue una patada en los huevos! Le di sin querer, ya te lo dije.

—Sí… después de besarlo.

—No fue un beso de verdad. Caí sobre sus labios.

—Cuidado a lo mejor la próxima vez caes sobre su po…

—¿Estás lista? —interrumpe mi hermana y yo agradezco en silencio que haya entrado en la habitación y cortado la conversación—. ¡Hola, Gaia! Cuánto tiempo sin verte.

—¡Juli! Qué guapa estás, te queda muy bien ese vestido de punto.

Mi hermana sonríe comedida, aunque la sonrisa no le llega a la mirada.

—Muchas gracias, Gaia. —Julia se gira hacia mí—. Venía a avisarte de que Ginés está en el salón. ¿Tienes todo listo?

—Sí, ya estoy. Bueno, amiga, nos vemos en la siguiente videollamada.

—¡Pasadlo bien!

Ella se despide con un guiño y yo cierro el portátil. Salimos hacia el salón y al llegar Ginés charla animadamente tanto con mi padre como con mi abuelo. Mi abuela está atareada con un puzle y no les presta mucha atención.

—Hola —saludo al chico con un par de besos.

—Ya estáis aquí —evidencia mi padre—. Ginés me estaba contando que vais a ir a una bolera ambientada en los años ochenta.

—¿En serio? —pregunto entusiasmada con la idea. Me encantan los locales retro.

—Sí, el dueño es un amigo de mi madre y nos hará un precio especial.

Ginés muestra los dientes en una enorme sonrisa.

—¿Nos vamos?

—Claro.

Nos despedimos de mi familia y salimos a la calle. Ginés es quien dirige la conversación y lo hace de manera muy diestra. Mi hermana se siente en confianza con él e incluso parte de la tensión que lleva cargando estos días se esfuma.

O eso parece, hasta que nos cruzamos en el autobús con un chico cuya constitución me hace pensar en Mateo y sé que a ella también.

La esperanza aflora durante una décima de segundo en la cara de mi hermana y luego es sustituida por la desdicha. Ginés no se percata porque Julia es rápida en seguir con la conversación, pero yo no puedo evitar fruncir el ceño.

Al bajar, mi hermana se adelanta un poco y Ginés aprovecha para acercarse a mí.

—¿Todo bien? —su tono dulce y calmado me consuela y hace que relaje la expresión.

—Sí, todo bien.

Él se me queda mirando fijamente a los ojos durante un instante y se da cuenta de que le estoy mintiendo.

—¿Seguro?

Suelo odiar cuando la gente insiste en preguntarme cómo me siento, sin embargo, Ginés tiene algo que me hace confiar en él. Es una especie de halo que me alienta a depositar en él todos mis secretos y no los esparcirá por ningún sitio.

Pero este no es mi secreto.

—Seguro.

Frunce un poco el ceño, pero no insiste.

Al llegar a la parada nos bajamos y Ginés nos guía hasta el centro comercial en el que se encuentra la bolera. Está algo descuidada, aunque eso solo le otorga un poco más de encanto al sitio. Parece que hemos viajado realmente al pasado con los colores, los brillos y la música ochentera que lo llena todo.

Caminamos hasta un mostrador en donde un señor lleno de tatuajes por todas partes saluda a Ginés.

—Muchacho, ¿otra vez por aquí?

—Tenía que enseñarles a mis amigas madrileñas la mejor bolera de Málaga. Chicas, este es Kiko.

—Oh, así que forasteras. —El hombre dirige su mirada hacia nosotras—. Pues habéis venido al mejor sitio de todo Andalucía para echaros una partida de bolos y luego os podéis pasar por los recreativos. Aquí donde lo veis, este crío es un hacha con las máquinas de gancho, seguro que os puede sacar algún peluchillo.

El aludido se pone colorado hasta las orejas y me hace pensar en lo diferente que habría recibido el mismo elogio Luque. Espera, ¿por qué diantres pienso en Luque? No, no, no.

¡Fuera de mi cabeza!

—¿Jimena?

—¿Sí?

—La talla de zapato —repite Ginés.

—Un treinta y ocho, por favor.

Kiko va desinfectando los zapatos y los vamos cogiendo para marcharnos a nuestra pista. Odio la sensación de ponerme el calzado usado por tanta gente, pero, como no tengo más remedio, intento no pensarlo demasiado.

Arranca la partida Julia, que tiene tan mala pata que se le desvía del carril y no tira ningún bolo. Luego es el turno de Ginés, quien con gran facilidad se hace un pleno.

—¿Nos has traído aquí solo para poder pavonearte? —digo con tono juguetón.

—Me has pillado… —dice él por lo bajo, con una voz aterciopelada y una expresión divertida en el rostro.

Agarro la bola naranja con el número ocho grabado en su superficie. Me acerco hasta la línea y apunto hacia el centro. Es un tiro bueno, pero no lo suficiente, porque me dejo tres bolos en alto.

Así pasamos la tarde, riendo entre turno y turno, haciendo apuestas sobre quién tirará más al final (claramente lo será Ginés) y picando todo lo que Kiko nos trae a la mesa como regalo de bienvenida.

Llega un momento en el que voy al baño, el exceso de refrescos es lo que tiene, por lo que atravieso la bolera y me meto por un pequeño pasillo que solo tiene tres puertas. Las dos de los baños y una tercera en la que pone prohibido el paso.

Paso al servicio de señoras y al terminar escucho un par de voces a través de la pequeña rendija que hay por debajo de la puerta. Están algo lejos, pero distingo con facilidad a Ginés y Kiko.

Doy un paso hacia delante, pero antes de abrir la puerta me detengo.

—La semana pasada viniste con la morena y esta traes a dos. Eres increíble, quién tuviese veinte años otra vez…

—Oh, venga, Kiko. No digas esas cosas. Solo son amigas y sabes que me gusta tratar bien a mis amigas.

El hombre suelta una risotada y siento una gran animadversión hacia él.

—Venga, Ginés, te conozco desde que eres muy pequeño. Intenta engañar a otro.

Agarro el pomo y no sé si abrir e interrumpirlos o bien seguir aquí escuchándolos.


lunes, 9 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 16. Verdad o Mentira

 


Estoy a punto de darle al botón de enviar, cuando me detengo. ¿De verdad voy a hacer esto? Me estoy metiendo donde no me llaman, pero… Joder.

¡Hostia!

Mateo no se merece pasar por otra Cintia y viendo a Julia ahí, aún entre los brazos de ese hombre, dejando que él la acaricie y tome su rostro… parece que lo estoy reviviendo.

Pero no, no puedo hacerlo así. Enviarlas sin contexto, solo le dolería más a Mateo y no puedo hacer sufrir a mi hermano de ese modo.

—Elio, ¿qué pasa? —repite Biel.

—Creo que me voy.

—Pero ¿qué ocurre? —se interesa Dylan.

—¿Conoces a la rubia? —pregunta Alex con agudeza, sabiendo exactamente hacia dónde estoy mirando.

—Es la chica que le gusta a Mateo.

—No jodas…

Mis amigos fijan sus miradas en ella y sé en lo que están pensando. Vivieron el episodio de la traición a mi hermano, así que no tengo que explicar nada.

—Me voy.

—Elio…

—Me voy. No quiero ver nada más.

—Espera, nos vamos contigo.

Se levantan y, con cuidado de que Julia no me vea, salimos. Terminamos en un pequeño bar, en el que los chicos intentan distraerme. Lo logran en parte, aunque tres horas después, al regresar a casa y ver a mi hermano pendiente del teléfono, las fotos vuelven a mí.

—Eh, Mateo…

—¿Sí?

—¿Hoy no has salido?

Deja de mirar el móvil y levanta la vista.

—No, he estado revelando algunas fotos más.

De nuevo, baja la mirada y observo de refilón que está revisando sin mucho interés los posts de Instagram, como si buscase algo.

—Oh, pensé que habrías quedado con Julia —indago mientras me sirvo un gran vaso de agua y me bebo la mitad casi de una sentada.

—No, me dijo que había quedado con unas amigas y que no podía.

—¿Amigas?

—Sí.

Sigue tan centrado en su móvil que no se percata de la mueca que se me escapa. Así que Julia le ha dicho a mi hermano que había quedado con unas amigas… ya. Me sé esa historia.

—¿Y si te dijese que me he encontrado con ella?

Mateo centra toda su atención en mí.

—¿Con Julia?

—Con la misma.

—¿Qué tal? ¿Te ha dicho algo sobre mí?

Niego un par de veces con la cabeza.

—No hemos hablado.

—Oh…

La decepción inunda su semblante.

—Pero la he visto… con otro chico.

—Te habrás confundido, me dijo que venían un par de amigas de Madrid a verla.

—Estoy seguro de que era un chico. A no ser que tenga una gemela idéntica.

—Elio, de verdad, Julia…

Saco el móvil y le enseño las fotos. Dios, me siento como una puta mierda y, sin embargo, a la vez sé que es preferible el dolor ahora que más adelante. Mateo no podría con otro corazón roto.

—Vaya…

Los hombros de mi hermano caen y veo que se hace pequeñito durante un segundo justo antes de sacar una sonrisa tirante.

—Siento enseñarte esto así, pero sé que Julia te gusta y no quiero…

—¿Qué? No. A ver, me parece una chica muy simpática, pero…

—Mateo.

—Voy a ver si me he dejado en el coche la cartera, que me acabo de acordar de que no la encuentro por ningún sitio. Ahora vengo.

—Matty...

No obstante, mi hermano huye y yo solo soy capaz de sentirme como un cabrón. Pero debía hacerlo, debía hacerlo por él.

 

—Llevas toda la semana en las nubes. ¡Tierra llamando a Jimena!

—Ay, Lola, para —gruño apartando sus manos de mis mofletes.

—¿En qué piensas tanto? ¿O en quién? —acusa.

—En nadie, solo estoy preocupada por los exámenes.

Alguien chista a nuestras espaldas y me doy cuenta de que estamos hablando demasiado alto para la biblioteca.

—Ya, claro… Ese brillito en los ojos suena a otra cosa —dice mi amiga bajando el volumen de su voz.

—¿Aún no ha llegado Emma? —corto a Lola cambiando radicalmente de tema.

—No, ya sabes, con eso de prepararse para la beca se pasa la mitad del tiempo hablando con los profesores para conseguir más nota. La tía tiene de media un nueve y medio y quiere más. Yo tengo un jodido seis y me parece perfecto.

—Lola, si quieres charlar, te vas a la cafetería.

Alzamos la vista y vemos que en las mesas del lado están sentados Biel y Alex. Busco con la mirada a Elio, pero no parece que esté por ninguna parte. ¿Qué demonios? ¿Estoy buscando a Elio?

—Biel, tesoro, si te molesto, te pones unos tapones como hace todo el mundo.

El catalán pone los ojos en blanco, pero vuelve a centrar su mirada en los apuntes un instante después. Al pobre no le dura mucho la calma, porque Lola retoma la conversación.

—A lo que iba, que cuando no está estudiando, está preguntando cómo rascar décimas. Es algo enfermizo.

—Solo se está esforzando por lo que quiere.

—Bah, yo lo único que quiero es jubilarme.

—A este paso nunca lo vas a conseguir —responde Biel lo bastante alto para que lo oigamos.

—Te callas. En poesía te recuerdo que tenemos la misma media.

—Eso es por culpa de la Urraca.

Sin embargo, la discusión que parecía querer iniciarse, es interrumpida por Emma que aparece cargada con una montaña de libros.

—¿Se puede saber a dónde vas con todo eso?

—A estudiar, Lola.

—¿Pero cuántas horas pretendes que nos quedemos aquí? Pensaba que luego nos íbamos a tomar una cerveza.

—Yo hoy no creo que pueda, tengo mucho que leer y resumir.

Nuestra compañera toma asiento frente a mí y abre tres grandes volúmenes. Ver a Emma estudiar es algo que siempre me va a sorprender. Tiene una capacidad alucinante para captar todos los conceptos a la primera y, no solo eso, es tan sumamente pulcra en sus apuntes, que casi pareciesen impresos.

—Pero, Emma…

Alguien chista y Lola capta el mensaje de que se tiene que callar. Aunque no tarda mucho en decir que tiene sed y levantarse para bajar y cogerse una botella de agua de las máquinas expendedoras.

Aprovecho estos instantes para contemplar a Emma con una sonrisa. Pronto dejo de lado la forma en la que toma apuntes y me fijo en su cuello.

—¿Qué es eso que tienes ahí?

Alza la cabeza y la veo blanca como el papel cuando comprueba que señalo un punto justo debajo de su oreja. Intenta verse el cuello en el reflejo de su móvil y se lamenta con un quejido.

—¿Es un chupetón?

—Shhhhhh —reclama nerviosa—. Mierda, mira que le dije que no lo volviese a hacer.

Me doy cuenta de que eso significa que mi amiga se está liando con alguien y no nos ha comentado nada. Un momento…

—Espera, ¿es el mismo con el que pasaste la noche de Halloween?

Por su expresión, diría que he dado en el clavo.

—No le digas a Lola que me has visto esto —dice señalando la marca de su cuello e intentando ocultarla con el jersey que lleva puesto—. Si se entera, no va a parar hasta saber el nombre del chico y… me gusta ser privada con estas cosas.

—Tranquila, no tienes de qué preocuparte —le prometo—. Pero dile que tenga un poco más de cuidado la próxima vez.

Le guiño un ojo y se relaja, incluso llega a sonreírme.

Siento la presencia de alguien a mi lado, me giro, pensando que es Lola, pero no, se trata de Elio.

—Hola, madrileña.

Se me pone la piel de gallina y, tonta de mí, en vez de mirarlo a los ojos, lo primero que hago es detenerme en sus labios, en donde las comisuras de su boca se alzan y sonríe de un modo encantador.

—Luque —respondo aparentando indiferencia. Él suelta una risilla.

—Te traigo la parte de recaudación que he conseguido de las papeletas que he vendido.

Me pasa una bolsita de plástico en la que hay bastantes monedas.

—Vaya… sí que has vendido un montón —me sorprendo.

—Necesito otros dos tacos.

—¿Dos?  

Lleva vendidos ya cinco. Es el que más está recaudando de toda la clase, incluso por delante de Machado que conoce a la mitad de Málaga y va por su tercer taco de papeletas.

Tomo mi mochila, guardo el dinero en el neceser con toda la recaudación y le doy a Elio las papeletas. Cuido mucho que mis dedos no toquen los de él en el proceso y también de que mi mirada, esta vez, se centre en sus ojos. Aunque una extraña sensación burbujeante recorre mi estómago.

—Gracias.

Nos quedamos mirando un par de segundos, pero cuando Lola vuelve, atrapa mi atención hablándome de un chico guapísimo con el que se ha cruzado en la máquina y Luque se aparta para ir a sentarse con Álex y Biel.

Aun así, siento su mirada de vez en cuando sobre mí, pendiente de lo que hago y… ese burbujeo que no cesa.

***

La vuelta a casa desde la biblioteca la hago apelotonada en el autobús. La fina lluvia cae y moja a los viandantes, muchos de ellos sin paraguas, que regresan a sus casas tras otra jornada laboral más. Muchos de los escaparates de las tiendas están ya llenos de motivos navideños y eso me anima a pensar en Gaia. Ya me ha confirmado que las fechas de su escapada a Málaga desde Madrid serán en las vacaciones de Navidad. Al fin podremos volver a pasar tiempo juntas y le enseñaré toda la ciudad. Lola y Emma me han dicho que no me puedo perder el espectáculo de luces de la calle Larios, así como los mercados y los belenes que se ponen por todos los rincones.

Llego a casa en el instante en el que un gran rayo atraviesa el cielo y la fuerza de la lluvia aumenta.

—Hola, hija, ¿qué tal el día en la universidad?

—Cansada —contesto a mi padre que con brío parece estar terminando de cocinar la cena.

—¿Vosotros qué tal?

El rostro de mi padre se ensombrece y su sonrisa decae poco a poco hasta que sus comisuras se curvan hacia abajo.

—Hoy no ha sido un buen día.

No hace falta que me diga nada más. Sé cómo son los malos días de mi abuela, en ellos casi no habla, se muestra ausente y la cabeza le duele tanto que se pasa los ratos dormitando encerrada en su cuarto y con todo en la más absoluta oscuridad.

Intercambiamos una mirada y mi padre se obliga a sonreír.

—Menita, ya estás en casa —dice mi abuelo mientras entra en la cocina y se acerca a mí para estrecharme entre sus brazos.

Tiene un gesto triste en su cara y los ojos llorosos. Lo aprieto unos segundos más contra mí y él me lo agradece depositando un par de suaves besos en mi pelo.

Esto nos duele a todos, pero creo que a mi abuelo lo está destrozando. No puedo ni llegar a imaginarme cómo tiene que ser ver cómo la persona de la que llevas enamorado toda tu vida tiene estos instantes en los que su luz queda reducida a una pequeña llama que no sabes si sobrevivirá a la noche.

—¿Y Julia? —pregunto.

—Lleva toda la tarde en su habitación leyendo. Ha venido cansada del trabajo —explica mi padre.

Me despido de ellos y voy a la habitación que comparto con mi hermana. Antes de meterme dentro, la veo mirar con anhelo el teléfono móvil, pero, en cuanto abro la puerta, sus ojos se concentran en el libro que tiene entre las manos.

—Hola, ¿ya estás aquí?

—Son casi las nueve —respondo. Parpadea un par de veces y frunce un poco el ceño—. ¿Todo bien? ¿Es por la abuela?

—Sí, me tiene preocupada. Siempre ha estado tan llena de energía, ha sido tan vital que…

Mi hermana se queda callada. Se abraza a sí misma y su mirada vaga de nuevo hacia el móvil.

—Julia —arranco y me siento en su cama—, ¿qué pasa? Noto que hay algo más.

Uno de los grandes problemas de mi hermana siempre ha sido esa ferocidad con la que guarda sus propios sentimientos. Incluso para alguien como yo, hay ocasiones en las que sus emociones quedan encerradas tan dentro de ella, que no es capaz de expresarlas en voz alta. No es hasta que pasan unos segundos, que se confiesa.

—No es lo único, no… Aunque me siento culpable por no estar centrando toda mi atención en la abuela.

—Eh, nada de culpas. —Alargo la mano y acaricio su rodilla—. No podemos hacer mucho más por ella en estos momentos, ya lo sabes. Venga, dime qué te tiene así.

Duda. Una expresión de tristeza ensombrece su rostro.

—Es que llevo unos días en los que noto raro a Mateo.

Así que es eso, el fotógrafo.

—¿Raro en qué sentido?

Se cruza de piernas y atrapa su pelo poniéndolo sobre uno de sus hombros para acariciarlo.

—Lo noto distante. Lleva toda esta semana contestando mis mensajes casi al día siguiente y me ha puesto excusas cada vez que he querido quedar con él. No paro de pensar en qué he podido hacer para que se enfade conmigo.

—¿Crees que está enfadado?

—No lo sé. Eso pienso. ¿Qué otra explicación puede haber?

—Puede ser por el trabajo.

—Eso es justo lo que me ha dicho.

—¿Y sientes que no te está diciendo la verdad?

Julia se lleva las manos a la frente y se la frota con fuerza.

—Estoy siendo una exagerada, ¿no? Unos días en los que está ocupado y yo me vuelvo una loca dependiente.

—No, no es eso. Si el instinto te dice que pasa algo, hazle caso. Pero no te adelantes a los acontecimientos. Sé cómo piensas, creas catástrofes en segundos y dejas que la angustia te devore.

—A veces se me olvida lo mucho que has crecido.

Las palabras de mi hermana me dejan sin aliento e intento quitarle hierro al asunto.

—Bueno, estoy en desacuerdo. Mido lo mismo desde los dieciséis años.

Consigo hacer reír a Julia y su sonrisa me contagia. Es en mitad del cambio de humor de mi hermana que recibo un mensaje de Ginés.

 

Ginés: ¿Te gustaría ir a la bolera el fin de semana que viene?

 

Hace bastante que no nos vemos. Aunque no sé si aceptar su propuesta, me siento un poco nerviosa ante la idea de que se entere de todo el tiempo que he pasado con Luque después de que me advirtiese del peligro que supone Elio. Aunque, en realidad, tampoco es que yo haya buscado compartir el tiempo con él. Quiero decir… se ha dado así, pero Luque… Luque me cae mal. Es insoportable y un chulo y…

Mierda, qué lío tengo en la cabeza. No sé qué hacer. ¿Debería decirle que no? ¿O debería aceptar su propuesta? ¿Y si llevo a Julia para que se despeje? ¿Qué demonios hago?



lunes, 2 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 15. Mi nombre


Sí, soy una enamorada del mar, pero eso no quiere decir que lo sea de todos los pequeños animalitos que viven en él. Mi respeto por la fauna marina es inestimable y mi pavor por las medusas tiene su origen en un verano en el que, buceando no muy lejos de la orilla, terminé con una abrasando parte de mi cara y torso. Si alguna vez os ha picado una condenada medusa, ya sabréis que no es nada placentero. Así que digamos que mi reacción hacia ellas es algo más, algo así como… Pánico.

Por ello en cuanto Luque dice la palabra entro en modo supervivencia y termino colgándome de él como un koala. No se lo espera, por lo que trastabilla y caemos sobre la arena.

lunes, 25 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 14. «Tu chico»

 


¿Cómo fui tan estúpida de no insistir en que no necesitaba a Elio?

Pero es que tener a toda mi familia alrededor diciendo que no podía rechazar la ayuda de los hermanos, me arrastró a ello.

Parece que el destino me la tiene jurada con los Luque. Por eso estoy aquí, en la misma esquina en la que nos despedimos la noche de huida de la policía, hace casi un mes.

Un mes.

lunes, 18 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 13. «Tu chica»

 


Justo en el momento en el que estoy a punto de perder los papeles, me detengo. No, joder, no puedo caer en viejos hábitos, no puedo dejarme llevar por él de nuevo. Tengo que centrarme, debo hacerlo por mí y por todo el mundo que me ha dado una segunda oportunidad. Ya no soy aquella persona y no pienso dejar que él me lleve de nuevo hacia la oscuridad. Ni a mí ni a nadie.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Biel agarrándome con fuerza del brazo.

—Confía en mí —replico mirándole a los ojos.

Él mantiene su mano firme alrededor de mi brazo hasta que percibo cómo me suelta muy lentamente y asiente con su cabeza. Tomo una bocanada de aire y me decido. Atravieso la discoteca ocultándome de la mirada de Ginés y, a un par de personas de él, empujo a una chica que cae sobre uno de sus amigos y cuya bebida termina calándolo. No puedo evitar reírme, porque me he hecho un Jimena.

lunes, 11 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 12. Halloween

 


De haber estado en Madrid, con toda probabilidad, a estas alturas del mes de octubre ya habría sacado el abrigo de plumas. Sin embargo, en la ciudad de Málaga hoy el día está despejado y estoy disfrutando de estos cálidos instantes en los que me dejo abrazar por los últimos rayos del atardecer.

Estoy apoyada sobre la barandilla del Muelle Uno, admirando la vista que me otorga y viendo La Farola, el faro de la ciudad, que se recorta contra el horizonte y destaca con su blanco sobre el fondo de azules.

Los nervios que me han azotado durante toda mi jornada de trabajo en la tienda se han visto incrementados por esta espera lenta que me está devorando. He quedado con Ginés justo aquí, en el extremo de las Pérgolas de la Victoria que da al Centre Pompidou. La gente pasea, monta en bici y aprovecha la tarde de viernes para relajarse cerca del puerto y disfrutar de los restaurantes que hay en él.

Estoy observando a una niña subida en su triciclo rosa cuando una mano me da un par de toques en el hombro.

—Espero que no hayas tenido que esperar mucho —dice él con una amable sonrisa.

—No, he llegado hace unos minutos —miento. Porque la verdad es que llevo casi veinte aquí esperando.

—Perdón por el pequeño retraso, he tenido que resolver algunas cosas en casa.

Su rostro se entristece y me da mucha ternura verlo tan afligido.

—¿Qué te parece si nos sentamos ahí? —propone señalando una cafetería que tiene dispuesta una terraza.

—Claro.

Primero pedimos un par de cafés y luego tomamos asiento en una mesa que queda frente al paseo. Lo contemplo. Él se remueve inquieto y veo cómo sus hombros están algo caídos. Ahora me pregunto si ha sido una buena idea todo esto.

—¿Qué tal en la tienda? —se interesa.

—Pues… otra jornada trabajando de cara al público y fingiendo que no quiero matar a todas y cada una de las personas que me contestan con malos modos —respondo. A lo mejor me he pasado de sincera, pero consigo robarle una sonrisa y eso me gusta—. ¿Tú qué tal?

—Nervioso —confiesa—. Es solo que… —Tragas saliva—. Todo esto me remueve mucho. Sufrí tanto en su momento que me ha costado volver a ser mínimamente yo.

La presión que ocasionan sus palabras en mi pecho me hace mover mi mano y agarrar una de las de él.

—Tampoco hace falta que me cuentes todo, no quiero hacerte daño —digo con sinceridad—. Podemos dejar el tema de lado y simplemente tomarnos el café.

Ginés se lo piensa. La curiosidad me pica en la lengua y me pide que insista, que le pida explicaciones, pero mi empatía me frena. Lo veo muy vulnerable. Tras unos segundos en silencio, suelta el aire en una gran bocanada y me sonríe.

—No, te debo una explicación y, además, me va a venir muy bien hablar esto con alguien. Sé que puedo confiar en ti.

Se me escapa una sonrisa al ver que él se relaja. Da un sorbo a su café y, asiendo aún mi mano, arranca su relato.

—Será más sencillo si empiezo por el principio. Elio y yo nos criamos juntos. Su padre y el mío fueron amigos toda la vida hasta que… —Él aprieta los labios con fuerza—, hasta que mi padre murió en un pesquero.

Me hielo. No me esperaba esa información.

—Lo siento mucho —es lo único que se me ocurre responder.

—Fue hace años, sigue doliendo, pero uno se hace a su ausencia. —Frena sus palabras por un segundo, una pausa que es llenada por el ruido de la gente yendo y viniendo—. Tras aquello, Elio y yo nos unimos aún más. Fue como el hermano que nunca tuve. Su familia me acogió muchas tardes en las que mi madre tenía que trabajar hasta tarde y en el colegio, cuando todo el mundo se metía con él por llevar gafas y tartamudear, yo fui el único que lo defendió.

Parpadeo, asombrada por lo que me cuenta Ginés. Lo narra con tanto cariño y amor que sé que algo muy grave tuvo que ocurrir entre ellos.

—Incluso en el momento en el que Elio decidió juntarse con malas compañías… yo lo seguí. —Los ojos se le humedecen.

—¿Malas compañías? —inquiero, curiosa.

—Fue al poco de empezar el instituto. El acoso a Elio solo fue en aumento y en una de las ocasiones terminó peleándose con un chico al que partió la nariz. Y al final no sé muy bien cómo, pero terminó juntándose con él y con sus amigos. Yo lo seguí, siempre tuve esa especie de instinto protector con él. Sin saber que justo por eso me acabaría metiendo en tantos líos.

—Algo me han contado sobre que terminó en un reformatorio —digo para que Ginés suelte prenda. No quiero insistir, pero a la vez lo estoy deseando.

—Eso fue la punta del iceberg. En realidad, todo empezó mucho antes. En un principio solo nos emborrachábamos y hacíamos tonterías, pero luego… las cosas se complicaron. —Ginés atrapa mis manos con las suyas y me mira directamente a los ojos—. No estoy orgulloso de lo que hice y me voy a arrepentir toda la vida de ello, pero… terminé siendo parte de las desventuras de Elio y sus amigos. Robábamos en tiendas, incluso algunos coches, tiramos una moto al mar, una vez hasta atracamos a una señora mayor en un cajero. Pequeños delitos de los que nos librábamos siempre por los pelos. —Su voz se ha vuelto grave y veo el cansancio en su rostro—. La noche en la que detuvieron a Elio, tuve una pelea muy fuerte con él, porque yo quería dejar de lado todo aquello. Yo quería alejarme de aquellos tíos. Y así lo hice, me quedé en casa mientras ocurría todo y pese a las insistencias de Ainara para que no lo dejara solo, lo hice —relata y frunce el ceño.

¿Ese había sido el papel de Ainara? ¿Por eso le había lanzado aquella mirada en la playa? ¿Era porque culpaba a Ginés de lo ocurrido con Elio?

—Al día siguiente todo el mundo sabía que habían detenido a Elio porque se había colado en la casa de un empresario con contactos en el ayuntamiento. Mi madre me pidió que dejase de hablarle de inmediato y yo… le hice caso. Es toda mi familia, Jimena.

—Es comprensible —digo acariciando su hombro—. Fue él quien hizo mal.

—Y aun así yo pagué parte de las consecuencias. ¿Sabes que Dylan, Alex, Biel y Ainara eran mis amigos? —No puedo ocultar la mueca de sorpresa—. Elio les comió la cabeza para que me dejasen de lado y por mucho que lo intenté, nunca me creyeron. Montó toda una mentira para que me odiasen y terminé siendo el apestado.

—¿En serio?

Él asiente. Está tan afectado que sus manos tiemblan y termino por abrazarlo. El relato de Ginés me deja fría. Sé que Luque es un prepotente, pero de ahí a ser tan mala persona como para hacerle el vacío a un amigo de la infancia que quiso alejarse de las malas compañías…

Aunque si lo analizo con frialdad, el otro día cuando quedamos se comportó como un imbécil con Julia.

—Siento ponerme así, no pretendía perder el control. Pero es que lo pasé tan mal… Por eso te dije que te alejases de él, Jimena. No quiero que haga daño a más gente y parece que te tiene en la mira.

—¿A mí? —dudo, extrañada.

—Cuando os vi el otro día en la biblioteca tuve un mal presentimiento. Elio tiene mucho éxito entre las chicas y no duda en ilusionarlas para luego dejarlas tiradas. Se ha vuelto un egocéntrico que solo busca manipular al resto. No caigas en su trampa.

Se me escapa una risilla.

—No voy a caer en ella, ni de lejos —afirmo, muy segura de mis palabras. Y, sin embargo, un picor extraño me recorre la nuca. 

 

***

—¿Por qué estás tan pensativa?

Gaia y yo llevamos casi una hora en videollamada. Hace unas semanas me propuso que hiciésemos así los deberes y debo admitir que a ratos parece que volvemos a las tardes de biblioteca.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Solo estoy concentrada.

—Llevas siete minutos mirando a la nada. Déjate de tonterías. Venga, dime qué ha pasado.

Le acabo contando todo.

—Hostia.

—¿Eso es lo único que me vas a decir?

—Es solo que… yo venía a contarte mis movidas con el gilipuertas de Perseo y ahora mis tonterías no son nada con este percal. Estamos hablando de un delincuente. Un delincuente que resulta que puede llegar a ser tu cuñado.

—No me recuerdes eso.

—¿No me dijiste que Julia parecía muy feliz con Mateo?

—Sí, pero con Elio en la ecuación, ¿crees que esto va a terminar bien? Y más después de lo que me ha contado Ginés.

Gaia se queda muy callada, algo raro en ella pues es una de esas personas que tiene la imperiosa necesidad de compartir todos sus pensamientos constantemente.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? —Su voz se alza una octava.

—Venga, escúpelo.

Se resiste apenas un par de segundos.

—Es que solo tenemos la versión de Ginés.

—¿Qué quieres decir?

—A ver… En todo hecho hay versiones, ¿no? —Yo asiento con la cabeza—. Pues aquí solo se nos ha presentado una.

—Dios santo, cómo se nota que estudias derecho.

Gaia pone los ojos en blanco.

—Es solo que a lo mejor no deberías arrojarte a una conclusión precipitada sin tener todas las pruebas que demuestren que es verdad.

—Pero es que la mayoría de ellas apuntan a que es cierto.

—La primera regla que nos ha enseñado mi profesora de derecho penal es que, en vez de intentar probar una hipótesis, intentemos demostrar que es falsa.

—¿Traducción?

—En vez de asumir que Elio es un delincuente en potencia, intenta demostrar que no lo es.

 


Me cruzo con un grupo enorme de chicos disfrazados de distintas versiones de El Joker mientras avanzo por las calles de la ciudad. La noche ha terminado coronada por una banda de nubes que hacen que el cielo refleje la luz de las farolas y cree un espacio fantasmagórico. Lo cual es ideal para la noche más terrorífica del año.

—¿Pero a quién tenemos aquí? ¿Eres una momia? —inquiere Dylan

—¿No tienes frío con eso puesto? Te estoy viendo los pezones —dice Biel mirándome de arriba abajo.

—Pero si hace una temperatura de muerte —digo intentando hacer un chiste.

—Menos mal que eres guapo, porque la gracia… —responde Ainara.

—Sois unos malditos.

Caminamos hasta la entrada del garito, un local enorme que a Machado le ha dejado uno de los amigos de sus padres y que, en dos días, deprisa y corriendo, hemos tenido que decorar para la fiesta de hoy.

—Joder, pues al final sí que hemos hecho buena caja —indica Biel al ver la cantidad de gente que se aglomera en la puerta para entrar.

—¡Amigos! —grita Machado. No son ni las doce, pero ya va cargadito.

Va vestido de presidiario y arrastra hasta una cadena de plástico con una enorme bola que casi lo hace tropezar.

—Ainara, qué mal rollito das vestida de muñeca diabólica. Hoy tu hermano está más guapo, ¿eres Jack Sparrow? Dylan de zombi, el guaperas de momia y… ¿Y tú de qué se supone que vas vestido?

—De declaración de la renta —explica mi mejor amigo señalándose el cartel que tiene sobre el cuerpo y en el cual se puede ver una imagen impresa de la web del Ministerio de Hacienda.

—El más tenebroso de todos —concuerda nuestro compañero—. Podéis colaros. Decid en la puerta que vais de mi parte y el número sesenta y nueve.

—¿Sesenta y nueve? —cuestiono.

—Es la clave para la gente de clase.

Obedecemos a Machado y, aunque el de seguridad frunce el ceño, la contraseña surte efecto. Dentro del local la música lo llena todo y entre el juego de luces y los disfraces, nos es casi imposible discernir si conocemos a la gente con la que nos cruzamos o no. Eso no nos impide disfrutar del momento y pronto somos parte de la marea de cuerpos que baila al ritmo de los últimos éxitos.

Haciéndome hueco como puedo me retiro hasta la barra para poder pedirme otra copa y es ahí donde la veo por primera vez en toda la noche. Se ha planchado el pelo lo que hace que sus rasgos que vean aún más angulosos, o puede que sea el maquillaje lo que logra ese efecto. Reconozco al personaje de inmediato: Sally de Pesadilla antes de Navidad. Hasta con ese tono azul mortecino y las cicatrices alrededor de su boca está guapa.

Me veo obligado a sonreír porque ella lo hace con un brillo demencial en la cara y la veo feliz. Rara vez la he visto con un gesto así cuando me mira, aunque lo entiendo, no he sido la persona más amable con ella, pero es que Jimena… ay, Jimena. Desde que la vi en la cafetería aquella mañana en la que le robé el café no he podido dejar de posar los ojos en ella y parece que una parte de mí quiere descubrir todas sus caras, todas sus facetas.

Confieso que me esperaba provocar algún tipo de reacción por su parte cuando subí la foto que le tomé en Nerja, pero no me ha hecho ni un comentario. Así que supongo que no la habrá visto, tiene sentido, después de todo no me sigue y dudo que se pase los días viendo mi perfil. Ya ha dejado claro en más de una ocasión esa animadversión que le causo y, no obstante… Sé que va a girar su cabeza y me va a mirar en tres, dos...

Ahí está.

Mi sonrisa se ensancha y muevo la cabeza en señal de saludo. Ella me hace una peineta y niega con la cabeza a su interlocutor. Solo entonces me doy cuenta de quién es y se me cae el mundo a los pies. Mi cuerpo entero se congela. No. Ginés otra vez no. ¿Qué coño le pasa con Jimena? Joder, a ella no. A ella que la deje en paz.

Aprieto con furia el vaso que sostengo entre las manos e ignoro a la camarera cuando me pregunta qué quiero. Se la tengo guardada, se la tengo guardada desde hace mucho tiempo. Por su culpa, por su puta culpa…

—Ey, ¿has pedido ya? —me pregunta Biel, que con su toque me saca de mis pensamientos—. ¿Qué te pasa? Vaya careto tienes.

—Ginés.

Como no desvío la mirada, mi mejor amigo es capaz de localizarlo con facilidad.

—Elio, ni se te ocurra.

—¿El qué?

—Sabes perfectamente el qué. No dejes que tenga poder sobre ti.

—Debería partirle la cara. Últimamente no para de revolotear y después de todo lo que hizo…

—Si causas un alboroto no solo vas a salir perjudicado tú. Piensa en Ainara, joder.

—Precisamente por ella debería ir allí.

Dos partes de mi mismo ser se pelean. Es ese sentimiento de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que me acompaña desde que él me rompió, desde que él me llevó al extremo. La parte cuerda que me pide estar quieto, que me pide resistirme; y la otra parte, mi parte más salvaje, la parte que él creó en mis adentros y que me pide cruzar el garito, cogerle del cuello de la camisa y partirle la cara. La cuestión es, ¿cuál de mis partes acabará ganando la batalla?

lunes, 4 de abril de 2022

Distancia Focal. Capítulo 11: La foto

 


Mi plan para este sábado era el de impedir por todos los medios que Julia y Mateo lograsen acercarse más, pero con lo que no contaba es con el grano en el culo que es Jimena. Malditas casualidades del destino.

No me ha gustado nada la dichosa insistencia y el peloteo que la madrileña ha demostrado durante todo el día con mi hermano. La conversación que tuvieron las modelos en la playa con Julia vuelve a mí. ¿Está Jimena ayudando a su hermana para que así Mateo le haga las sesiones de fotos gratis y poder tirar de su agenda de contactos?

No quiero revivir un Cintia.

No quiero volver a ver a mi hermano perdiendo el culo por una persona que solo se aprovechó de él, que le llegó a estafar dinero y que lo dejó para casarse con un magnate de Marbella que le ofreció el papel protagonista en una película. No pienso dejar que Mateo vuelva a desdibujarse entre noches de llanto por una persona que solo le utilizó. Me niego.

Y no me gusta pensar mal de la gente, pero… la pesadez de Jimena solo me hace sospechar que esto es un ardid que han montado las hermanas para servirse de la ingenuidad de mi hermano. Aunque me cuesta mucho pensar en la madrileña en ese papel tan falso.

Por eso he intentado hacerlo de manera un poco disimulada y he terminado por pegarme todo lo que puedo a Julia. Si estoy constantemente a su lado, si soy su sombra, no habrá momento de intimidad entre mi hermano y ella y no podrán…

No sé cómo tengo los reflejos suficientes como para tomarla, pero, de pronto, tengo a Jimena entre mis brazos y pegada a mi cuerpo.

—Uy, perdona. Es que me he tropezado…

Su expresión se transforma. El destello que cruza su mirada me deja anclado a ella. Jimena se calla. Debe de haber notado lo mismo que yo.

Sé que esta semana me ha estado rehuyendo y yo la he estado tocando las narices en clase con toques en su espalda, queriendo volverla loca. Pero ahora, con su piel pegada a la mía, ha sido capaz de dejarme sin aire.

La calidez de su cuerpo genera un contraste enorme con la humedad y el fresco de las rocas que nos rodean. Me permito un momento para perderme en su rostro y aprovecho nuestra cercanía para volver a recorrer su perfil. Su pequeña nariz, sus mejillas sonrosadas, sus labios… sus condenados labios con ese arco de cupido tan pronunciado y que los hace aún más especiales. Apenas estamos iluminados por un par de focos lejanos, muy tenues para no dañar la conservación de esta cúpula natural que nos ampara. De pronto, se me escapa una risilla.

—Voy a empezar a pensar que te gusta acercarte a mí cuando estamos en la penumbra.

—Oh, por favor… tu egocentrismo de verdad que resulta exasperante.

Un señor pide paso a nuestra espalda y yo la agarro de la cintura, reduciendo aún más el espacio que nos separa. Con el movimiento, su pelo le tapa media cara y, sin dudarlo, mis dedos buscan su rostro y en una caricia se lo colocan detrás de la oreja. Un contacto que hago largo, lento, porque quiero disfrutar de su suavidad.

—Bueno, algo estaré haciendo bien cuando has caído entre mis brazos.

Sé que ella está intentando pensar en cómo devolvérmela. Pero es incapaz de dar con ello, así que se lanza a lo fácil.

—Eres tan pedante, tan creído, tan chulo, tan… tan…

—¿Tan?

—Insoportable.

—No estarás intentando ocultar algo con todas esas palabras, ¿no? —la provoco. Dios… lo que disfruto provocando su fuego.

—¿El qué?

—Que el otro día te gustó estar tan cerca de mí en ese portal. Tal y como estamos ahora. Y que te pongo nerviosa, Jimena, muy nerviosa… pero no porque me odies.

Su mirada se torna felina, sus pupilas dilatadas son dos océanos al anochecer con la marea alta. Pega su cara a la mía y me suelta una risa sobre la boca.

—Antes de caer bajo tus trucos baratos de guapo de calendario, prefiero congelarme en Siberia.

El olor a fresas lo inunda todo a mi alrededor. Ella lo inunda todo.

—Ah, ¿sí? —Me muerdo el labio inferior y ella cae en el desafío mirándolos.

—Sí. —Intenta sonar segura, pero termina saliendo un sonido muy agudo al pronunciar el final de ese «Sí».

Sus manos ahora descansan en la parte alta de mi espalda y sus dedos se agarran con ímpetu a mis músculos. Su respiración ha aumentado su frecuencia y los leves suspiros que escapan de entre sus labios generan en mitad de mi pecho la necesidad de aspirar cada uno de ellos.

Mi mano desciende levemente hacia su cuello y juraría que de su boca escapa un gemido. La gente pasa a nuestro alrededor, algunos sé que se nos quedan mirando, aun así, yo no corto el contacto visual con ella. Sus ojos siguen en mi boca y sé en lo que está pensando. Jimena es un libro abierto. Me inclino de forma sutil hacia ella y mis brazos se cierran entorno a su cuerpo, firmes.

Su cabeza se alza, buscando el contacto entre nosotros y yo dejo que sea ella quien se aproxime muy poco a poco, reduciendo la distancia. El embrujo que produce en mí es potente, pero mi orgullo herido lo es más, así que tras la retahíla de comentarios solo me queda hacer una cosa… soltarla.

Ella se escurre y pega con el culo en el suelo. La risotada que pego es tan alta, que soy regañado por varios de los asistentes de la cueva.

—Me cago en la…

—¿Necesitas que te eche una mano? —digo con un impostado tono caballeroso y ofreciendo mi palma.

—Al cuello te la voy a echar, idiota.

—Así que confirmamos lo de la tienda: te gusta el sexo duro.

—¿Por qué demonios me has soltado?

—¿Qué te parece si la próxima vez que caigas en mis brazos no me insultas diciendo todo lo que has dicho sobre mí?

—¿La próxima vez? ¡JA! Ni de coña va a haber próxima vez. Y te recuerdo que me he tropezado. Como si yo quisiese estar cerca de ti o tocarte. Por favor…

Me pongo de cuclillas y pego mi cara a la de ella, tanto que rozo mi nariz con la suya y juego a volverla un poco loca, aunque mi sanidad esté ahora colgando de un hilo por las ganas que tengo de volver a sostenerla entre mis brazos y, esta vez, de no soltarla.

—Tengo fe y sé que va a haber una próxima. Estoy muy seguro —respondo sin titubear.

—Eres un…

—¡Jimena!

Julia se acerca corriendo para socorrer a su hermana y me alegra ver que la caída ha supuesto que se aleje de Mateo.

—Estoy bien, no te preocupes. Solo he resbalado.

—Estaba intentando ayudarla —digo con mi sonrisa más amable.

—Muchas gracias, Elio —responde Julia, incauta.

Su hermanita me aniquila con la vista y mi victoria es aún más dulce al saber que la he sacado de quicio. Gracias a Mateo, Jimena vuelve a ponerse en pie y seguimos nuestras andanzas por la cueva. Quizá mi intento por separar a mi hermano de Julia no ha servido, pero la caída de la madrileña, sí que lo ha logrado porque ahora su protectora hermana mayor no se separa de ella hasta que salimos a la luz del exterior.

No obstante, enfadar a Jimena ha tenido sus efectos secundarios en mí. Sigo notando sobre mis brazos y espalda sus manos, sería capaz hasta de dibujar la silueta de cada uno de sus dedos en mi piel. Intercambiamos una mirada cuando nos volvemos a montar en el coche y la veo pegarse todo lo que puede a la puerta para que ni el aire que se cuela por las ventanas nos roce al mismo tiempo.

La ciudad de Nerja nos recibe con un atardecer precioso y nosotros utilizamos la ocasión para deleitarnos de la caída del sol caminando por el paseo marítimo. Nos cruzamos con algunos pescadores que lanzan sus cañas y amenizan las horas poniéndose al día. Las rocas crean un paisaje que siempre me ha gustado apreciar en la ciudad y al pasar frente a la estatua de Chanquete, las hermanas posan para la cámara de mi hermano.

Subimos las escaleras para llegar al Balcón de Europa y no me corto al apreciar el vaivén de las caderas de mi compañera de clase. No me importaría que volviese a tropezarse ahora mismo y agarrarla por…

—Elio —me regaña en un susurro enfadado Mateo.

—¿Qué pasa? —replico en el mismo tono.

—¿En serio te lo tengo que decir?

—Solo miraba.

—No es muy educado mirar ciertas… partes de una chica.

—Oh, venga, como que tú no le has mirado las tetas a Julia —lo acuso. Él tartamudea, pillado.

—Yo no…

—¿Piensas que ella no se ha quedado embobada mirándote los antebrazos o los pectorales?

—¿Ella me ha mirado así?

Mierda. Soy un bocazas. Recuerda el plan, Elio: separar a Julia y Mateo.

—Lo que quiero decir es que es normal apreciar los atributos de la gente. Eso no quiere decir nada.

—¿Nada?

—Nada de nada. Es solo la naturaleza.

Sigue siendo demasiado inocentón este hermano mío, así que lo aprovecho para aproximarme a Julia y esta vez ser yo quien hace de guía.

—¿Habíais estado antes?

—Sí —responde ella—. Fue el último verano justo antes de que nuestros padres se divorciaran.

—Oh… —contesto.

—Tranquilo, no fue algo traumático. Ambos siguen queriéndose muchísimo, aunque ya no están enamorados.

—¿En serio?

—Sí. Jimena y yo hemos tenido mucha suerte, sabemos de divorcios que destrozan a los hijos, pero nuestros padres nos priorizaron.

—Eso… Eso es muy bonito —reconozco con una medio sonrisa.

—Creo que, sobre todo, lo hicieron por Jimena. Ahí donde la ves, siempre tan dura, tan contestona… mi hermana tiene un corazón muy blandito.

—Cualquiera lo diría —murmuro con un tono juguetón. Julia me escucha.

—Es su mecanismo de defensa, pero no le digas que te lo he contado —dice ella con un guiño.

Se aleja y asoma por la barandilla. Julia, tal y como me pasa con su hermana, me confunde. ¿De verdad esta es ella o solo es un papel para conquistar a mi hermano? No puedo evitar compararla con Cintia, porque ella… Cintia llegó a ser casi como una hermana para mí y luego… luego nos hizo aquella jugada. Nunca se me va a olvidar esos ojos vacíos cuando dejó a Mateo, cuando le dijo que se casaba y que no la buscase más. Y a él, de rodillas, suplicando que ella se quedara a su lado.

—Jimena, ¿por qué no volvemos a tomarnos una foto en el mismo sitio de cuando éramos pequeñas? —sugiere Julia.

Su hermana le responde poniendo los ojos en blanco.

—Estoy cansada de tanta foto.

—Solo una más, por favor. Así se la podremos enviar a mamá.

Con eso la convence y la pelirroja se pone junto a ella. Posan con el viento moviendo sus melenas y terminan sonriéndose la una a la otra. Julia se acerca a Mateo para ver cómo han quedado las instantáneas y Jimena se gira para ver el mar.

Su rostro se transforma de inmediato. No hay líneas en su siempre arrugado ceño por la mala leche y las comisuras de su boca se alzan felices por lo que contempla. Los últimos rayos del sol perfilan su silueta y, antes de que me dé cuenta de lo que hago, he sacado el móvil y le he hecho un par de fotos.

—Eh, madrileña —la llamo. Sus ojos se fijan en mí y hago la última.

—Borra eso.

Una mueca de enfado conquista su cara y en un par de zancadas se pone frente a mí.

—¿No quieres verla antes?

—No.

Suspiro y, pese a su negación, se la muestro. Abre mucho los ojos al verse en la pantalla.

—¿Me has puesto un filtro?

—¿Qué?

—Que si la foto… —Apoya sus manos en las mías y se inclina para ver mejor—. ¿No lleva un filtro?

—No te hace falta.

Eleva la mirada y sus ojos castaños se vuelven miel. Sus manos aprietan aún más las mías y nos quedamos muy callados. Desvío la atención a sus labios, entreabiertos, que me tientan y sé que esta noche me van a perseguir en sueños. Ahora no sé hasta qué punto he hecho bien en dejarla caer en la cueva o debería haberla besado.

—¿Os apetece ir a cenar ya, chicos? —pregunta mi hermano apoyando una mano sobre mi hombro.

Nos separamos y veo cómo Jimena no para de toquetearse el pelo una y otra vez.

—Claro —contesto y me veo obligado a carraspear un par de veces.

Le lanzo una última mirada a la pelirroja. Mi corazón se salta tres latidos y luego comienza a cabalgar en mi pecho como un potro desbocado.

 


—¿Pero qué cojones? —chillo al verlo.

—¡Silencio! —me regaña una voz a mis espaldas.

Lo mato. Lo asesino. Lo descuartizo y se lo echo de comer a los peces. ¿Cómo ha subido esta foto en su maldito perfil de Instagram?

Vale que, como estoy de espaldas, no se me reconoce, nadie va a saber que soy yo, ¡pero yo lo sé! ¡Y me ha subido a su perfil! Maldito Luque.

Si lo analizo con ojo objetivo, la foto es una pasada y eso que está sacada con le móvil. Pero puede reconocerse que es obra de Elio, tanto por el ángulo en la que se ha captado, como por el detalle de la composición en el que mi cuerpo ocupa casi toda la parte derecha del encuadre y deja la izquierda al mar, las rocas y la bandada de pájaros.

Pero… ¡joder! Que ahora hay una foto mía en su feed.

—Lo mato. Lo asesino. Lo descuartizo…

—Espero que eso no sea para mí.

Me volteo para descubrir que tengo detrás de mí a Ginés. Parece que eso de encontrarnos en la biblioteca empieza a ser la tónica habitual.

—No, no es… —cierro el portátil corriendo, pero creo que él ya ha visto el perfil de quién estaba curioseando—. Olvídalo. ¿Qué tal? ¿Necesitabas algo?

—Es solo que te he visto y… quería disculparme por lo que pasó el otro día. Me marché por segunda vez sin darte explicaciones y creo que te las debo.

—¿Explicaciones?

—Sobre lo que dije de Elio.

Intento no hacerme la sorprendida, pero fallo estrepitosamente.

—Oh…

Gran respuesta, Jimena.

—¿Te parece si te invito a un café y te lo cuento? No me gustaría dejarte en la oscuridad con él.

Sé que lo dice de manera figurativa, pero mi mente recuerda el portal y la cueva. Las manos de Luque sobre mi cuerpo, su calor, su cercanía, sus labios… sus jugosos labios y la forma en la que pasó la lengua por ellos.

—¿Jimena? —He debido de quedarme demasiado tiempo en silencio.

—Ginés, es que se suponía que iba a ayudar a mi padre hoy. No sé si…

Él empieza a asentir y se mete las manos en los bolsillos. Sé que le prometí a papá ir con él esta tarde a la asociación del barrio, pero… ¿de verdad voy a dejar pasar la oportunidad de que Ginés me cuente lo que le ocurrió con Elio y por qué piensa que es un peligro?

lunes, 28 de marzo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 10. Peligro

 


Podría mentir y decir que esta semana no ha sido una montaña rusa, pero mentiría. Desde que el lunes lo vi aparecer por la puerta, cada minuto que he pasado sentada delante de él ha sido una pequeña tortura. Parte de la culpa la tiene su maldita colonia, esos toques tan potentes de bergamota y vainilla que combinan notas amaderadas y que me hacen pensar en una noche de adrenalina corriendo por las calles de Málaga cogida de su mano.

Sé que el picor de mi nuca lo produce su mirada clavada en mi cuello descubierto, y yo solo puedo pensar en que el fin de semana pasado estuvimos a punto de besarnos. Y en él de rodillas pasándome las llaves.

Algo me da en la espalda, decido ignorarlo, pero dos minutos después, ahí vuelve a estar el roce. Al tercero, me giro. Él solo me observa.

—¿Puedes dejar de darme golpecitos? —me quejo entre dientes.

—Ha sido solo una caricia —se defiende.

—Me da igual lo que sea, pégate más el cuaderno.

Nos sostenemos la mirada y, por mucho que intento mantener los ojos en los suyos, me traiciono a mí misma y bajo a sus labios. ¿Pero qué me pasa? Lo del otro día solo fue un maldito momento de confusión por culpa de las emociones de la noche y de aquel maldito subidón de adrenalina. Un subidón de soberana estupidez al casi perder los papeles y besar a este tipo arrogante.

Sus labios se tensan en una sonrisa triunfante y yo regreso la vista una última vez a sus ojos antes de ignorarlo. Lleva así toda la condenada semana. Tocándome las narices para hacerme saltar y yo soy demasiado reactiva como para no caer en su trampa.

Cierro los ojos y suspiro. Me está costando mucho concentrarme en lo que dice Doña Claudia. La verdad es que mi relación con la profesora no ha ido a mejor, porque al contrario de lo que hace el resto de mis compañeros con su ver, oír y callar, yo no me corto y rebato.

Reconecto con su discurso en un instante en el que, con voz insolente, recalca la necesidad de separar la obra del autor y de apreciar de manera objetiva el arte que se reproduce.

—Pero eso sería de ignorantes —comento interrumpiéndola.

Doña Claudia aprieta los dientes y veo cómo las aletas de su nariz se abren y tensan.

—Señorita Miró…

—Lo que quiero decir es que es vital conocer la vida de alguien que dedica su vida al arte para poder entender lo que produce.

—No está teniendo en cuenta que muchos autores lo hacen por necesidad y mandato.

—Con más razón —sigo insistiendo en mi teoría—. ¿Por qué alguien se ve obligado a crear por otro? ¿Qué impulsa a un artista a encontrar las musas y los musos? ¿Qué parte de su vida deja en una obra? ¿A quién dedica…?

—Señorita Miró, si quiere cotilleos sobre la gente que escribió la poesía del siglo XX en este país se ha equivocado de carrera. Eso se lo dejamos a los de periodismo.

Frunzo el ceño, enfurecida por su corta entendedera.

—No son cotilleos. Es entender que, si el contexto histórico es fundamental en la creación, como bien nos ha explicado, el personal lo es aún más. Por ejemplo, no se puede desdeñar que la homosexualidad de Federico García Lorca fue clave en su vida y en su obra, en su capacidad para extraer de dentro todo lo que la sociedad le obligaba a ocultar. Si…

—¿Me está diciendo que el genio de Lorca se debe a su homosexualidad? —replica ella con una carcajada hueca. ¿Cómo puede alguien tan iletrada ser maestra?

—Ni mucho menos. Pero sí que se debe entender que la situación del autor con su sexualidad le hizo enfrentarse al arte como su refugio, como su vía de escape. Igual que ha pasado con otros autores o autoras que no encajaban dentro de la norma. Es a través de su imaginación y creación que han podido ser libres.

Los murmullos empiezan a hacerse cada vez más notorios en la clase y sé que estoy jugando con fuego. Doña Claudia cruza los brazos delante del pecho y me contempla entrecerrando los ojos.

—Jimena tiene razón —me apoya Emma, cuya cara veo que está roja al girarme—. No solo eso, sino que podríamos haber disfrutado mucho más de él si no hubiese sido asesinado justo por su orientación sexual.

—También es innegable el hecho de que su obra se nutrió de la de Dalí y la del artista catalán de la de Lorca, fue su relación la que…

—Señor Luque, eso son solo conjeturas. No hay pruebas de que ambos estuviesen en ningún tipo de relación afectiva —contradice nuestra profesora.

Doy la espalda a la profesora para contemplar a Elio que, con una mueca de fastidio, no se deja callar por la profesora. Hecho que debo admitir, me hace elevar las comisuras de mi boca. En especial cuando sigue batallando contra ella.

—No, porque la historia tiende a calificar toda relación no heterosexual como una profunda amistad —contesta él con fastidio—. Se invisibiliza a…

—Miren, se acabó. No pienso permitir que transformen mi clase de poesía en un debate sobre el género. Si eso es lo que buscan, este no es el sitio.

No da tiempo a más, porque el timbre suena y la clase acaba. Eso no impide que nuestra profesora nos lance una última mirada reprobatoria a todos.

—Jimena, ¿te vienes? —me pregunta Lola. Estoy a mitad de guardar todo en mi mochila—. Emma y yo vamos a ir a una cafetería que han abierto nueva a las afueras del campus.

—Esta mañana me he pasado por delante y tenían unos bollitos de canela que tenían una pinta increíble —anima Emma.

—Primero tengo que pasarme por la biblioteca para pillar un libro para el trabajo que nos ha mandado Doña Claudia. El otro día se me pasó cogerlo y me va a pillar el toro.

—Yo aún ni lo he empezado, pero eso es problema de la Lola del futuro.

—Lola…

—¿Qué? Ya sé que tú lo hiciste hace una semana. No todas somos tan eficaces y perfectas como tú, querida Emmita.

Mi compañera se ríe, pero veo que está orgullosa con las palabras que le ha dedicado su amiga. Emma es, de verdad, una chica increíblemente trabajadora. Lleva todo al día con una asombrosa facilidad.

—Te vemos en la cafetería. Ahora te mando la ubicación —me dice mi compañera agitando su corta melena negra.

—No tardes o me comeré todo lo que pidamos —advierte Lola.

Me adelanto y con paso ligero llego hasta la biblioteca. Empieza a notarse una mayor afluencia de alumnos, lo que me obliga a toparme con varios de ellos en mi subida por las escaleras e incluso a chocar con un par.

Ahora que ya he pasado más tardes aquí encerrada, se me hace más fácil saber dónde está cada cosa, aunque sigue siendo toda una aventura la de localizar algunos de los volúmenes.

—La chica que no responde a mis mensajes.

Ginés me sorprende ojeando un par de libros en la sección de poesía.

—El chico que me dejó plantada cuando llegó la policía —lo acuso cuando me recupero de su interrupción.

Sus hombros caen y veo que se avergüenza de lo que pasó el otro día.

—Si hubieses visto mis mensajes, sabrías que te preguntaba dónde estabas y si estabas bien. He intentado dar contigo, pero me has ignorado.

No he estado huyendo de él, lo he hecho de Luque, pero supongo que al final me he hecho ilocalizable para todo el mundo.

—Ya… —digo seca.

—Siento muchísimo lo que pasó en el botellón. Mis amigos me agarraron y para cuando quise darme cuenta estábamos tan lejos que me impidieron volver a por ti. Pero, por lo que veo, lograste escapar de los polis.

—Me crucé con Luque y fue él quien me ayudó —respondo ardida—. También me acompañó a casa. Si no llega a ser por él, ahora mismo tendría una multa a mi nombre.

Su mueca se transforma y veo cómo su rostro se congela. Es un cóctel de emociones que me cuesta descifrar.

—¿Luque? ¿Elio Luque? —pronuncia su nombre bajito, como si fuese un secreto. Eso solo hace que mi curiosidad aumente y que la conversación que tuve con las chicas en la playa vuelva a mí.

—Sí. —Los ojos de Ginés se vuelven tormentosos, adoptan un gris oscuro y su sonrisa se apaga—. ¿Te acompañó a casa?

—Sí. Fue… —me quiero resistir, pero al final lo admito—. Fue bastante amable.

—Jimena…

—¿Qué?

—Ya te dije que no me gusta hablar mal de la gente.

—¿Pero?

—Pero debes tener cuidado con Elio.

—Si no me dices lo que pasa, si me mantienes en las sombras…

—Tú solo aléjate de él.

Se entristece y muestra abatido.

—Pero...

—Solo hazme caso. Elio puede llegar a ser peligroso.

—¿Peligroso? —cuestiono con una risilla.

Nunca me ha dado esa sensación. Sí, me saca de mis casillas y es un estúpido creído, pero… ¿peligroso?

—Será mejor que me marche. —Le entran las prisas y se aleja de mí—. Aunque ha sido un placer ver que estabas bien.

—Espera, Ginés, dime…

Mis palabras no reciben respuesta. Él sigue su camino y me quedo inquieta, con una mala sensación en el cuerpo. ¿De verdad debo tener cuidado con Elio?

 

***

 

—Te juro que no entiendo por qué habéis decidido esta especie de doble cita —me quejo a mi hermana.

Estamos andando de camino al punto de encuentro con su medio novio y… su hermano.

—Venga, Mena, será divertido.

—Es que necesito que me expliquéis por qué nos queréis a nosotros en medio. Habéis tenido otras citas.

—No son citas —reclama Julia—. Son quedadas.

—¿Aún no os habéis besado? —Su silencio me lo dice todo—. Julia…

Vaya par están hechos. De hoy no pasa que se besen. Pienso asegurarme de ello.

—¡Ahí está! —dice feliz.

A lo lejos puedo comprobar que el chico que recogió a mi hermana el otro día agita la mano. Una vez a su altura, Julia nos presenta.

—Mateo, esta es mi hermana, Jimena.

—Encantado.

Me da un par de besos y me cercioro de que mi vista el otro día no me traicionó, es realmente guapo.

—¿Y tu hermano? —pregunta Julia.

—Está en la tienda comprando unas botellas de agua para todos.

Me volteo para ver en ese mismo instante a Luque salir cargado con cuatro botellitas entre sus manos.

—Ni de puta coña.

—¡Mena! —me riñe mi hermana.

—No me jodas.

—¡Elio! —lo regaña su hermano.

—¿Eres el hermano?

—¿Y tú la hermana?

—Un momento… ¿os conocéis? —inquiere Mateo.

—Es la madrileña.

—¿La que te tiró el café encima?

—¿Le tiraste un café encima? —reclama Julia, apurada.

—Se me cayó —me defiendo.

Se hace el silencio. El más incómodo que he vivido en mi vida. ¿Voy a tener que pasar todo el día con Luque? No…

¡NO!

No llevo toda la semana huyendo para ahora irme de excursión con él.

—Bueno… ¿Qué os parece si…?

Estar con este tío es lo que menos quiero en el mundo, pero cuando observo la cara de desconsuelo de Julia, aparco mi animadversión a un lado. Todo por ella.

—¿Montamos en el coche? —propongo.

—Claro —anima Elio. El centelleo que veo en sus ojos me pone en guardia.

Nos subimos al vehículo y dejamos que la música de la radio llene el espacio. Los diez primeros minutos seguimos callados. Elio me lanza miraditas cada dos por tres, sin embargo, yo me centro en Mateo y Julia.

Intercambian un par de comentarios sobre la última canción de moda y sus dedos se rozan ligeramente al ir los dos a subir el volumen.

—Mateo, cambia de canción, esta es horrible.

—A mí me gusta —peleo con Luque.

—Es una canción estúpida.

—Entonces debería gustarte.

—Podemos poner otra —se ofrece mi hermana, que aprovecha para girarse y lanzarme una advertencia.

Poco a poco la tensión disminuye en el coche, aunque me percato de lo criticón que es Elio con todo lo que dice Julia. ¿Qué demonios le pasa? Entre nosotros las cosas pueden ser tirantes, pero Julia es un sol.

Tras la casi hora que pasamos en el vehículo, estirar las piernas en Frigiliana me llena de energía y me aleja del enfado que Luque ha ido gestando en mi interior con sus desplantes.

—Este sitio es precioso. Parece de cuento —comenta mi hermana en voz alta.

—Hemos tenido suerte y el día está despejado.

Mateo le sonríe y los veo compartir un momento de intimidad, que es interrumpido por Elio.

—¿Nos movemos o qué? —Pasa por el lado de su hermano y lo empuja.

Tengo que resistirme para no embestirle yo y tirarlo cuesta abajo.

—Venga, chicas, os enseñaremos la perla de la Axarquía —nos anima Mateo.

Es así como comienzan nuestras andanzas por la ciudad. Es un sitio alucinante con sus fachadas en blanco, la forja y la cerámica. En donde la gente pasea por sus empinadas pendientes y la piedra del suelo te hace estar atento a tus pasos. Se respira paz, y el fresco de finales de octubre juega con mi pelo al pasar por sus callejones.

—Con tantas macetas y tiestos me doy cuenta de que esto tiene que ser precioso en primavera y verano —apunta mi hermana.

—Volveremos para entonces y verás todos los colores que esconden sus flores.

Elio pone mala cara y está tan pendiente de la pareja que está a punto de chocar con un señor que pinta un lienzo en mitad de la calle, aprovechando la luz y el magnífico paisaje que lo acompaña.

Lo primero que vemos es la Fuente de las Tres Culturas, escondida en un pequeño callejón y me sorprendo al ver todo lo que Mateo sabe sobre la historia de Málaga y su mezcla musulmana, judía y cristiana.

Siguiendo con el agua, aparecemos en la Plaza de la Fuente Vieja. Se trata de una de las más populares de Frigiliana. Y el hermano de Elio nos relata encantado que se cree que es la fuente más antigua de la población y que fue mandada a construir en 1640 por Don Iñigo Manrique de Lara, quinto Señor de Frigiliana y Primer Conde de la ciudad, para abastecer a la población y al ganado.

Luque pulula a nuestro alrededor. Lo veo beber constantemente agua de su botella, suspirar y apoyarse contra toda pared que puede. Como si la vida le pesase. Hasta bosteza en más de una ocasión y me pregunto si no podría haberse quedado en casa cuando solo está incordiando.

Mateo nos hace fotos tanto a Julia como a mí, aunque yo siempre me he puesto demasiado nerviosa frente a los objetivos y me encuentro muy cohibida frente a su enorme objetivo.

Es el único escenario en el que ella está más cómoda que yo.

—Con esa cara va a romperte la lente, deja de hacerle fotos.

—Elio, no digas esas cosas de Jimena. No seas grosero —lo increpa su hermano.

—Maldito seas… —musito.

Sé que el me escucha, aunque no responde, solo sonríe de medio lado con superioridad. Le metería la cabeza en la fuente y…

—Sigamos, chicas.

La interrupción de Mateo me obliga a volver al presente y a dejar mis instintos homicidas aparcados. La visita resulta muy estimulante y los numerosos miradores, plazas y rincones de la ciudad nos acogen con sus brazos abiertos. Es un sitio maravilloso.

Y de tanto andar, terminamos haciendo una pequeña parada para un tentempié cerca de la Plaza de las Tres Culturas, que nos ofrece unas vistas espectaculares entre las montañas.

—Mateo, ¿cuántos años llevas haciendo fotos? —pregunto con genuino interés.

—Desde los trece años con cámaras profesionales —me cuenta entusiasmado—. La verdad es que es algo que disfruto mucho. Fue mi madre la que me regaló la primera cámara y desde entonces no he podido soltarlas.

—Julia me enseñó algunas de las instantáneas que hiciste en la Cala de Mijas y me quedé impresionada.

—Sí, es que a Jimena le gusta mucho la fotografía. ¿Verdad? —me pincha Luque haciendo referencia al puñetero me gusta de su Instagram.

—Lo cierto es que sí —contesto con una falsa sonrisa y dándole un fuerte golpe en el brazo—. Además, Mateo tiene talento.

Elio se me queda mirando con los ojos entornados, desconfiado.

—Cuando quieras puedo enseñarte cosas sobre la fotografía —se ofrece él, encantado con mis cumplidos y a la vez humilde—. Es un arte complejo, pero muy complaciente con quien sabe ver el segundo en el que debe pulsar el obturador.

Volvemos a coger el coche, recorremos las carreteras con expectación y terminamos aparcando en el parking de las Cuevas de Nerja. Pillamos las entradas tras esperar una larga cola y eso que no es temporada alta, pero une vez estamos dentro, lo entiendo.

—Este sitio es alucinante.

Giro sobre mí misma y me dejo maravillar por la cueva. Siempre que pienso en Nerja el mar es lo primero que acude a mi mente, pero toda ciudad tiene sus secretos y este, sin dudas, lo es.

—Tiene un encanto especial —confirma Mateo—. Eso sí, tened cuidado, el suelo resbala.

—Es como otro mundo —comenta Julia, tan fascinada como yo.

Observo cómo Mateo le ofrece la mano a Julia para bajar por un tramo de escaleras y me percato de cómo Elio no pierde el tiempo para acercarse a ellos y así interrumpir el instante entre ambos pidiéndole ayuda a su hermano con la mochila. Lo que ocasiona que Mateo la suelte.

Chasco la lengua. Aunque me alegra ver que nada más terminar de ayudarlo, él vuelve al lado de Julia. En el siguiente tramo de escaleras es el propio Elio quien se ofrece para ayudar a mi hermana y decido pegarme a él.

—Este sitio es más grande de lo que pensaba —comento como quien no quiere la cosa. Luque rueda los ojos.

Mateo comienza a sacar fotos de Julia. Leo las intenciones en el rostro de Elio. Va a intentar interrumpirlos.

¿Debería ralentizar a Luque yo misma o advertir a alguno de los guardias de la cueva de que está haciendo algo para que se lo lleven (por supuesto de la manera más inocente y disimulada del mundo…)?