martes, 25 de octubre de 2022

Complejo de Mr. Darcy

 

Tengo complejo de Mr. Darcy. No, no es que sea un joven adinerado que piensa que todo el mundo a mi alrededor goza de una inferioridad nata y de que solo unos pocos logran cruzar la línea de la perfección.


Tengo complejo de Mr. Darcy porque las palabras se me atascan en la punta de la lengua cuando más deben salir. Porque preferiría describirte en cien mil palabras todo el dolor que alguien me ha causado a simplemente decirte: “Le quise, y a él le dio miedo”. Porque, pese a que la mayor parte de personas se quedan con su frialdad, con la manera en la que desprecia al resto, Mr. Darcy siempre me cautivó porque lo entendí.

Tengo complejo de Mr. Darcy porque me he visto reflejada en todos sus defectos.

Sí, defectos.

Relee “Orgullo y prejuicio” si lo necesitas para darte cuenta de que Mr. Darcy era más como un gato asustadizo, asocial, al que le disgustaban los ambientes plagados de personas falsas, que sufrió por ver a su hermana pequeña con el corazón roto; pero que aun así, fue lo suficientemente misericordioso como para no buscar venganza, sino solo buscar proteger a su familia.

El hombre que, pese a que el resto pensaba que tenía y podría tenerlo todo, lo único que buscaba era esa otra fuerza capaz de contrarrestar su miedo. Alguien capaz de atravesar la coraza y de demostrarle que no todos a su alrededor son meras marionetas que se dejan guiar por el estatus y el dinero. Eso fue para él Lizzy.

“Orgullo y prejuicio” no es la historia de cómo una joven pone en su lugar a un aristócrata rico y prejuicioso, ¡NO! (bueno, un poquito sí…). Esta novela de Jane Austen tiene muchas más capas y una de ellas, una de las que más rabia me da que pase desapercibida, es la inseguridad, la soledad y el miedo de Mr. Darcy.

No, el señor de Pemberly no es perfecto, es una persona aterrada, incapaz de comunicarse con la única persona con la que de verdad quiere hacerlo, celosa del resto y dispuesto a hacer lo correcto sin ser laureado. Ese es el Mr. Darcy del que caí prendida aquella vez que leí por primera vez la novela y del que me enamoro cada vez que la releo.

Tengo complejo de Mr. Darcy porque yo también me siento la “rarita” de la fiesta, yo también siento que puedo llegar a ser más carga que diversión, yo también prefiero encerrarme en mi casa a estar en una sala rodeada de gente y aguantar las miradas, yo también escribiría diez mil folios a la persona que quiero antes que decírselo a viva voz porque hay ocasiones en las que mi lengua se enreda y la única manera en la que puedo expresarme es mediante la escritura.

Por eso, soy más Darcy que Lizzy, más de quedarme prendada de tu mirada y luego pensar en que te tendría que haber dicho que he visto las estrellas en la oscuridad de tu pupila, en que el mar tiene envidia al azul de tus ojos y en que esa medio sonrisa que me regalas cuando estás nervioso es como ver una supernova; pero nunca lo hago, aunque tengo un cuaderno lleno de todas las palabras que no te he dicho a la cara, pero en las que no puedo dejar de pensar.

Palabras.

Curioso cómo decir “te quiero” sin decir “te quiero” puede ser mucho más fácil cuando comparas a alguien con la naturaleza.

P.D: a lo mejor ha llegado el momento de releer una vez más a mi rarito social aristócrata favorito.


martes, 18 de octubre de 2022

Distancia Focal: 28. Futuros

 


Arranco la marcha con Gaia pegada a mis talones, pero antes de que pueda alejarme mucho, me choco contra un cuerpo.

—Perdone, no lo he vis…

Me quedo petrificada al ver que se trata de Luque. Lo peor de todo es que sigo pegada a él y cuando el olor de su colonia llega a mis fosas nasales lo recibo con ganas, inspirando con profundidad.

Los ojos de Elio me contemplan con diversión y su sonrisa me hechiza. Recorro con la mirada la forma de sus labios y recuerdo con tedioso detalle lo suaves que son y lo que es sentirlos contra mi boca.

—Hostia, Jimena, me he comido tu gorro. ¿Se puede saber por qué has pegado ese frenazo? —protesta Gaia, sacándome de mi ensimismamiento—. Oh, hola —dice al ver a Luque—. Perdona a mi amiga, hace unos días tuvo un accidente y se ha quedado un poco más boba de lo que suele ser.

Da un paso hacia delante y adopta una pose sensual y estudiada.

—Lo sé, me salvó de un buen golpetazo —responde él.

Gaia ahoga un chillido de emoción.

—No puede ser, ¿tú eres el capullo?

—¿El capu… llo? —repite él con cuidado dirigiéndome un vistazo que me hace toser.

—Joder, sí que estás bueno, sí. Ahora entiendo muchas cosas.

—¡Gaia! —la reprendo.

La escena debe ser divertidísima para el chico porque atrapa su labio inferior con los dientes para no soltar una carcajada. Maldición. ¡Que pare de hacer cosas con la boca!

—Así que la pelirroja te ha hablado de mí —trata de sonsacarle.

—Eres un tema recurrente en nuestras conversaciones, principalmente te insulta, pero…

—¡Basta! —la corto. Inclino la cabeza hacia el lateral y trato de ver si Emma sigue en el mismo punto que antes con su acompañante. No obstante, ya no hay nadie, los hemos perdido—. Estupendo, ya no están.

Elio gira sobre sus talones y trata de echar un vistazo entre la marabunta de gente.

—¿Quién?

—Una de sus amigas de la universidad que parece que tiene un novio secreto —le suelta Gaia como si nada.

—Joder, G, como para contarte secretos de estado.

—Eh, si no se dice el nombre del pecador, no pasa nada. Él no puede saber de quién estoy hablando.

—Teniendo en cuenta que Lola es lesbiana, estabais espiando a Emma —confirma él.

—Espera, ¿qué? —respondo extrañada—. ¿Lola es lesbiana?

—Claro —dice él—. A ver, tampoco es que tenga que ir anunciándolo a bombo y platillo, tú no vas gritando tu orientación sexual, ¿no? Ay, madrileña, qué feo pensar que todo el mundo debe ser ABC sí o sí.

—¿Qué? No es eso, es solo que… —Trato de buscar las palabras, pero al no encontrarlas, simplemente lo ataco—. ¿Se puede saber qué haces aquí?

—Tomarme una cerveza con mis amigos.

En ese instante Alex aparece por detrás de Elio.

—Madre mía con Málaga… —susurra Gaia a mis espaldas—. ¿Qué le dan a esta gente de comer para que estén todos tan buenos?

—G, por favor… —murmullo como respuesta.

—¿Se puede saber dónde estabas? Dices que vas a por otra ronda y desapareces, pensábamos que… Ah, Jimena —replica al verme.

El chico le lanza una mirada interrogativa a Luque.

—Estaba en la barra, pero me ha parecido ver a Jimena y…

Luque se queda callado y aprovecho la ocasión.

—Así que has salido al ver que estaba aquí —lo reto.

Sé que Alex y Gaia no nos quitan el ojo de encima, bueno puede que mi amiga de vez en cuando lo desvíe hacia el hermano de Ainara, pero tenemos su atención y soy muy consciente de esta especie de tensión que se acrecienta segundo a segundo que paso pegada a Luque; porque esa es otra, no nos hemos separado ni un milímetro desde que me he chocado con él, permanecemos a apenas unos veinte centímetros el uno del otro.

—Tampoco es que haya salido por ti, es solo que me ha parecido verte y después de… —Elio duda y mira de soslayo a nuestros dos espectadores—. Después de no verte durante estos días solo quería ver qué tal te encontrabas.

Mis pulsaciones se aceleran y noto mi boca seca. Él baja la mirada hacia mi mano. Es la única parte que puede verse con la escayola.

—Estoy perfectamente —contesto tirante.

—¡Serás mentirosa! Lleva desde que yo he llegado con insomnio y cada dos por tres se está intentando arrancar trocitos de yeso. Es una pésima enferma —se chiva mi mejor amiga.

—¿Insomnio? ¿Tanto te duele? —Elio arruga la frente e inclina la cabeza en un intento por vislumbrar en mi rostro ese malestar.

—El insomnio no es por el brazo, es por Julia —digo en dirección a Gaia, ignorando la preocupación de Luque.

—¿Julia? ¿Le ha pasado algo a tu hermana?

—¿Ahora te preocupas por ella? Si siempre que la tienes delante eres un borde y un seco —le recrimino. Él aprieta la mandíbula.

Alex y Gaia dan un pequeño paso hacia atrás.

—Eso no es verdad, las dos últimas veces que la he visto, tanto en el hospital como en la asociación he sido amable —se defiende él, que cruza los brazos sobre el pecho.

—Oh, sí, una interacción de menos de cinco minutos en la que has conseguido no soltarle alguna bordería. —Aprieto los ojos y se lo suelto sin muchos miramientos—. Mi hermana se ha ido a Londres con mi madre.

—¿Cómo? —inquiere confundido.

—Que se ha ido a Londres, que no está en España ni va a estarlo en una temporada.

El cóctel de emociones que refleja su rostro me hace analizarlo con detenimiento. Creo ver la sorpresa, la culpa y, por último, la calma, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Aprovecho que una señora pasa por nuestro lado para alejarme de él, su última reacción me ha puesto de mal humor, aunque no entiendo por qué.

—¿Se puede saber qué hacéis aquí fuera? Nos habéis dejado a Ainara y a mí plantados como un par de gilipollas dentro. Anda, Jimena, hola.

Aparecen Biel y Ainara. El catalán se centra en Elio, mientras que Ainara se comunica con su hermano a través de miradas.

—Bueno, yo soy Gaia.

Ni corta ni perezosa, decide que es el momento para dar dos besos a todo el mundo, aunque no se me escapa que con Alex es mucho más lenta y apoya sus labios por entero en las mejillas del chico.

—Encantada —contesta Ainara, que sonríe al ver el desparpajo de mi amiga.

—Entonces, ¿qué hacéis en mitad de la calle? —insiste Biel.

—Resulta que Elio ha salido para ver cómo está Jimena —explica Alex. El tono en su voz me alerta de algo y entre los cuatro amigos juegan a intercambiar gestos y miradas.

—Ah, ya veo. —El rubio sonríe con superioridad y apoya una de sus manos en el hombro de su amigo—. Ahora que lo pienso, Elio, no has tenido ningún detalle con Jimena después de que te salvase de ser aplastado por el puesto del mercadillo.

—Tanto como morir aplastado no creo que…

—Sí, Jimena, pudo morir aplastado y tú lo salvaste. Te debe una muy gorda, ¿qué te parece si te invitamos a cenar?

—Uy, eso suena estupendo —responde Gaia, dándose por incluida en el plan.

—No hace falta, además nosotras teníamos pensado cenar en cualquier sitio por ahí mientras le enseño a G la ciudad.

—Pues con más razón, ¿qué mejor que un grupo de auténticos malagueños enseñándoos esto?

—Tú eres catalán —apunta Ainara.

—Criado aquí, te recuerdo. Lo mejor de los dos mundos, catalán y andaluz.

—Bueno, ¿a dónde nos vais a llevar? —replica Gaia.

 

***

 

Es acojonante que hayamos terminado todos en uno de nuestros sitios favoritos comiendo raciones y bebiendo cerveza como si no hubiese un mañana, bueno, todos menos Jimena, que como está con la medicación a causa de la fisura, prefiere pasar del alcohol.

—Esta chica es alucinante, sería capaz de hacerse amiga hasta de una piedra —la escucho murmurar para su cuello.

Se refiere a su amiga Gaia que ha hecho muy buenas migas con Alex, Ainara y Biel y entre los tres no paran de hacer juegos con la comida y bebida.

—Bueno, está disfrutando de la calidez malagueña.

—Sí, la misma que a ti te faltó la primera vez que nos vimos.

Como estamos sentados uno al lado del otro, al voltear su rostro hacia mí su nariz roza la mía con ímpetu. Me río, pero no me aparto, es ella quien pone distancia.

—Sigo manteniendo que fue tu culpa.

—Oh, sí, claro. Todo es mi culpa.

—La mayor parte de las veces —rebato—. No he sido yo quien ha tomado la delantera con los besos. Si no recuerdo mal, van tres y en ellos has dado tú el paso.

El rubor que tiñe por entero su cara me enternece. Puede que el alcohol me haga aún más lanzado de lo que ya de por sí soy.

—Oh, por favor… no han sido, no han sido tres.

—La playa con su placaje, el hospital y el almacén —enumero seguro.

Observo cómo traga saliva.

—Los dos primeros no cuentan y lo que pasó en el almacén fue… Yo… Es que… —trata de explicarse, pero percibo cómo su cuerpo se inclina hacia delante cuando la sonrío y sé que a Jimena le gusto. No se trata de ser un creído, es que es evidente. Lo que no soy es idiota y sé muy bien cuando a una chica le parezco atractivo y a ella le pasa.

Jimena parpadea despacio. El castaño de sus ojos es un fino círculo, sus pupilas están tan dilatadas que puedo verme en ellas.

—Que no puedes resistirte a mis encantos, lo sé, les pasa a todas.

—Odio que hagas eso.

—¿El qué?

—Que todo te lo lleves a eso.

—¿A la atracción que claramente sientes por mí?

Sé que he cruzado la raya y su gemido de fastidio lo corrobora.

—Voy a salir a tomar un poco el aire.

Me arrepiento automáticamente de lo que he dicho. Soy idiota. Ella sale fuera y cinco segundos más tarde, yo voy detrás.

—Jimena, espera —la llamo.

—¿No puedo tener cinco minutos sin tu ego llenándolo todo a mi alrededor? —me ataca sin piedad.

—Vale, a lo mejor me paso de capullo a veces. Aparentemente muchas si es por lo que me conoce Gaia.

—Y por lo que se comenta de ti… —murmura.

—¿Lo que se comenta? ¿Quién comenta sobre mí? —El pinchazo en el pecho me hace sospechar, aunque no digo su nombre.

—Nadie, déjalo, tú solito te creas una reputación de diez.

La estoy cagando y me jode mucho, por lo que dejo de lado mi fachada de chulo de mierda y relajo mi postura.

—Lo siento, después de lo que hiciste por mí yo he seguido chinchándote y con esta cena supuestamente iba a darte las gracias y solo he conseguido que te enfades. —Jimena apoya su espalda en la pared y yo decido colocarme a su lado, pero con distancia, no quiero agobiarla más.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a ir de niño bueno? Ambos sabemos que no lo eres.

—Tienes una versión de cómo soy que no se corresponde con la realidad —me defiendo.

—¿No? Venga, Luque, desde que llegué a Málaga has estado yendo a por mí con una tras otra.

—Y tú a por mí. Además, se te olvida que también he estado cuando me has necesitado: la policía, las papeletas…

—Contigo siempre es una de cal y otra de arena.

Son las mismas palabras que dijo en el hospital y, esta vez, me afecta mucho más que aquella tarde.

—Vale, perdón —replico serio.

—¿Por qué?

—Por ser un capullo.

La pelirroja ríe.

—Te encanta ser un capullo.

—No es verdad, la mayor parte del tiempo no lo soy, pero contigo…

—¿Conmigo? —insiste.

—Contigo me sale solo porque… —confieso sin mirarla. Alzo la cabeza hacia el cielo y relajo los hombros—. Disfruto cuando veo ese fuego en tus ojos, ese carácter que tienes es digno de admirar.

Se mantiene callada y yo no tengo los huevos de mirarla, por lo que el silencio se llena con el ruido que se escapa por la ventana y la puerta del restaurante.

—¿Sabes que puedes admirar mi carácter sin sacarme de quicio? Podríamos tener una, aunque sea una, conversación normal.

—Hemos tenido conversaciones normales —digo volteándome para enfrentarla.

—¿En serio? Dime cual.

Trato de pensar en algún momento, pero me quedo en blanco. Mierda.

—Vale, pues tengámosla.

—¿Y sobre qué quieres hablar?

Alza el mentón y apoya el lateral de su cuerpo en la pared.

—¿Por qué estudias filología?

Es lo primero que me sale, pero también debo admitir que me gustaría saber sus razones. Puede parecer una tontería, pero saber los motivos que empujan a una persona a estudiar una cosa u otra, te da mucha información sobre cómo son. Y yo quiero saber cómo es ella.

—¿En serio te interesa?

—Si no me interesara, no lo habría preguntado.

Jimena sigue sin fiarse de mis intenciones y entrecierra mucho los ojos, casi como si estuviese intentando meterse en mi cabeza para ver si lo que le digo es verdad o no.

—Está bien. Me metí en filología porque mi sueño es utilizar el castellano como vehículo para viajar por el mundo.

—Así que viajar.

—Sí, viajar. Pasar temporadas en distintos países enseñando castellano y a la vez aprender el idioma y costumbres locales. De pequeña me obsesioné con las novelas de viajes gracias a que mi hermana me leía a El pirata Garrapata y quería ser como él. Vivir mil aventuras locas e ir de un lado para otro. Luego siguieron otro tipo de novelas sobre viajes y busqué un modo en el que poder unir esas dos cosas: mi amor por nuestro idioma y la posibilidad de encontrar nuevos lugares a través de ella.

—Lo de ser un culo inquieto te viene desde pequeña —la reto.

—Mira quién habló —se defiende. Nos reímos y, si bien es un instante muy distinto a los que he compartido con ella hasta ahora, lo disfruto, joder, lo disfruto mucho—. ¿Y tú? ¿Cómo llegaste a ser un empollón de la filología?

—Gracias a mi madre. De siempre le ha encantado escribir, pero le ha dado mucha vergüenza que otros pudiesen leerla. Me di cuenta de que lo que necesitaba era a alguien que la guiase y eso hice. Al final fue ella quien me convenció para que me metiese en la universidad, empecé a estudiar filología y me di cuenta de que lo que quería hacer era editar libros.

—Vaya, así que quieres que se escuchen las voces del resto —resume ella.

—Dicho así suena demasiado serio e importante —respondo con una risa nerviosa.

—Creo que es lo que debe hacer un buen editor. Encontrar a quienes sean capaces de dar voz al resto.

—Bueno, para mí es algo mucho más simple: compartir una historia. La mayor parte de la gente se olvida de que las cosas más simples son las que nos unen y me gustaría recordárselo.

—¿Las más simples?

—La familia, el dolor, la amistad, la esperanza, el amor… —Nos miramos—. Los sentimientos que a la vez resultan más difíciles de explicar, son los que buscamos página tras página. Queremos saber que no somos los únicos en el mundo que pasamos por ello, que hay alguien a quien también rompieron el corazón o que se siente tan estúpido como nosotros cuando al fin se enamora y tiene ese hormigueo en la punta de los dedos al tocar a la otra persona; o cuando la tiene delante y no puede apartar los ojos de los suyos.

Ya no hay ruidos. No hay gente. He dejado de sentir la pared que me sostiene porque el rostro iluminado de amarillos de Jimena lo es todo. Joder. Me permito dar una bocanada de aire y mi cuerpo se deja caer hacia delante para juntar nuestras cabezas.

Pero, entonces…

lunes, 8 de agosto de 2022

Distancia Focal: 27. Idas y venidas

 

Me toma un par de minutos ser consciente de lo que me está confesando Julia. Se quiere ir. Quiere alejarse. Si bien no deseo que se marche… recordar lo mal que lleva desde que Mateo dejó de quedar con ella y la tristeza que ha bañado su rostro en las últimas semanas, hace que me replantee seriamente qué decirle.

—Si es lo que crees que mejor te va a venir… solo te puedo decir que espero que te lleves mucha ropa de abrigo, ya sabes que allí estos meses de invierno son criminales.

Mi hermana se levanta para abrazarme y dejo que me apriete contra ella con fuerza. Parpadeo rápidamente para evitar que las lágrimas que asoman a mis ojos caigan y trato de controlar la desazón que me consume.

—Eso quiere decir que solo te quedan dos días aquí —digo al separarme.

—Sí. Me marcho en el mismo vuelo que mamá, el que sale el veinticinco por la noche.

Asiento.

—Entonces habrá que lograr que esta noche sea la mejor Nochebuena de la historia y mañana el mejor día de Navidad del siglo.

Sonríe complacida con mi apoyo y pasamos la mayor parte de este veinticuatro de diciembre preparando su maleta. Mis abuelos son los que peor llevan la noticia y pillo a mi abuelo mirándola con un deje de añoranza anticipado por la marcha de su nieta mayor.

Al llegar la noche, cenamos con la televisión de fondo, en donde los números musicales amenizan nuestra velada y nuestra familia se encarga de hacer un repaso de Nochebuenas pasadas, en las que mi hermana y yo éramos pequeñas.

Atesoro el instante en mi memoria. Es extraño dar por sentado ciertas cosas cuando una es pequeña y darte cuenta, conforme vas creciendo, que puede que no se repitan, que son demasiado efímeras y preciadas en el tiempo.

Solo cuando hemos recogido y limpiado todo me permito ver el teléfono mientras tomamos un poco de té y comemos algunos pasteles. Los mensajes de feliz Navidad de mis contactos inundan todas mis redes sociales, aunque solo me detengo en un par de ellos. Los de Lola, Emma, Ginés y Gaia.

Con esta última continúo la conversación, pues justo cuando mi madre y mi hermana se marchen, ella vendrá a pasar con nosotros unos días. Es curioso cómo el saber que en nada estará aquí, solo hace que aumenten mis ganas por verla y se despierte mi ansiedad por hacer planes y enseñarle la ciudad.

 

G: ¿Y hay noticias del señor arrumacos en el almacén?

 

Yo: Sin noticias y tampoco las quiero. Ya te dije que fue un error lo que pasó en el almacén, la medicación ha debido de afectarme cognitivamente.

 

Por supuesto que le conté a Gaia lo que ocurrió con Luque. Es la única persona que lo sabe, tenía que contárselo y, ahora que lo menciona, el recuerdo de los labios de Elio sobre los míos me pone la piel de gallina. Lo que más me fastidia es que el muy capullo besa de muerte. Sabía exactamente qué hacer, cómo hacer y dónde tocar.

Solo con un beso.

Arrastrada por un impulso, me meto en Instagram y busco su perfil. La foto que me sacó ya no está, me hizo caso y la borró, aunque eso crea una extraña sensación de vacío en mi estómago. Hasta hace nada yo estaba aquí, en esta galería de momentos, en su visión del mundo.

Yo ya no formo parte, pero sí que hay un par de nuevas imágenes. La primera de ellas son las figuras de un hombre y una mujer que bailan en lo que parece un salón. Juraría que son sus padres, pese a que no se ven sus caras, pero una puede ver la complicidad que hay entre la pareja. Además, la luz cálida que los envuelve hace de la instantánea algo íntimo y a la vez muy público, como si el resto del mundo no pudiese perderse el amor que hay ahí representado, como si fuese casi un pecado que la gente no disfrutase de ellos.

La siguiente, que ha subido hace apenas una hora, es de él. Bueno… no se le ve la cara, es una foto en la que puede apreciarse la forma de sus labios, su mentón y la parte superior de su tronco. Lleva puesta una camisa blanca y… una corbata verde que reconozco al instante.

Recuerdo la tarde en la que se presentó en la tienda y el momento justo en el que se la até alrededor del cuello. En aquel instante, solo quise matarlo, pero ahora que observo el pedazo de tela alrededor de su cuello, el pensamiento es muy distinto. Cruza por mi mente cómo sería tirar de ella, para besarlo y…

¡Maldito sea!

No he podido ser tan tonta, no he podido caer en sus trucos baratos de chico malo. ¡Soy más inteligente que eso! Yo no me dejo atrapar por chulos prepotentes, pero es que sabe cómo meterse bajo la piel y también cómo tocarla…

¡Jimena!

La única explicación lógica es que los médicos se hayan equivocado y sí que tenga algún tipo de lesión en el cerebro por culpa del golpetazo con el maldito hierro del puesto. O puede ser la medicación. Seguro que es la medicación. Porque la otra alternativa sería que…

G: Yo creo que te pone cachonda. Siempre que hablamos lo traes a colación, no será que bajo esas capas de odio se esconde algo más, ¿no? Algo como… que te gusta.

 

Leo el mensaje de Gaia y el corazón se me acelera. Eso es imposible. ¿Es imposible?

***

 Está claro que cuanto más quiere una que se detenga el tiempo, más rápido corre. Son las diez y media de la noche y estamos en el aeropuerto de Málaga mi padre, mi madre, mi hermana y yo. Esta vez a la despedida de mi madre, tengo que sumar la de Julia y empiezo a echarla de menos desde el instante en el que cruzamos las puertas y nos metemos en la terminal.

El ir y venir de la gente es caótico. Por momentos, es imposible hasta caminar, lo cual no ayuda a que mi desazón mejore, sino que la empeora notablemente.

—Pues aquí estamos —señala mi padre—. ¿Seguro que tienes todo lo que necesitas?

Lo cierto es que no soy la única que está llevando la marcha de mi hermana algo regular.

—Eso creo… —responde Julia con una medio sonrisa que no dura mucho en su rostro.

—Cualquier cosa que se te haya olvidado, la podemos comprar en Londres, por eso no te preocupes —indica mi madre, que observa con atención las pantallas en las que se va dando la información sobre el embarque—. Oh, mira, ahí están nuestros mostradores.

Las acompañamos a que hagan el chek-in, que se eterniza, y nos hace correr por mitad de los pasillos para que lleguen al control de seguridad con la hora bastante pillada.

—Ha llegado el momento de la despedida de verdad —anuncio, procurando que no se note que odio esta sensación.

Me despido de Julia con una abrazo cariñoso y puedo ver en ella una paz que me tranquiliza. Esto es lo que quiere, esto es lo que necesita y yo no se lo puedo negar, por mucho que la quiera a mi lado. Julia tiene que sanar.

Cuando me toca despedirme de mi madre, ella cuela su cabeza entre mis mechones de pelo y me susurra para que solo yo pueda escucharla:

—Cuidaré de ella y prometo que volverá a ser la Julia de siempre.

Sus palabras me enternecen y aprieto más su contacto.

—Lo sé —respondo a media voz.

Son apremiadas en la cola y las observamos hasta que cruzan al otro lado y las perdemos de vista. Mi padre me tiene agarrada con ternura por un lateral y solo entonces percibo su plena tristeza por la marcha de mi hermana.

—Va a ser raro no tenerla en casa —dice con un hilo de voz.

Apoyo la cabeza en su hombro, en un intento de consolarlo.

—Volverá antes de que nos podamos dar cuenta —respondo.

—Bueno, ¿por qué no buscamos la zona de llegadas por la que viene Gaia?

 

***

—¿Se puede saber qué miras tanto en el móvil? —pregunta Biel intentando quitármelo de las manos.

—No miro nada —me defiendo y lo guardo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

—Oh, venga, tío, llevas con la vista fija toda la tarde —critica Dylan, que se une al catalán.

—Solo estaba mirando las noticias —digo disimulando.

—¿Las noticias? ¿Tanto te aburrimos? —se ofende Alex.

—Dejad al chico, hombre —me defiende Ainara, a la que lanzo una mirada de agradecimiento.

—Bueno, deja el telefonito y vete a pedir, que es tu turno de pagar la ronda —chicha Biel.

Me levanto con tanto impulso que hago temblar la mesa, lo que ocasiona que todos mis amigos se rían. Voy a ser franco y admitir que desde el beso con Jimena en el almacén no doy pie con bola. He pensado mucho en si mandarle algún mensaje o no, pero al final no lo he hecho porque… bueno, porque sé que no me va a contestar. ¡Si salió huyendo!

Tengo que verla en persona.

Estoy en la barra cuando las veo pasar. Jimena lleva un gorro de lana verde y su acompañante uno exactamente igual en azul. Por un momento pienso que se trata de Julia, porque ambas comparten un tono muy similar de rubio, pero esta chica es más bajita incluso que la madrileña, por lo que lo descarto.

Me quedo observándola fijamente, parece que busca a alguien con la mirada, entre el gentío que pasea por la calle. Siento el tirón en el estómago que me pide salir y hablar con ella, pero mi cabeza se lo niega.

La dicotomía que recorre mi cuerpo me altera, ¿qué debería hacer?

 

*** 


Casi no he tenido tiempo de notar la ausencia de Julia con el ruido que ha supuesto tener en mi vida de nuevo a Gaia. Es una de esas personas cuya personalidad llenaría cualquier habitación, por muy grande que esta sea. Siempre activa, siempre dispuesta a todo; tenerla está haciendo más llevaderos estos días.

Hoy hemos decidido salir a pasear un rato por el centro de la ciudad y quiero aprovechar para enseñarle algunos de los puntos más turísticos que se concentran alrededor de Larios.

—Te juro que es insoportable, se pasa todo el día con esa cara de muermo y seriedad. No lo aguanto más, Jime… Y con eso de que su madre y mi madre son amiguísimas, tengo que ver su careto al menos una vez a la semana. ¿Qué mal he hecho yo en esta vida? ¿Y por qué no podía el universo regalarme a un vecino buenorro en vez de a Perseo? —se lamenta ella.

—Bueno, G, el chico feo no es… —admito.

—Tú le ves guapo porque no lo conoces de verdad. Es un estirado, un listillo que se piensa que siempre tiene la razón por ser superdotado y un pelmazo. Te juro que se pasa con cara de perro todas las cenas que tenemos.

—Eres una exagerada, recuerdo una vez, cuando celebraste tu cumpleaños que se rio.

—Sí, cuando se me prendió fuego el vestido de hada —se queja ella, a la defensiva.

Gaia sigue con su perorata, sin embargo, capta la atención de mis ojos una pareja que veo en una de las esquinas de la calle. La reconozco al segundo: es Emma. Y ahí vuelve a estar el chico. Lleva un gorro que le tapa la cabeza y una chaqueta negra y larga. La forma en la que él se mueve me resulta extrañamente familiar.

—¿Qué te pasa? Te has quedado como ida —pregunta mi amiga.

—¿Ves a esa de ahí? —digo señalando, sin disimulo a Emma—. Es una de mis amigas de clase. La que tiene el novio secreto.

—¿Esa es? ¿Y ese es el chico? —inquiere ella, que se pone de puntillas para poder ver mejor.

—Juraría que sí.

—¿Y a qué esperas para que nos acerquemos? ¡Venga!

 

 



martes, 2 de agosto de 2022

Distancia Focal: Capítulo 26. Capullo

 



La atmósfera en la que estamos envueltos tiene un matiz de intimidad y deseo entretejidos. El vello de todo mi cuerpo se ha erizado y lo único en lo que he podido pensar durante los últimos cinco minutos es en cómo deben sentirse sus carnosos labios contra los míos.

El impulso por vencer la distancia entre los dos empieza a ser una necesidad, una maldita necesidad que Elio no hace más que alimentar con esa condenada mirada verde. Sin embargo, cuando creo que va a ser él quien dé el paso lo veo incorporarse ligeramente y ladear la cabeza.

Lo deja todo en mis manos.

—Eres un capullo, Elio —repito, esta vez diciendo su nombre en un murmullo ronco justo antes de lanzarme a su boca.

lunes, 25 de julio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 25. El almacén

 


La capto por el rabillo del ojo mucho antes de que me vea. En un principio he pensado que eran solo imaginaciones mías, pero al volver la cabeza he comprobado que sí que es Jimena. No sé qué narices hace en la asociación, aunque supongo que se habrá acercado, como la mayor parte de gente, por el chocolate y los churros.

Lo curioso es que parece estar buscando a alguien. Un par de compañeros se cruzan con ella y la echan un rápido vistazo de arriba abajo. Aprieto los dientes y contengo el impulso de decirles un par de cosas.

Ella anda en mi dirección y yo la espero con estudiada pose de indiferencia: con el cuerpo apoyado en el marco de la puerta y una sonrisa traviesa.

lunes, 18 de julio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 24. Chocolate con churros

 

Les hago un gesto con la mano a mi madre y mi hermana para que me esperen y entro dentro del restaurante. Emma me ve enseguida y, si bien me está sonriendo, la noto tensa.

—¡Jimena! —grita a modo de saludo—. ¿Qué haces por aquí?

Desvía la mirada a mis espaldas, buscando. Cuando voy a girarme, ella vuelve a insistir.

—¿Y cómo va tu brazo? —inquiere acariciando con cuidado mi extremidad.

—Bien, de momento va bien —explico. Aunque se me escapa una mueca de dolor—. Es que te he visto y solo quería pasarme a saludarte y felicitarte las fiestas. Como durante los últimos días de clase no te he visto…

lunes, 11 de julio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 23. ¡Sorpresa!

—¿Julia? Soy Elio.

—¿Por qué tienes tú el teléfono de mi hermana? —pregunta confundida.

Titubeo durante una décima de segundo y, finalmente, le cuento lo que ha ocurrido.

—Es que… ella ahora no está disponible —comienzo con cautela—. Verás, estábamos en el puesto para recaudar dinero cuando el viento ha tirado la estructura abajo. —Ella ahoga un gemido—. Jimena me ha protegido y se ha llevado un buen golpe.

—¿Cómo? —balbucea alarmada.

—Sí, tiene una pequeña fisura en el brazo y hemos tenido que venir al hospital. — La respiración acelerada de la hermana de Jimena me pone en alerta.

—¿Está bien? ¿Dónde estáis? —Percibo el movimiento al otro lado del aparato y el nerviosismo de Julia me hace tragar saliva. Ahora entiendo por qué la pelirroja no quería avisar a nadie.

—Espera, Julia, escúchame. —El ruido se para durante un instante—. Respira. —Me hace caso, lo sé porque una exhalación fuerte me llega por el auricular—. Está bien, ¿vale? Jimena está bien.

—¿No me estarás mintiendo para que no me preocupe?

Esa forma de ser de Julia me recuerda tanto a Mateo que me hace sonreír y al mismo tiempo siento una patada en el estómago.

—No te miento. —Aunque cuando suelto esas palabras un deje amargo inunda mi lengua—. Ven, pero hazlo tranquila, sé que tu hermana no me perdonaría si te hago venir hasta aquí corriendo y te ocurre algo.

Permanece callada. Cuando retoma la conversación, compruebo en su tono de voz que, aunque sigue nerviosa, está más calmada.

—Estaré en unos minutos, voy a pedir un taxi —me cuenta—. No tardaré.

—Tranquila, no me voy a separar de la cama de Jimena.

 

lunes, 27 de junio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 22. Ojitos verdes

 

En apenas un par de segundos, la estructura del puesto se tambalea y en un alarde de reflejos que pensaba inimaginable, empujo a Elio a un lado; pero no soy lo suficientemente rápida como para apartarme de la trayectoria del hierro, que cae con fuerza sobre mi brazo y me hace perder el equilibrio.

Escucho a la gente gritar a mi alrededor y al plástico que nos resguardaba tapándome por completo. Me remuevo, pero me freno al verme atrapada.

—¡Jimena! —Juraría que es la voz de Elio—. ¡Jimena!

El peso que tenía sobre mí se eleva y vuelvo a sentir el frío aire de diciembre sobre la cara. Abro los ojos y me encuentro con la expresión seria del chico.

—Estoy bien —respondo de manera automática, buscando incorporarme, aunque fallo en mi intento al marearme.

lunes, 20 de junio de 2022

Prólogo «Mil veranos en el destello de tu mirada»

 ¡Muy buenos días!


Como ya sabéis si me seguís en Instagram (si no lo hacéis no sé a qué estáis esperando), este jueves publico nueva novela, «Mil veranos en el destello de tu mirada». Una nueva bilogía que entra dentro de la «Serie Mil Estaciones» y que tengo a la vez muchas ganas y mucho miedo de que leáis. 

En esta nueva parte, tenemos a una nueva pareja que se ha creado dentro del grupo y digamos que no va a ser un paseo para estas dos... Os dejo como aperitivo el prólogo:

viernes, 17 de junio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 21. Una de cal

 

Escribo la última palabra justo en el momento en el que nuestra querida profesora de poesía da el alto.

—¡Manos arriba todo el mundo! Señorita León, he dicho que deje de escribir —riñe a Emma.

Mi amiga suelta su bolígrafo y pone mala cara.

—Es incorregible —murmura Lola en mi dirección—. Si hasta ha pedido dos folios extra.

—¡Silencio hasta que retire los exámenes o están suspensos todos ustedes!

Lola traga saliva y decide quedarse callada hasta que la profesora se lleva nuestras hojas. Solo entonces nos da la señal para que abandonemos la sala y somos libres de la semana de evaluaciones.

—¡Al fin! Es hora de disfrutar de la vida —celebra Lola colgándose de mi cuello y del de Emma—. A celebrarlo con unas cervecitas, ¿no?

lunes, 13 de junio de 2022

Distancia Focal: Capítulo 20. El recuerdo de un hogar

 

El mango de la olla se parte y el agua cae por todo el suelo. Soy lo bastante rápida como para que no me salpique y me deje las piernas en carne viva.

—¿Estáis bien? —pregunto a las chicas. Ambas asienten.

—Eso ha estado cerca. Podrías haberte achicharrado —apunta Lola.

Mi teléfono vuelve a sonar. Y esta vez sí, lo cojo para ver de quién se trata. Es Ginés. Estoy a punto de contestar, pero decido no hacerlo. Sigo con un sentimiento raro en el estómago tras lo que escuché ayer y la prioridad ahora es Lola. Bueno, Juanito.

—Vale, a ver, voy a subir a por una fregona, vosotras vigilad que nadie se mate mientras tanto —anuncia mi hermana.

Lola y yo asentimos.

En el transcurso de tiempo que le toma a mi hermana subir, un par de vecinos abren el portal y nos encuentran a mi amiga y a mí advirtiendo del peligro. Nos lanzan un par de miradas reprobatorias, pero no dicen nada más solo cuchichean entre ellos mientras suben a sus pisos.

Julia friega todo a conciencia y yo cojo, con cuidado de no quemarme, los restos de la cacerola.

—Era una de las favoritas de la abuela… —digo con pena.

—Mejor la olla que tú, Mena —replica mi hermana.

—Volvamos a intentarlo otra vez.

Regresamos arriba y repetimos todo el proceso. Cuando el agua hierve de nuevo, ahora mejor preparadas, las chicas van abriendo puerta tras puerta a mi paso y, ahora sí, llegamos a Juanito. Vuelco con cuidado el agua en el golpe que ha hundido la chapa, luego Julia vierte el agua con cubitos de hielo y escuchamos un extraño ruido… sin embargo, no ocurre nada.

—¿No se suponía que tenía que volver a su posición? —se lamenta mi amiga—. Mi hermana me mata, me cuelga como un conejo, me despelleja y se hace un abrigo con mi piel. Joder, mierda, mierdaaaaa —gime.

Se apoya en el coche, da un par de golpes a la chapa y… ¡Pum!

—¿Acabas de arreglarlo? —inquiere Julia con los ojos abiertos como platos.

Lola empieza a reírse con histerismo.

—¡Juanito! —celebra Lola besando el coche—. ¡Vuelves a ser tú!

Se voltea y me agarra de la cintura, elevándome en el aire.

—¡Gracias, Jimena! ¡Gracias! ¡Eres la mejor!

Me pega la risa y disfruto con la reacción de mi amiga. Mi hermana acaba sumándose al coro de risotadas sin poner evitarlo.

—Bájame, anda. Y vuelve a casa antes de que Paloma se levante y haga la inspección de Juanito.

—Os debo una enorme, chicas, ¡una gigante!

Mi amiga no tarda mucho en subirse al coche y, con un cuidado extremo, lo saca del sitio y emprende su camino de vuelta a casa.

—Vaya aventura de domingo por la mañana —dice al fin Julia. Volvemos a reírnos—. Vamos arriba, hace fresco hoy.

Mi hermana se abraza a sí misma y emprende el camino a casa comentando entre risas el momento del golpe en el coche y su estado a la normalidad. Les contamos la hazaña a nuestros abuelos y les enseño la su olla rota.

—Lo siento, abuela, sé que le tenías mucho cariño a esta.

—Menita, no pasa nada. Lo importante es que estás bien y no te has quemado —responde ella con cariño y alzando la mano para acariciarme el brazo.

Aun así, no puedo evitar sentirme fatal. Esa cazuela de peltre con flores pertenece al conjunto que mi abuela compró cuando se mudaron a esta casa. Para ella significa nuevos comienzos, hogar, y yo la he roto.

En la cocina, recojo la cazuela rota e intento ver cómo arreglarla. Pero no tengo ni idea y encima el agujero que ha dejado el mango es enorme.

—¡Ya estoy en casa! —anuncia mi padre—. He traído la comida.

Al llegar al salón lo veo cargando con un par de bolsas de un comercio cercano.

—¡Qué bien huele!

—La presidenta de la asociación me lo ha recomendado mucho y he picado. Resulta que los dueños son una pareja joven que se ha lanzado a hacer comidas caseras y me ha parecido buena idea contribuir.

—¿Qué tal ha ido hoy el voluntariado? —me intereso—. Siento no haber ido contigo.

—Cariño, no pasa nada, tu amiga te necesitaba. ¿Al final ha salido todo bien?

—Sí, bueno…

Le muestro la cacerola. Su ceño se frunce y su boca se tensa.

—¿Y eso? ¿Qué habéis hecho?

—Calentar agua, pero la pobre no ha podido…

Al escuchar mi tono de voz derrotado, se relaja.

—Bueno… tiene casi tantos años como yo, creo que bastante ha durado. ¿Os habéis hecho daño?

—No, ha sido un accidente sin heridos.

—¡Papá! —Julia aparece y lo abraza—. Qué de cosas. —Curiosea entre los platos y sonríe al ver uno de ellos—. Las croquetas tienen muy buena pinta.

—Venga, pongamos la mesa y a comer.

Eso hacemos y en menos que canta un gallo, estamos disfrutando de la sabrosa comida. Debo admitir que está todo buenísimo y entre bocado y bocado, mi padre nos relata su mañana.

—Hoy tocaba hacernos las fotos para el calendario que vamos a vender en el mercadillo y dos chicos muy majos han venido a hacérnoslas. El fotógrafo es buenísimo, me ha enseñado algunas de las instantáneas y, la verdad, todo un genio.

La cara de mi hermana se entristece. Sé que piensa en Mateo. Sigue sin contestarle a los mensajes y cuando lo hace es muy tirante.

—Cariño, le he pedido el número para que hagas alguna sesión con él, ¿qué te parece?

Julia se queda pálida.

—¿Qué?

—Sí, ya que tu amigo últimamente tiene mucho trabajo, quizá este chico pueda hacerte un hueco.

Ella niega con la cabeza.

—No, papá, de veras. Ahora no es un buen momento. En la tienda tenemos mucho trabajo y no… no voy a poder sacar ni una tarde, tengo que priorizar el puesto que paga las facturas.

Mi padre aprieta la mandíbula y su gesto se transforma a uno serio. Decido que tengo que intervenir para darle tiempo a mi hermana a recomponerse.

—¡Esto está divino! Vas a tener que darle las gracias a la presidenta de la asociación.

—Si la próxima vez me acompañas, podrías dárselas tú. Carlota es una mujer extraordinaria.

Una chispa cruza la mirada de mi padre y las comisuras de mi boca se alzan. ¿Mujer extraordinaria? ¿Puede ser que a mi padre… le guste la presidenta de la asociación?

Mi teléfono vibra y recuerdo que no he contestado a la llamada de antes de Ginés. Esta vez tengo un mensaje. Pregunta qué tal llevo el domingo y si me gustaría hacer algo esta tarde. A la sensación extraña de antes, se suma que cuando miro a mi hermana, me doy cuenta de que me necesita. Respondo de manera negativa y aparto el teléfono. Me quedo pendiente para ver si tengo respuesta por su parte, pero, si bien lo lee, no me escribe.

Al terminar de comer, Julia y yo nos encargamos de lavar y recoger. Momento que aprovecho para tener una pequeña charla con ella.

—Jules… —la llamo.

Ella intenta mantener una sonrisa, pero se nota mucho que es fingida.

—¿Sí?

—¿Por qué no haces caso a papá y llamas al fotógrafo? Quizá…

Se le resbala el vaso que está enjabonando y cae sobre la pila con un golpe seco. Por fortuna, no se resquebraja.

—Mena, sabes que no es un buen momento. Con las fiestas a la vuelta de la esquina y la cantidad de horas que voy a tener que hacer en la tienda, es imposible.

Vuelve a coger el vaso y retoma su actividad. Mantiene la mirada fija en la pila y se resiste a mirarme.

—¿Es por Mateo?

Julia se queda muy quieta. Se toma un par de segundos y, cuando contesta, alza la mirada y sus ojos tristes se clavan en los míos.

—¿Mateo? No, no. Es solo por el trabajo, en serio. Deja de preocuparte tanto. —Frunzo el ceño—. Bueno, esto ya está. Voy a ver si la abuela necesita algo.

Es así como me deja ahí plantada terminando de secar los vasos y con una horrible sensación de desasosiego.

 

***

 

Otro día más en clase, Machado vuelve a ser la voz cantante y nos informa de los avances que hemos hecho en cuanto a la recaudación. Aunque debo admitir que mis ojos están pendientes de la pantalla del ordenador que tengo justo delante.

Jimena lleva desde que se ha sentado esta mañana buscando en todo tipo de sitios web de segunda mano lo que parecen ser cacerolas de esas antiguas en blanco pintadas con flores. De vez en cuando saca su teléfono y comprueba algo para luego negar con la cabeza y soltar un leve ruidito de fastidio.

—Así que de cara al mercadillo vamos a necesitar a gente que nos eche una mano, porque habrá dos turnos, yo estaré en el de la mañana y Jimena en el de por la tarde. —La chica alza la cabeza al oír su nombre y parece reengancharse en la conversación—. ¿Personas voluntarias?

Un par de manos se alzan y cuando Jimena se gira para ver quiénes lo han hecho, sus ojos marrones se posan en los míos y siento el impulso de levantar la mano y presentarme como voluntario. Sin embargo, me tomo un par de segundos, la fecha coincide con el mercadillo de la asociación y yo les había prometido a Carlota y a Mateo que estaría allí.


lunes, 30 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 19. El informático



La primera vez que crucé el umbral de esta misma verja, yo era una persona muy diferente. Una versión de mí mismo triste y muy llena de rabia. ¿Y qué pasa cuando alguien mezcla esas dos emociones?

Que la caga y la caga mucho.

Así terminé en el reformatorio y como parte de mi «reeducación y reinserción en la sociedad» fui voluntario forzoso en la asociación del barrio. Ni siquiera sabía que teníamos una y mucho menos de todo el trabajo que hay detrás.

Las primeras semanas llegaba tarde, desganado y me negaba a participar en las actividades. Joder, ¿no se suponía que me tendrían que estar ayudando a mí después de la que había montado? En cambio, ahí estaba, ayudando a niños a colorear malditas fotocopias, entrenándolos para jugar al fútbol o al baloncesto, e incluso dando clases de zumba a personas mayores.

Lo odiaba. Venir hasta aquí era una tortura. Con mis diecisiete yo solo quería volver a centrarme en mí mismo y que me dejasen en paz para solo una cosa: vengarme.

lunes, 23 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 18. Romper las normas

 


—Yo no engaño a nadie.

El hombre sigue riendo.

—Oh, Ginés… Eres como tu madre.

—¿Guapa? —inquiere el aludido con un toque de picardía que resuena a través de la puerta.

—Sois de esas personas que cuando quieren algo, nadie puede detenerlos.

—Eso es todo un halago.

—No lo decía como tal.

Kiko vuelve a reírse, pero esta vez Ginés no lo acompaña.

—Oh, espera, mejor quedarse en una vieja bolera sin casi clientes y con dos préstamos del banco de los que nunca te vas a librar. Perdona que no quiera terminar como tú, tío.

¿Tío?

—Ginés… —lo reprende.

—No vuelvas a hablar mal de ella. Sabes todo lo que ha hecho por sacarme adelante.

Con esas últimas palabras se va. Lo sé porque oigo unas pisadas fuertes chocar contra el suelo. Pasan unos minutos hasta que escucho el siguiente par.

¿En serio Ginés no nos ha contado que Kiko es su tío? ¿O ha utilizado la palabra más bien como un apelativo y nada más?

La puerta se abre y no soy rápida para apartarme, por lo que me da de pleno en la frente.

—¡Auch! —me lamento mientras me froto la zona lastimada.

—Ay, Mena, perdona. He venido a buscarte, tardabas tanto… ¿Te he dado muy fuerte?

Mi hermana examina con cuidado mi cara y la veo torcer el gesto de manera disimulada. Doy un giro sobre mí misma para verme en el espejo y me doy cuenta de que tengo un enorme chichón en la línea del pelo.

—Parezco un unicornio —me quejo pasando la mano por la protuberancia.

—Vamos a fuera, quizá con un poco de hielo…

Hago caso a mi hermana y salimos de los servicios. Ginés no tarda en localizarnos y corre hacia nosotras.

—Ey, ¿dónde…? ¿Jimena? ¿Pero qué te ha pasado?

—Le he dado sin querer cuando he ido a buscarla al baño —explica mi hermana.

Él abre los ojos durante un segundo y luego frunce el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí —respondo rápida—. Solo me duele un poco.

Fija la mirada en mi frente y su boca se tuerce hacia un lado. ¿Quiere eso decir que está peor? Dios mío…

—¿Podrías traernos un poco de hielo, por favor?

—Por supuesto, id a sentaros.

Hacemos caso y él se marcha para hablar con la chica del bar que deja de limpiar la barra y escucha la petición de Ginés. Desvío la mirada hacia Kiko que, con una mueca de tensión, parece estar muy concentrado en colocar los zapatos.

—Aquí lo tienes.

Ginés toma uno de los cubitos y, tras ponerlo en una servilleta, me lo pasa con extremo cuidado por la piel. El alivio es instantáneo y frena parte del dolor que se gesta en mis sienes por el golpetazo. Miro al chico que me devuelve un gesto amable.

—Trae, no quiero que te quedes sin dedos por mi culpa.

—Los perdería encantado, a fin de cuentas, hoy sois mi responsabilidad. Estabais bajo mi cuidado y mira lo que ha ocurrido.

—Qué amable eres, Ginés —lo adula mi hermana.

A mí el discurso me escama. ¿Responsabilidad? ¿Bajo su cuidado? ¿Hemos vuelto a la regencia? ¿Me he dado más fuerte de lo que pensaba y ahora estoy en un episodio de los Bridgerton?

Mi ceja derecha se dispara y el gesto me hace daño, pero no lo puedo evitar. No me gusta nada que me traten como a una damisela en apuros. Porque no lo soy. Me he roto el brazo izquierdo dos veces, me he hecho cuatro esguinces y me han tenido que dar un total de dieciocho puntos a lo largo de lo que llevo de vida. Por una hostia con una puerta no me voy a morir y creo que mi padre no le va a pedir un duelo al amanecer. En cambio, Julia está encantada con la palabrería. Así es ella.

Le quito el hielo de las manos y me lo froto una y otra vez por el bulto de mi frente. Mi hermana me regaña con la mirada por mi brusquedad.

—Vamos a tener que dar la partida por finalizada —apunta él con un amago de sonrisa.

—¿Qué? No, no. Podemos seguir.

—Pero…

—Mena, creo que es mejor que nos tomemos un descanso. Otro día podemos volver —dice ella conciliadora.

—Julia tiene razón, ¿os apetece que vayamos a cenar? No muy lejos hay un japonés al que podríamos ir.

Mi hermana asiente enérgicamente y recogemos nuestras cosas para ir a por nuestros zapatos.

—¿Ya os marcháis? —pregunta Kiko al acercarnos.

—Sí, hemos tenido suficientes emociones por hoy —dice mi hermana con el dedo índice señalando mi chichón.

—Pero, ¿qué te ha pasado ahí, niña?

—La puerta del baño.

Kiko echa un rápido vistazo a Ginés, pero enseguida se vuelve hacia mí y niega con un gesto divertido.

—Luego hablaré con esa puerta para que no se le ocurra volver a agredir a mis clientes —suelta en un intento por hacerse el gracioso.

Sonrío forzada.

—Nuestros zapatos, por favor —pide Ginés.

Me mareo un poco a la hora de hacer el cambio de unos a otros, pero se me pasa rápido cuando dejamos la bolera y salimos al exterior. El aire frío y húmedo me despeja y también ayuda a que el golpe no me duela tanto ahora que ya no tengo el hielo.

Contemplo las calles llenas de las luces de Navidad. Me entusiasmo al pasar por una tienda y ver que los escaparates empiezan a llenarse con ofertas. Se nota que noviembre se acaba y que la ciudad quiere que lleguen ya las fiestas. Admito que yo también estoy deseosa, aunque eso solo significa que tengo cada vez más cerca los exámenes finales de las asignaturas de este cuatrimestre.

Avanzamos por la avenida y, en una esquina, Ginés frena.

—Es este sitio.

Debo admitir que me quedo impresionada con el lugar. La madera oscura junto con la cortina noren, que atravesamos al entrar, le dan ese toque que recrea el aspecto de un restaurante típico de ramen japonés. A eso hay que unirle el aroma que acude a mis fosas nasales nada más ponemos un pie dentro y que hace que mi estómago ruja. Tomamos asiento junto a una ventana y hacemos caso a las indicaciones de Ginés sobre lo que debemos pedir mientras la conversación fluye y mi golpe deja de dolerme tanto.

—Me ha dicho Jimena que estudias también filología.

—Sí —responde él con una sonrisa de oreja a oreja—. De pequeño mi padre solía leerme cuentos antes de dormir y fue entonces cuando descubrí que la literatura podría darme más, mucho más y me enamoré de las letras y su capacidad creadora.

—¿Así que planeas ser escritor?

—Bueno, sé que será duro y que requiere mucho sacrificio, pero este es el primer paso. Me gustaría llegar a escribir una de esas obras que cambian por completo la literatura y cómo escribe toda una generación.

—Vaya, eso es apostar alto. Estoy segura de que tu padre está muy orgulloso de ti.

Mierda. No le he contado a Julia lo del padre de Ginés.

—Oh… lo haré para honrar su memoria. Desgraciadamente, murió.

Mi hermana se queda aun más pálida de lo que es.

—Lo lamento muchísimo, no lo sabía.

—No, tranquila. —Él alarga la mano y acaricia los nudillos de ella—. Es una de mis mayores motivaciones. Sé que estará muy orgulloso de mí y que cumpliré uno de sus sueños, lo malo es no poder compartir esto con él.

El silencio incómodo se llena con la interrupción de uno de los camareros que nos trae las bebidas. Para cuando retomamos la conversación, mi hermana parece un poco más entera.

—Entonces, ¿tienes algo publicado ya?

—No, aún no. Tengo varias ideas, grandes ideas, pero aún no he llegado al punto óptimo para escribirlas. Además, son obras que solo van a poder ser publicadas por grandes editoriales y aún no tengo los contactos.

—¿Por qué grandes editoriales? —inquiero con curiosidad.

—Solo un editor va a poder entender todo lo que quiero encerrar y va a saber cómo guiarme, ya lo sabes.

Me da un tirón en el lateral izquierdo de la boca.

—Pero has dicho que no has escrito nada de esas obras.

—De esas no, tengo alguna otra cosilla por ahí, pero nadie con el talento suficiente las ha leído.

—¿El talento suficiente?

—Claro, ya lo he dicho antes, planeo escribir una obra que cambie a toda una generación, que cause un impacto masivo.

—Las obras que causan eso no necesariamente son las aclamadas por los entendidos, ya lo sabes —repito devolviéndosela. Ginés apoya los codos sobre la mesa y entrecierra los ojos—. Muchas obras que rompieron con patrones fueron tachadas de esperpento y no ha sido hasta años o incluso siglos después que se les ha dado el reconocimiento adecuado.

Se le escapa una sonrisa condescendiente.

—¿Y qué propones? ¿Qué cualquiera escriba? ¿Tal y como sucede ahora en una época en la que todo el mundo puede ser escritor? —La última palabra la pronuncia con desdén.

—Es la democratización de la cultura. ¿Por qué dejar que sean unos pocos los que dicten todas las normas y lo que debe o no ser un buen libro?

—Pues porque sin normas, se desharía todo, dejaría de tener sentido el mero acto de escribir.

—O cobraría más.

Entrecierra los ojos. Mi hermana pone una mano sobre mi pierna y me aprieta.

—Jimena, ¿estás estudiando filología para destruir la lengua desde dentro? —Se carcajea.

Me veo obligada a responder a su risa socarrona con otra.

—No, ni mucho menos. Y soy la primera que defiende que deben respetarse las normas, porque sin ellas no podríamos comunicarnos, no habría lengua como tal; pero también entiendo que debemos avanzar, que el lenguaje es un ser vivo que evoluciona con sus hablantes.

—¿Y desvirtuarla? Si empezamos a inventar y romper normas, acabamos con el lenguaje y la escritura, las deshonramos.

—Entonces, ¿crees que deberíamos eliminar palabras como odisea, mentor, donjuán, celestina o lazarillo?

—¿Qué? —Arruga la frente y suelta un bufido divertido por no entender el cambio de rumbo—. ¿Por qué haríamos eso? Creo que te has perdido en tu argumentación.

—Son términos que hemos adoptado a través de personajes literarios y ahora son comunes.

—Y eso son casos excepcionales.

—¿El doblepensar de Orwell o el síndrome de Peter Pan también lo son? —Se queda serio—. Vamos, Ginés, si quieres hacer una obra que rompa y marque a una generación, como has dicho, el primer paso es entender que eso no lo vas a saber hasta que escribas y luego te lean. Y no lo digo por los editores o críticos, lo digo por la gente de a pie.

—Lo estás llevando todo al absurdo.

—¿El absurdo? Absurdo es ser tan elitista con la creación literaria.

—¡La comida ya está aquí!

Julia nos interrumpe y observo cómo Ginés, en vez de querer seguir con nuestro debate, cambia completamente de tema y se centra en alabar el caldo de su bol y los fideos que lo acompañan.

Mi hermana colabora para que la conversación no vuelva a girar entorno a nuestro punto de choque y solo cuando desvía la mirada hacia su teléfono Ginés deja de hablar de la comida y le pregunta.

—¿Esperas la llamada de alguien?

—Ah, perdona, qué mal educada, debería guardar el móvil. No es importante.

Sé que ha mirado para ver si se trataba de Mateo y, por su expresión de decepción, no lo es. Han pasado casi dos semanas desde la última vez que hablaron y cada día es un poco más duro para Julia. Eso es lo que ocurre con un alma tan enamoradiza como la suya, aunque de cara a la galería siga diciendo que solo lo considera un amigo, esos ojos tristes me dicen que no es así.

Ginés es rápido en leer el ambiente y saca con destreza temas triviales con los que lograr que mi hermana levante el ánimo. Tengo que agradecérselo, pues logra animar a Julia con su verborrea y que esta deje de lado los mensajes ignorados.

Terminamos entre risas y con el estómago caliente y satisfecho. Pagamos y salimos del restaurante intentando abrigarnos. Ahora, la noche, más cerrada y fría, me obliga a alzar los hombros y esconder la cara dentro de mi abrigo los largos y tediosos minutos que esperamos en la parada.

Una vez subimos al bus, mi hermana se sienta y queda alejada de nosotros, por lo que Ginés aprovecha y se acerca a mí para preguntarme.

—No te habrás enfadado conmigo por lo que hemos hablado antes, ¿verdad?

En un principio no sé a qué se refiere, pero luego caigo en nuestro rifirrafe.

—¿Qué? ¡No! Claro que no. ¿Sabes que podemos tener opiniones distintas y ser amigos?

Los párpados de Ginés caen y ladea la cabeza con una medio sonrisa.

—Lo sé. Pero me ha parecido que te he ofendido un poco con mi punto de vista y no me gustaría que te llevases una mala impresión de mí.

—Tranquilo, no ha sido así, futuro escritor de la generación.

Logro que suelte una risilla y parece entender que no le guardo rencor. Lo cierto es que, después de ver lo bien que le ha sentado a mi hermana su compañía, le debo mucho.

—No te tenía por una chica que rompe las normas.

—A veces uno no es lo que parece.

—A veces…

 

***

Disfruto del calor de los primeros rayos de sol que se cuelan por la ventana y también de la suavidad de las sábanas acariciando mi piel. Hasta que tres golpes rítmicos en la puerta me hacen incorporarme.

—¿Aún estás en la cama?

—Perdón, se me ha olvidado poner la alarma.

—Nada, venga, una ducha rápida y nos vamos.

Después de insistir un par de veces en que lo acompañásemos, finalmente he decidido ir con mi padre a la asociación del barrio en la que ayuda. Lo veo muy implicado y creo que le está sentando genial pasar esos ratos allí y no sentado en el parque jugando al ajedrez con el resto de amigos de mi abuelo. Parece que al fin ha encontrado su propio refugio y entretenimiento alejado de casa y es todo un avance.

Estoy escogiendo la lista de reproducción que quiero disfrutar mientras me ducho, cuando una llamada vuelve mi pantalla negra.

—¿Sí? ¿Lola?

—Tía… ¡Tía! ¡TÍAAAAAAAAAA!

—¿Qué pasa? —El tono de pánico me pone en alerta.

—Joder, joder, joder… Jime, que la he liado. Necesito que me ayudes, por favor. Sé que es un sábado y solo son las nueve, pero necesito que me ayudes.


lunes, 16 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 17. La bolera

 



—Tía, estoy hasta el moño de estudiar —se queja Gaia desde el otro lado de la pantalla—. Encima tengo que aguantar al maldito Perseo y su repelencia.

Sonrío a la pantalla. La relación de mi amiga con Perseo es complicada porque son como la noche y el día. Gaia es un torbellino de energía, una charlatana y una persona que irradia luz; mientras que Perseo… Perseo es un chico especial. Sumamente callado y circunspecto. Ese tipo de chicos a los que sabes que el silencio jamás les va a incomodar; observador e incluso a ratos algo perturbador. Sé que es humano porque lo he visto sangrar, que sino…

—Piensa que en enero vienes a pasar unos días —le recuerdo.

—Eso es lo único que me está salvando de este estrés. Los exámenes deberían estar prohibidos. ¿En serio se piensan que me voy a acordar de la mitad de lo que estoy estudiando una vez salga por la puerta de clase? Tengo que guardar ese espacio para recordar las letras de las canciones.

Me carcajeo. Da igual el año o el género de la canción, Gaia puede adivinarla con apenas un par de segundos de esta. Tiene un oído absoluto y pese a los años de conservatorio, al final ha decidido dedicarse al derecho. La excusa que siempre pone es que no quiere mancillar el amor con la música convirtiéndola en trabajo. Gaia y su lógica.

Miro el reloj y me doy cuenta de que tengo que empezar a vestirme. Al final acepté la propuesta de Ginés y él, de buen agrado, aceptó que viniese Julia. Y no sabe lo muchísimo que se lo agradezco porque la situación con Mateo no ha hecho más que enfriarse, lo cual tiene a mi hermana encerrada en una tristeza silenciosa.

Ni siquiera mi padre o mis abuelos se han percatado de que está más opaca que de costumbre, pero yo sí. He aprendido a leer las pequeñas señales, los pequeños gestos que me hacen ver todo el abatimiento que encierra dentro.

Como, por ejemplo, que ya no tararea canciones mientras hace las tareas de la casa, ha dejado de echarse brillo de labios y con más frecuencia que de costumbre su mirada vaga y ella se aleja de nosotros.

Así que le debo agradecer a Ginés el haber extendido la invitación a mi hermana.

—¿Cuál de los dos jerséis crees que me queda mejor? —le pregunto a Gaia.

—Ummmmm… El del escote cuadrado. Así vas abrigada, pero enseñas a las nenas un poco para que absorban vitamina D.

Pongo los ojos en blanco, aunque termino riéndome con el comentario de mi amiga. Salgo un momento del plano para cambiarme y mientras estoy en la tarea, Gaia sigue con la conversación.

—Entonces, este chico… Andrés…

—Ginés —corrijo.

—Eso, Ginés, te propuso una cita y tú has decidido llevar a tu hermana.

—No es una cita —digo apareciendo en pantalla de nuevo—. Es una quedada de amigos.

—Ajá.

El tono con el que pronuncia ese «Ajá» me pone en sobre aviso.

—¿Y el otro chico? Al que desgraciaste el otro día con la patada en los huevos.

—¡No fue una patada en los huevos! Le di sin querer, ya te lo dije.

—Sí… después de besarlo.

—No fue un beso de verdad. Caí sobre sus labios.

—Cuidado a lo mejor la próxima vez caes sobre su po…

—¿Estás lista? —interrumpe mi hermana y yo agradezco en silencio que haya entrado en la habitación y cortado la conversación—. ¡Hola, Gaia! Cuánto tiempo sin verte.

—¡Juli! Qué guapa estás, te queda muy bien ese vestido de punto.

Mi hermana sonríe comedida, aunque la sonrisa no le llega a la mirada.

—Muchas gracias, Gaia. —Julia se gira hacia mí—. Venía a avisarte de que Ginés está en el salón. ¿Tienes todo listo?

—Sí, ya estoy. Bueno, amiga, nos vemos en la siguiente videollamada.

—¡Pasadlo bien!

Ella se despide con un guiño y yo cierro el portátil. Salimos hacia el salón y al llegar Ginés charla animadamente tanto con mi padre como con mi abuelo. Mi abuela está atareada con un puzle y no les presta mucha atención.

—Hola —saludo al chico con un par de besos.

—Ya estáis aquí —evidencia mi padre—. Ginés me estaba contando que vais a ir a una bolera ambientada en los años ochenta.

—¿En serio? —pregunto entusiasmada con la idea. Me encantan los locales retro.

—Sí, el dueño es un amigo de mi madre y nos hará un precio especial.

Ginés muestra los dientes en una enorme sonrisa.

—¿Nos vamos?

—Claro.

Nos despedimos de mi familia y salimos a la calle. Ginés es quien dirige la conversación y lo hace de manera muy diestra. Mi hermana se siente en confianza con él e incluso parte de la tensión que lleva cargando estos días se esfuma.

O eso parece, hasta que nos cruzamos en el autobús con un chico cuya constitución me hace pensar en Mateo y sé que a ella también.

La esperanza aflora durante una décima de segundo en la cara de mi hermana y luego es sustituida por la desdicha. Ginés no se percata porque Julia es rápida en seguir con la conversación, pero yo no puedo evitar fruncir el ceño.

Al bajar, mi hermana se adelanta un poco y Ginés aprovecha para acercarse a mí.

—¿Todo bien? —su tono dulce y calmado me consuela y hace que relaje la expresión.

—Sí, todo bien.

Él se me queda mirando fijamente a los ojos durante un instante y se da cuenta de que le estoy mintiendo.

—¿Seguro?

Suelo odiar cuando la gente insiste en preguntarme cómo me siento, sin embargo, Ginés tiene algo que me hace confiar en él. Es una especie de halo que me alienta a depositar en él todos mis secretos y no los esparcirá por ningún sitio.

Pero este no es mi secreto.

—Seguro.

Frunce un poco el ceño, pero no insiste.

Al llegar a la parada nos bajamos y Ginés nos guía hasta el centro comercial en el que se encuentra la bolera. Está algo descuidada, aunque eso solo le otorga un poco más de encanto al sitio. Parece que hemos viajado realmente al pasado con los colores, los brillos y la música ochentera que lo llena todo.

Caminamos hasta un mostrador en donde un señor lleno de tatuajes por todas partes saluda a Ginés.

—Muchacho, ¿otra vez por aquí?

—Tenía que enseñarles a mis amigas madrileñas la mejor bolera de Málaga. Chicas, este es Kiko.

—Oh, así que forasteras. —El hombre dirige su mirada hacia nosotras—. Pues habéis venido al mejor sitio de todo Andalucía para echaros una partida de bolos y luego os podéis pasar por los recreativos. Aquí donde lo veis, este crío es un hacha con las máquinas de gancho, seguro que os puede sacar algún peluchillo.

El aludido se pone colorado hasta las orejas y me hace pensar en lo diferente que habría recibido el mismo elogio Luque. Espera, ¿por qué diantres pienso en Luque? No, no, no.

¡Fuera de mi cabeza!

—¿Jimena?

—¿Sí?

—La talla de zapato —repite Ginés.

—Un treinta y ocho, por favor.

Kiko va desinfectando los zapatos y los vamos cogiendo para marcharnos a nuestra pista. Odio la sensación de ponerme el calzado usado por tanta gente, pero, como no tengo más remedio, intento no pensarlo demasiado.

Arranca la partida Julia, que tiene tan mala pata que se le desvía del carril y no tira ningún bolo. Luego es el turno de Ginés, quien con gran facilidad se hace un pleno.

—¿Nos has traído aquí solo para poder pavonearte? —digo con tono juguetón.

—Me has pillado… —dice él por lo bajo, con una voz aterciopelada y una expresión divertida en el rostro.

Agarro la bola naranja con el número ocho grabado en su superficie. Me acerco hasta la línea y apunto hacia el centro. Es un tiro bueno, pero no lo suficiente, porque me dejo tres bolos en alto.

Así pasamos la tarde, riendo entre turno y turno, haciendo apuestas sobre quién tirará más al final (claramente lo será Ginés) y picando todo lo que Kiko nos trae a la mesa como regalo de bienvenida.

Llega un momento en el que voy al baño, el exceso de refrescos es lo que tiene, por lo que atravieso la bolera y me meto por un pequeño pasillo que solo tiene tres puertas. Las dos de los baños y una tercera en la que pone prohibido el paso.

Paso al servicio de señoras y al terminar escucho un par de voces a través de la pequeña rendija que hay por debajo de la puerta. Están algo lejos, pero distingo con facilidad a Ginés y Kiko.

Doy un paso hacia delante, pero antes de abrir la puerta me detengo.

—La semana pasada viniste con la morena y esta traes a dos. Eres increíble, quién tuviese veinte años otra vez…

—Oh, venga, Kiko. No digas esas cosas. Solo son amigas y sabes que me gusta tratar bien a mis amigas.

El hombre suelta una risotada y siento una gran animadversión hacia él.

—Venga, Ginés, te conozco desde que eres muy pequeño. Intenta engañar a otro.

Agarro el pomo y no sé si abrir e interrumpirlos o bien seguir aquí escuchándolos.