lunes, 25 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 14. «Tu chico»

 


¿Cómo fui tan estúpida de no insistir en que no necesitaba a Elio?

Pero es que tener a toda mi familia alrededor diciendo que no podía rechazar la ayuda de los hermanos, me arrastró a ello.

Parece que el destino me la tiene jurada con los Luque. Por eso estoy aquí, en la misma esquina en la que nos despedimos la noche de huida de la policía, hace casi un mes.

Un mes.

lunes, 18 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 13. «Tu chica»

 


Justo en el momento en el que estoy a punto de perder los papeles, me detengo. No, joder, no puedo caer en viejos hábitos, no puedo dejarme llevar por él de nuevo. Tengo que centrarme, debo hacerlo por mí y por todo el mundo que me ha dado una segunda oportunidad. Ya no soy aquella persona y no pienso dejar que él me lleve de nuevo hacia la oscuridad. Ni a mí ni a nadie.

—¿Qué vas a hacer? —me pregunta Biel agarrándome con fuerza del brazo.

—Confía en mí —replico mirándole a los ojos.

Él mantiene su mano firme alrededor de mi brazo hasta que percibo cómo me suelta muy lentamente y asiente con su cabeza. Tomo una bocanada de aire y me decido. Atravieso la discoteca ocultándome de la mirada de Ginés y, a un par de personas de él, empujo a una chica que cae sobre uno de sus amigos y cuya bebida termina calándolo. No puedo evitar reírme, porque me he hecho un Jimena.

lunes, 11 de abril de 2022

Distancia Focal: Capítulo 12. Halloween

 


De haber estado en Madrid, con toda probabilidad, a estas alturas del mes de octubre ya habría sacado el abrigo de plumas. Sin embargo, en la ciudad de Málaga hoy el día está despejado y estoy disfrutando de estos cálidos instantes en los que me dejo abrazar por los últimos rayos del atardecer.

Estoy apoyada sobre la barandilla del Muelle Uno, admirando la vista que me otorga y viendo La Farola, el faro de la ciudad, que se recorta contra el horizonte y destaca con su blanco sobre el fondo de azules.

Los nervios que me han azotado durante toda mi jornada de trabajo en la tienda se han visto incrementados por esta espera lenta que me está devorando. He quedado con Ginés justo aquí, en el extremo de las Pérgolas de la Victoria que da al Centre Pompidou. La gente pasea, monta en bici y aprovecha la tarde de viernes para relajarse cerca del puerto y disfrutar de los restaurantes que hay en él.

Estoy observando a una niña subida en su triciclo rosa cuando una mano me da un par de toques en el hombro.

—Espero que no hayas tenido que esperar mucho —dice él con una amable sonrisa.

—No, he llegado hace unos minutos —miento. Porque la verdad es que llevo casi veinte aquí esperando.

—Perdón por el pequeño retraso, he tenido que resolver algunas cosas en casa.

Su rostro se entristece y me da mucha ternura verlo tan afligido.

—¿Qué te parece si nos sentamos ahí? —propone señalando una cafetería que tiene dispuesta una terraza.

—Claro.

Primero pedimos un par de cafés y luego tomamos asiento en una mesa que queda frente al paseo. Lo contemplo. Él se remueve inquieto y veo cómo sus hombros están algo caídos. Ahora me pregunto si ha sido una buena idea todo esto.

—¿Qué tal en la tienda? —se interesa.

—Pues… otra jornada trabajando de cara al público y fingiendo que no quiero matar a todas y cada una de las personas que me contestan con malos modos —respondo. A lo mejor me he pasado de sincera, pero consigo robarle una sonrisa y eso me gusta—. ¿Tú qué tal?

—Nervioso —confiesa—. Es solo que… —Tragas saliva—. Todo esto me remueve mucho. Sufrí tanto en su momento que me ha costado volver a ser mínimamente yo.

La presión que ocasionan sus palabras en mi pecho me hace mover mi mano y agarrar una de las de él.

—Tampoco hace falta que me cuentes todo, no quiero hacerte daño —digo con sinceridad—. Podemos dejar el tema de lado y simplemente tomarnos el café.

Ginés se lo piensa. La curiosidad me pica en la lengua y me pide que insista, que le pida explicaciones, pero mi empatía me frena. Lo veo muy vulnerable. Tras unos segundos en silencio, suelta el aire en una gran bocanada y me sonríe.

—No, te debo una explicación y, además, me va a venir muy bien hablar esto con alguien. Sé que puedo confiar en ti.

Se me escapa una sonrisa al ver que él se relaja. Da un sorbo a su café y, asiendo aún mi mano, arranca su relato.

—Será más sencillo si empiezo por el principio. Elio y yo nos criamos juntos. Su padre y el mío fueron amigos toda la vida hasta que… —Él aprieta los labios con fuerza—, hasta que mi padre murió en un pesquero.

Me hielo. No me esperaba esa información.

—Lo siento mucho —es lo único que se me ocurre responder.

—Fue hace años, sigue doliendo, pero uno se hace a su ausencia. —Frena sus palabras por un segundo, una pausa que es llenada por el ruido de la gente yendo y viniendo—. Tras aquello, Elio y yo nos unimos aún más. Fue como el hermano que nunca tuve. Su familia me acogió muchas tardes en las que mi madre tenía que trabajar hasta tarde y en el colegio, cuando todo el mundo se metía con él por llevar gafas y tartamudear, yo fui el único que lo defendió.

Parpadeo, asombrada por lo que me cuenta Ginés. Lo narra con tanto cariño y amor que sé que algo muy grave tuvo que ocurrir entre ellos.

—Incluso en el momento en el que Elio decidió juntarse con malas compañías… yo lo seguí. —Los ojos se le humedecen.

—¿Malas compañías? —inquiero, curiosa.

—Fue al poco de empezar el instituto. El acoso a Elio solo fue en aumento y en una de las ocasiones terminó peleándose con un chico al que partió la nariz. Y al final no sé muy bien cómo, pero terminó juntándose con él y con sus amigos. Yo lo seguí, siempre tuve esa especie de instinto protector con él. Sin saber que justo por eso me acabaría metiendo en tantos líos.

—Algo me han contado sobre que terminó en un reformatorio —digo para que Ginés suelte prenda. No quiero insistir, pero a la vez lo estoy deseando.

—Eso fue la punta del iceberg. En realidad, todo empezó mucho antes. En un principio solo nos emborrachábamos y hacíamos tonterías, pero luego… las cosas se complicaron. —Ginés atrapa mis manos con las suyas y me mira directamente a los ojos—. No estoy orgulloso de lo que hice y me voy a arrepentir toda la vida de ello, pero… terminé siendo parte de las desventuras de Elio y sus amigos. Robábamos en tiendas, incluso algunos coches, tiramos una moto al mar, una vez hasta atracamos a una señora mayor en un cajero. Pequeños delitos de los que nos librábamos siempre por los pelos. —Su voz se ha vuelto grave y veo el cansancio en su rostro—. La noche en la que detuvieron a Elio, tuve una pelea muy fuerte con él, porque yo quería dejar de lado todo aquello. Yo quería alejarme de aquellos tíos. Y así lo hice, me quedé en casa mientras ocurría todo y pese a las insistencias de Ainara para que no lo dejara solo, lo hice —relata y frunce el ceño.

¿Ese había sido el papel de Ainara? ¿Por eso le había lanzado aquella mirada en la playa? ¿Era porque culpaba a Ginés de lo ocurrido con Elio?

—Al día siguiente todo el mundo sabía que habían detenido a Elio porque se había colado en la casa de un empresario con contactos en el ayuntamiento. Mi madre me pidió que dejase de hablarle de inmediato y yo… le hice caso. Es toda mi familia, Jimena.

—Es comprensible —digo acariciando su hombro—. Fue él quien hizo mal.

—Y aun así yo pagué parte de las consecuencias. ¿Sabes que Dylan, Alex, Biel y Ainara eran mis amigos? —No puedo ocultar la mueca de sorpresa—. Elio les comió la cabeza para que me dejasen de lado y por mucho que lo intenté, nunca me creyeron. Montó toda una mentira para que me odiasen y terminé siendo el apestado.

—¿En serio?

Él asiente. Está tan afectado que sus manos tiemblan y termino por abrazarlo. El relato de Ginés me deja fría. Sé que Luque es un prepotente, pero de ahí a ser tan mala persona como para hacerle el vacío a un amigo de la infancia que quiso alejarse de las malas compañías…

Aunque si lo analizo con frialdad, el otro día cuando quedamos se comportó como un imbécil con Julia.

—Siento ponerme así, no pretendía perder el control. Pero es que lo pasé tan mal… Por eso te dije que te alejases de él, Jimena. No quiero que haga daño a más gente y parece que te tiene en la mira.

—¿A mí? —dudo, extrañada.

—Cuando os vi el otro día en la biblioteca tuve un mal presentimiento. Elio tiene mucho éxito entre las chicas y no duda en ilusionarlas para luego dejarlas tiradas. Se ha vuelto un egocéntrico que solo busca manipular al resto. No caigas en su trampa.

Se me escapa una risilla.

—No voy a caer en ella, ni de lejos —afirmo, muy segura de mis palabras. Y, sin embargo, un picor extraño me recorre la nuca. 

 

***

—¿Por qué estás tan pensativa?

Gaia y yo llevamos casi una hora en videollamada. Hace unas semanas me propuso que hiciésemos así los deberes y debo admitir que a ratos parece que volvemos a las tardes de biblioteca.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Solo estoy concentrada.

—Llevas siete minutos mirando a la nada. Déjate de tonterías. Venga, dime qué ha pasado.

Le acabo contando todo.

—Hostia.

—¿Eso es lo único que me vas a decir?

—Es solo que… yo venía a contarte mis movidas con el gilipuertas de Perseo y ahora mis tonterías no son nada con este percal. Estamos hablando de un delincuente. Un delincuente que resulta que puede llegar a ser tu cuñado.

—No me recuerdes eso.

—¿No me dijiste que Julia parecía muy feliz con Mateo?

—Sí, pero con Elio en la ecuación, ¿crees que esto va a terminar bien? Y más después de lo que me ha contado Ginés.

Gaia se queda muy callada, algo raro en ella pues es una de esas personas que tiene la imperiosa necesidad de compartir todos sus pensamientos constantemente.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? —Su voz se alza una octava.

—Venga, escúpelo.

Se resiste apenas un par de segundos.

—Es que solo tenemos la versión de Ginés.

—¿Qué quieres decir?

—A ver… En todo hecho hay versiones, ¿no? —Yo asiento con la cabeza—. Pues aquí solo se nos ha presentado una.

—Dios santo, cómo se nota que estudias derecho.

Gaia pone los ojos en blanco.

—Es solo que a lo mejor no deberías arrojarte a una conclusión precipitada sin tener todas las pruebas que demuestren que es verdad.

—Pero es que la mayoría de ellas apuntan a que es cierto.

—La primera regla que nos ha enseñado mi profesora de derecho penal es que, en vez de intentar probar una hipótesis, intentemos demostrar que es falsa.

—¿Traducción?

—En vez de asumir que Elio es un delincuente en potencia, intenta demostrar que no lo es.

 


Me cruzo con un grupo enorme de chicos disfrazados de distintas versiones de El Joker mientras avanzo por las calles de la ciudad. La noche ha terminado coronada por una banda de nubes que hacen que el cielo refleje la luz de las farolas y cree un espacio fantasmagórico. Lo cual es ideal para la noche más terrorífica del año.

—¿Pero a quién tenemos aquí? ¿Eres una momia? —inquiere Dylan

—¿No tienes frío con eso puesto? Te estoy viendo los pezones —dice Biel mirándome de arriba abajo.

—Pero si hace una temperatura de muerte —digo intentando hacer un chiste.

—Menos mal que eres guapo, porque la gracia… —responde Ainara.

—Sois unos malditos.

Caminamos hasta la entrada del garito, un local enorme que a Machado le ha dejado uno de los amigos de sus padres y que, en dos días, deprisa y corriendo, hemos tenido que decorar para la fiesta de hoy.

—Joder, pues al final sí que hemos hecho buena caja —indica Biel al ver la cantidad de gente que se aglomera en la puerta para entrar.

—¡Amigos! —grita Machado. No son ni las doce, pero ya va cargadito.

Va vestido de presidiario y arrastra hasta una cadena de plástico con una enorme bola que casi lo hace tropezar.

—Ainara, qué mal rollito das vestida de muñeca diabólica. Hoy tu hermano está más guapo, ¿eres Jack Sparrow? Dylan de zombi, el guaperas de momia y… ¿Y tú de qué se supone que vas vestido?

—De declaración de la renta —explica mi mejor amigo señalándose el cartel que tiene sobre el cuerpo y en el cual se puede ver una imagen impresa de la web del Ministerio de Hacienda.

—El más tenebroso de todos —concuerda nuestro compañero—. Podéis colaros. Decid en la puerta que vais de mi parte y el número sesenta y nueve.

—¿Sesenta y nueve? —cuestiono.

—Es la clave para la gente de clase.

Obedecemos a Machado y, aunque el de seguridad frunce el ceño, la contraseña surte efecto. Dentro del local la música lo llena todo y entre el juego de luces y los disfraces, nos es casi imposible discernir si conocemos a la gente con la que nos cruzamos o no. Eso no nos impide disfrutar del momento y pronto somos parte de la marea de cuerpos que baila al ritmo de los últimos éxitos.

Haciéndome hueco como puedo me retiro hasta la barra para poder pedirme otra copa y es ahí donde la veo por primera vez en toda la noche. Se ha planchado el pelo lo que hace que sus rasgos que vean aún más angulosos, o puede que sea el maquillaje lo que logra ese efecto. Reconozco al personaje de inmediato: Sally de Pesadilla antes de Navidad. Hasta con ese tono azul mortecino y las cicatrices alrededor de su boca está guapa.

Me veo obligado a sonreír porque ella lo hace con un brillo demencial en la cara y la veo feliz. Rara vez la he visto con un gesto así cuando me mira, aunque lo entiendo, no he sido la persona más amable con ella, pero es que Jimena… ay, Jimena. Desde que la vi en la cafetería aquella mañana en la que le robé el café no he podido dejar de posar los ojos en ella y parece que una parte de mí quiere descubrir todas sus caras, todas sus facetas.

Confieso que me esperaba provocar algún tipo de reacción por su parte cuando subí la foto que le tomé en Nerja, pero no me ha hecho ni un comentario. Así que supongo que no la habrá visto, tiene sentido, después de todo no me sigue y dudo que se pase los días viendo mi perfil. Ya ha dejado claro en más de una ocasión esa animadversión que le causo y, no obstante… Sé que va a girar su cabeza y me va a mirar en tres, dos...

Ahí está.

Mi sonrisa se ensancha y muevo la cabeza en señal de saludo. Ella me hace una peineta y niega con la cabeza a su interlocutor. Solo entonces me doy cuenta de quién es y se me cae el mundo a los pies. Mi cuerpo entero se congela. No. Ginés otra vez no. ¿Qué coño le pasa con Jimena? Joder, a ella no. A ella que la deje en paz.

Aprieto con furia el vaso que sostengo entre las manos e ignoro a la camarera cuando me pregunta qué quiero. Se la tengo guardada, se la tengo guardada desde hace mucho tiempo. Por su culpa, por su puta culpa…

—Ey, ¿has pedido ya? —me pregunta Biel, que con su toque me saca de mis pensamientos—. ¿Qué te pasa? Vaya careto tienes.

—Ginés.

Como no desvío la mirada, mi mejor amigo es capaz de localizarlo con facilidad.

—Elio, ni se te ocurra.

—¿El qué?

—Sabes perfectamente el qué. No dejes que tenga poder sobre ti.

—Debería partirle la cara. Últimamente no para de revolotear y después de todo lo que hizo…

—Si causas un alboroto no solo vas a salir perjudicado tú. Piensa en Ainara, joder.

—Precisamente por ella debería ir allí.

Dos partes de mi mismo ser se pelean. Es ese sentimiento de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que me acompaña desde que él me rompió, desde que él me llevó al extremo. La parte cuerda que me pide estar quieto, que me pide resistirme; y la otra parte, mi parte más salvaje, la parte que él creó en mis adentros y que me pide cruzar el garito, cogerle del cuello de la camisa y partirle la cara. La cuestión es, ¿cuál de mis partes acabará ganando la batalla?

lunes, 4 de abril de 2022

Distancia Focal. Capítulo 11: La foto

 


Mi plan para este sábado era el de impedir por todos los medios que Julia y Mateo lograsen acercarse más, pero con lo que no contaba es con el grano en el culo que es Jimena. Malditas casualidades del destino.

No me ha gustado nada la dichosa insistencia y el peloteo que la madrileña ha demostrado durante todo el día con mi hermano. La conversación que tuvieron las modelos en la playa con Julia vuelve a mí. ¿Está Jimena ayudando a su hermana para que así Mateo le haga las sesiones de fotos gratis y poder tirar de su agenda de contactos?

No quiero revivir un Cintia.

No quiero volver a ver a mi hermano perdiendo el culo por una persona que solo se aprovechó de él, que le llegó a estafar dinero y que lo dejó para casarse con un magnate de Marbella que le ofreció el papel protagonista en una película. No pienso dejar que Mateo vuelva a desdibujarse entre noches de llanto por una persona que solo le utilizó. Me niego.

Y no me gusta pensar mal de la gente, pero… la pesadez de Jimena solo me hace sospechar que esto es un ardid que han montado las hermanas para servirse de la ingenuidad de mi hermano. Aunque me cuesta mucho pensar en la madrileña en ese papel tan falso.

Por eso he intentado hacerlo de manera un poco disimulada y he terminado por pegarme todo lo que puedo a Julia. Si estoy constantemente a su lado, si soy su sombra, no habrá momento de intimidad entre mi hermano y ella y no podrán…

No sé cómo tengo los reflejos suficientes como para tomarla, pero, de pronto, tengo a Jimena entre mis brazos y pegada a mi cuerpo.

—Uy, perdona. Es que me he tropezado…

Su expresión se transforma. El destello que cruza su mirada me deja anclado a ella. Jimena se calla. Debe de haber notado lo mismo que yo.

Sé que esta semana me ha estado rehuyendo y yo la he estado tocando las narices en clase con toques en su espalda, queriendo volverla loca. Pero ahora, con su piel pegada a la mía, ha sido capaz de dejarme sin aire.

La calidez de su cuerpo genera un contraste enorme con la humedad y el fresco de las rocas que nos rodean. Me permito un momento para perderme en su rostro y aprovecho nuestra cercanía para volver a recorrer su perfil. Su pequeña nariz, sus mejillas sonrosadas, sus labios… sus condenados labios con ese arco de cupido tan pronunciado y que los hace aún más especiales. Apenas estamos iluminados por un par de focos lejanos, muy tenues para no dañar la conservación de esta cúpula natural que nos ampara. De pronto, se me escapa una risilla.

—Voy a empezar a pensar que te gusta acercarte a mí cuando estamos en la penumbra.

—Oh, por favor… tu egocentrismo de verdad que resulta exasperante.

Un señor pide paso a nuestra espalda y yo la agarro de la cintura, reduciendo aún más el espacio que nos separa. Con el movimiento, su pelo le tapa media cara y, sin dudarlo, mis dedos buscan su rostro y en una caricia se lo colocan detrás de la oreja. Un contacto que hago largo, lento, porque quiero disfrutar de su suavidad.

—Bueno, algo estaré haciendo bien cuando has caído entre mis brazos.

Sé que ella está intentando pensar en cómo devolvérmela. Pero es incapaz de dar con ello, así que se lanza a lo fácil.

—Eres tan pedante, tan creído, tan chulo, tan… tan…

—¿Tan?

—Insoportable.

—No estarás intentando ocultar algo con todas esas palabras, ¿no? —la provoco. Dios… lo que disfruto provocando su fuego.

—¿El qué?

—Que el otro día te gustó estar tan cerca de mí en ese portal. Tal y como estamos ahora. Y que te pongo nerviosa, Jimena, muy nerviosa… pero no porque me odies.

Su mirada se torna felina, sus pupilas dilatadas son dos océanos al anochecer con la marea alta. Pega su cara a la mía y me suelta una risa sobre la boca.

—Antes de caer bajo tus trucos baratos de guapo de calendario, prefiero congelarme en Siberia.

El olor a fresas lo inunda todo a mi alrededor. Ella lo inunda todo.

—Ah, ¿sí? —Me muerdo el labio inferior y ella cae en el desafío mirándolos.

—Sí. —Intenta sonar segura, pero termina saliendo un sonido muy agudo al pronunciar el final de ese «Sí».

Sus manos ahora descansan en la parte alta de mi espalda y sus dedos se agarran con ímpetu a mis músculos. Su respiración ha aumentado su frecuencia y los leves suspiros que escapan de entre sus labios generan en mitad de mi pecho la necesidad de aspirar cada uno de ellos.

Mi mano desciende levemente hacia su cuello y juraría que de su boca escapa un gemido. La gente pasa a nuestro alrededor, algunos sé que se nos quedan mirando, aun así, yo no corto el contacto visual con ella. Sus ojos siguen en mi boca y sé en lo que está pensando. Jimena es un libro abierto. Me inclino de forma sutil hacia ella y mis brazos se cierran entorno a su cuerpo, firmes.

Su cabeza se alza, buscando el contacto entre nosotros y yo dejo que sea ella quien se aproxime muy poco a poco, reduciendo la distancia. El embrujo que produce en mí es potente, pero mi orgullo herido lo es más, así que tras la retahíla de comentarios solo me queda hacer una cosa… soltarla.

Ella se escurre y pega con el culo en el suelo. La risotada que pego es tan alta, que soy regañado por varios de los asistentes de la cueva.

—Me cago en la…

—¿Necesitas que te eche una mano? —digo con un impostado tono caballeroso y ofreciendo mi palma.

—Al cuello te la voy a echar, idiota.

—Así que confirmamos lo de la tienda: te gusta el sexo duro.

—¿Por qué demonios me has soltado?

—¿Qué te parece si la próxima vez que caigas en mis brazos no me insultas diciendo todo lo que has dicho sobre mí?

—¿La próxima vez? ¡JA! Ni de coña va a haber próxima vez. Y te recuerdo que me he tropezado. Como si yo quisiese estar cerca de ti o tocarte. Por favor…

Me pongo de cuclillas y pego mi cara a la de ella, tanto que rozo mi nariz con la suya y juego a volverla un poco loca, aunque mi sanidad esté ahora colgando de un hilo por las ganas que tengo de volver a sostenerla entre mis brazos y, esta vez, de no soltarla.

—Tengo fe y sé que va a haber una próxima. Estoy muy seguro —respondo sin titubear.

—Eres un…

—¡Jimena!

Julia se acerca corriendo para socorrer a su hermana y me alegra ver que la caída ha supuesto que se aleje de Mateo.

—Estoy bien, no te preocupes. Solo he resbalado.

—Estaba intentando ayudarla —digo con mi sonrisa más amable.

—Muchas gracias, Elio —responde Julia, incauta.

Su hermanita me aniquila con la vista y mi victoria es aún más dulce al saber que la he sacado de quicio. Gracias a Mateo, Jimena vuelve a ponerse en pie y seguimos nuestras andanzas por la cueva. Quizá mi intento por separar a mi hermano de Julia no ha servido, pero la caída de la madrileña, sí que lo ha logrado porque ahora su protectora hermana mayor no se separa de ella hasta que salimos a la luz del exterior.

No obstante, enfadar a Jimena ha tenido sus efectos secundarios en mí. Sigo notando sobre mis brazos y espalda sus manos, sería capaz hasta de dibujar la silueta de cada uno de sus dedos en mi piel. Intercambiamos una mirada cuando nos volvemos a montar en el coche y la veo pegarse todo lo que puede a la puerta para que ni el aire que se cuela por las ventanas nos roce al mismo tiempo.

La ciudad de Nerja nos recibe con un atardecer precioso y nosotros utilizamos la ocasión para deleitarnos de la caída del sol caminando por el paseo marítimo. Nos cruzamos con algunos pescadores que lanzan sus cañas y amenizan las horas poniéndose al día. Las rocas crean un paisaje que siempre me ha gustado apreciar en la ciudad y al pasar frente a la estatua de Chanquete, las hermanas posan para la cámara de mi hermano.

Subimos las escaleras para llegar al Balcón de Europa y no me corto al apreciar el vaivén de las caderas de mi compañera de clase. No me importaría que volviese a tropezarse ahora mismo y agarrarla por…

—Elio —me regaña en un susurro enfadado Mateo.

—¿Qué pasa? —replico en el mismo tono.

—¿En serio te lo tengo que decir?

—Solo miraba.

—No es muy educado mirar ciertas… partes de una chica.

—Oh, venga, como que tú no le has mirado las tetas a Julia —lo acuso. Él tartamudea, pillado.

—Yo no…

—¿Piensas que ella no se ha quedado embobada mirándote los antebrazos o los pectorales?

—¿Ella me ha mirado así?

Mierda. Soy un bocazas. Recuerda el plan, Elio: separar a Julia y Mateo.

—Lo que quiero decir es que es normal apreciar los atributos de la gente. Eso no quiere decir nada.

—¿Nada?

—Nada de nada. Es solo la naturaleza.

Sigue siendo demasiado inocentón este hermano mío, así que lo aprovecho para aproximarme a Julia y esta vez ser yo quien hace de guía.

—¿Habíais estado antes?

—Sí —responde ella—. Fue el último verano justo antes de que nuestros padres se divorciaran.

—Oh… —contesto.

—Tranquilo, no fue algo traumático. Ambos siguen queriéndose muchísimo, aunque ya no están enamorados.

—¿En serio?

—Sí. Jimena y yo hemos tenido mucha suerte, sabemos de divorcios que destrozan a los hijos, pero nuestros padres nos priorizaron.

—Eso… Eso es muy bonito —reconozco con una medio sonrisa.

—Creo que, sobre todo, lo hicieron por Jimena. Ahí donde la ves, siempre tan dura, tan contestona… mi hermana tiene un corazón muy blandito.

—Cualquiera lo diría —murmuro con un tono juguetón. Julia me escucha.

—Es su mecanismo de defensa, pero no le digas que te lo he contado —dice ella con un guiño.

Se aleja y asoma por la barandilla. Julia, tal y como me pasa con su hermana, me confunde. ¿De verdad esta es ella o solo es un papel para conquistar a mi hermano? No puedo evitar compararla con Cintia, porque ella… Cintia llegó a ser casi como una hermana para mí y luego… luego nos hizo aquella jugada. Nunca se me va a olvidar esos ojos vacíos cuando dejó a Mateo, cuando le dijo que se casaba y que no la buscase más. Y a él, de rodillas, suplicando que ella se quedara a su lado.

—Jimena, ¿por qué no volvemos a tomarnos una foto en el mismo sitio de cuando éramos pequeñas? —sugiere Julia.

Su hermana le responde poniendo los ojos en blanco.

—Estoy cansada de tanta foto.

—Solo una más, por favor. Así se la podremos enviar a mamá.

Con eso la convence y la pelirroja se pone junto a ella. Posan con el viento moviendo sus melenas y terminan sonriéndose la una a la otra. Julia se acerca a Mateo para ver cómo han quedado las instantáneas y Jimena se gira para ver el mar.

Su rostro se transforma de inmediato. No hay líneas en su siempre arrugado ceño por la mala leche y las comisuras de su boca se alzan felices por lo que contempla. Los últimos rayos del sol perfilan su silueta y, antes de que me dé cuenta de lo que hago, he sacado el móvil y le he hecho un par de fotos.

—Eh, madrileña —la llamo. Sus ojos se fijan en mí y hago la última.

—Borra eso.

Una mueca de enfado conquista su cara y en un par de zancadas se pone frente a mí.

—¿No quieres verla antes?

—No.

Suspiro y, pese a su negación, se la muestro. Abre mucho los ojos al verse en la pantalla.

—¿Me has puesto un filtro?

—¿Qué?

—Que si la foto… —Apoya sus manos en las mías y se inclina para ver mejor—. ¿No lleva un filtro?

—No te hace falta.

Eleva la mirada y sus ojos castaños se vuelven miel. Sus manos aprietan aún más las mías y nos quedamos muy callados. Desvío la atención a sus labios, entreabiertos, que me tientan y sé que esta noche me van a perseguir en sueños. Ahora no sé hasta qué punto he hecho bien en dejarla caer en la cueva o debería haberla besado.

—¿Os apetece ir a cenar ya, chicos? —pregunta mi hermano apoyando una mano sobre mi hombro.

Nos separamos y veo cómo Jimena no para de toquetearse el pelo una y otra vez.

—Claro —contesto y me veo obligado a carraspear un par de veces.

Le lanzo una última mirada a la pelirroja. Mi corazón se salta tres latidos y luego comienza a cabalgar en mi pecho como un potro desbocado.

 


—¿Pero qué cojones? —chillo al verlo.

—¡Silencio! —me regaña una voz a mis espaldas.

Lo mato. Lo asesino. Lo descuartizo y se lo echo de comer a los peces. ¿Cómo ha subido esta foto en su maldito perfil de Instagram?

Vale que, como estoy de espaldas, no se me reconoce, nadie va a saber que soy yo, ¡pero yo lo sé! ¡Y me ha subido a su perfil! Maldito Luque.

Si lo analizo con ojo objetivo, la foto es una pasada y eso que está sacada con le móvil. Pero puede reconocerse que es obra de Elio, tanto por el ángulo en la que se ha captado, como por el detalle de la composición en el que mi cuerpo ocupa casi toda la parte derecha del encuadre y deja la izquierda al mar, las rocas y la bandada de pájaros.

Pero… ¡joder! Que ahora hay una foto mía en su feed.

—Lo mato. Lo asesino. Lo descuartizo…

—Espero que eso no sea para mí.

Me volteo para descubrir que tengo detrás de mí a Ginés. Parece que eso de encontrarnos en la biblioteca empieza a ser la tónica habitual.

—No, no es… —cierro el portátil corriendo, pero creo que él ya ha visto el perfil de quién estaba curioseando—. Olvídalo. ¿Qué tal? ¿Necesitabas algo?

—Es solo que te he visto y… quería disculparme por lo que pasó el otro día. Me marché por segunda vez sin darte explicaciones y creo que te las debo.

—¿Explicaciones?

—Sobre lo que dije de Elio.

Intento no hacerme la sorprendida, pero fallo estrepitosamente.

—Oh…

Gran respuesta, Jimena.

—¿Te parece si te invito a un café y te lo cuento? No me gustaría dejarte en la oscuridad con él.

Sé que lo dice de manera figurativa, pero mi mente recuerda el portal y la cueva. Las manos de Luque sobre mi cuerpo, su calor, su cercanía, sus labios… sus jugosos labios y la forma en la que pasó la lengua por ellos.

—¿Jimena? —He debido de quedarme demasiado tiempo en silencio.

—Ginés, es que se suponía que iba a ayudar a mi padre hoy. No sé si…

Él empieza a asentir y se mete las manos en los bolsillos. Sé que le prometí a papá ir con él esta tarde a la asociación del barrio, pero… ¿de verdad voy a dejar pasar la oportunidad de que Ginés me cuente lo que le ocurrió con Elio y por qué piensa que es un peligro?