lunes, 30 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 19. El informático



La primera vez que crucé el umbral de esta misma verja, yo era una persona muy diferente. Una versión de mí mismo triste y muy llena de rabia. ¿Y qué pasa cuando alguien mezcla esas dos emociones?

Que la caga y la caga mucho.

Así terminé en el reformatorio y como parte de mi «reeducación y reinserción en la sociedad» fui voluntario forzoso en la asociación del barrio. Ni siquiera sabía que teníamos una y mucho menos de todo el trabajo que hay detrás.

Las primeras semanas llegaba tarde, desganado y me negaba a participar en las actividades. Joder, ¿no se suponía que me tendrían que estar ayudando a mí después de la que había montado? En cambio, ahí estaba, ayudando a niños a colorear malditas fotocopias, entrenándolos para jugar al fútbol o al baloncesto, e incluso dando clases de zumba a personas mayores.

Lo odiaba. Venir hasta aquí era una tortura. Con mis diecisiete yo solo quería volver a centrarme en mí mismo y que me dejasen en paz para solo una cosa: vengarme.

lunes, 23 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 18. Romper las normas

 


—Yo no engaño a nadie.

El hombre sigue riendo.

—Oh, Ginés… Eres como tu madre.

—¿Guapa? —inquiere el aludido con un toque de picardía que resuena a través de la puerta.

—Sois de esas personas que cuando quieren algo, nadie puede detenerlos.

—Eso es todo un halago.

—No lo decía como tal.

Kiko vuelve a reírse, pero esta vez Ginés no lo acompaña.

—Oh, espera, mejor quedarse en una vieja bolera sin casi clientes y con dos préstamos del banco de los que nunca te vas a librar. Perdona que no quiera terminar como tú, tío.

¿Tío?

—Ginés… —lo reprende.

—No vuelvas a hablar mal de ella. Sabes todo lo que ha hecho por sacarme adelante.

Con esas últimas palabras se va. Lo sé porque oigo unas pisadas fuertes chocar contra el suelo. Pasan unos minutos hasta que escucho el siguiente par.

¿En serio Ginés no nos ha contado que Kiko es su tío? ¿O ha utilizado la palabra más bien como un apelativo y nada más?

La puerta se abre y no soy rápida para apartarme, por lo que me da de pleno en la frente.

—¡Auch! —me lamento mientras me froto la zona lastimada.

—Ay, Mena, perdona. He venido a buscarte, tardabas tanto… ¿Te he dado muy fuerte?

Mi hermana examina con cuidado mi cara y la veo torcer el gesto de manera disimulada. Doy un giro sobre mí misma para verme en el espejo y me doy cuenta de que tengo un enorme chichón en la línea del pelo.

—Parezco un unicornio —me quejo pasando la mano por la protuberancia.

—Vamos a fuera, quizá con un poco de hielo…

Hago caso a mi hermana y salimos de los servicios. Ginés no tarda en localizarnos y corre hacia nosotras.

—Ey, ¿dónde…? ¿Jimena? ¿Pero qué te ha pasado?

—Le he dado sin querer cuando he ido a buscarla al baño —explica mi hermana.

Él abre los ojos durante un segundo y luego frunce el ceño.

—¿Estás bien?

—Sí —respondo rápida—. Solo me duele un poco.

Fija la mirada en mi frente y su boca se tuerce hacia un lado. ¿Quiere eso decir que está peor? Dios mío…

—¿Podrías traernos un poco de hielo, por favor?

—Por supuesto, id a sentaros.

Hacemos caso y él se marcha para hablar con la chica del bar que deja de limpiar la barra y escucha la petición de Ginés. Desvío la mirada hacia Kiko que, con una mueca de tensión, parece estar muy concentrado en colocar los zapatos.

—Aquí lo tienes.

Ginés toma uno de los cubitos y, tras ponerlo en una servilleta, me lo pasa con extremo cuidado por la piel. El alivio es instantáneo y frena parte del dolor que se gesta en mis sienes por el golpetazo. Miro al chico que me devuelve un gesto amable.

—Trae, no quiero que te quedes sin dedos por mi culpa.

—Los perdería encantado, a fin de cuentas, hoy sois mi responsabilidad. Estabais bajo mi cuidado y mira lo que ha ocurrido.

—Qué amable eres, Ginés —lo adula mi hermana.

A mí el discurso me escama. ¿Responsabilidad? ¿Bajo su cuidado? ¿Hemos vuelto a la regencia? ¿Me he dado más fuerte de lo que pensaba y ahora estoy en un episodio de los Bridgerton?

Mi ceja derecha se dispara y el gesto me hace daño, pero no lo puedo evitar. No me gusta nada que me traten como a una damisela en apuros. Porque no lo soy. Me he roto el brazo izquierdo dos veces, me he hecho cuatro esguinces y me han tenido que dar un total de dieciocho puntos a lo largo de lo que llevo de vida. Por una hostia con una puerta no me voy a morir y creo que mi padre no le va a pedir un duelo al amanecer. En cambio, Julia está encantada con la palabrería. Así es ella.

Le quito el hielo de las manos y me lo froto una y otra vez por el bulto de mi frente. Mi hermana me regaña con la mirada por mi brusquedad.

—Vamos a tener que dar la partida por finalizada —apunta él con un amago de sonrisa.

—¿Qué? No, no. Podemos seguir.

—Pero…

—Mena, creo que es mejor que nos tomemos un descanso. Otro día podemos volver —dice ella conciliadora.

—Julia tiene razón, ¿os apetece que vayamos a cenar? No muy lejos hay un japonés al que podríamos ir.

Mi hermana asiente enérgicamente y recogemos nuestras cosas para ir a por nuestros zapatos.

—¿Ya os marcháis? —pregunta Kiko al acercarnos.

—Sí, hemos tenido suficientes emociones por hoy —dice mi hermana con el dedo índice señalando mi chichón.

—Pero, ¿qué te ha pasado ahí, niña?

—La puerta del baño.

Kiko echa un rápido vistazo a Ginés, pero enseguida se vuelve hacia mí y niega con un gesto divertido.

—Luego hablaré con esa puerta para que no se le ocurra volver a agredir a mis clientes —suelta en un intento por hacerse el gracioso.

Sonrío forzada.

—Nuestros zapatos, por favor —pide Ginés.

Me mareo un poco a la hora de hacer el cambio de unos a otros, pero se me pasa rápido cuando dejamos la bolera y salimos al exterior. El aire frío y húmedo me despeja y también ayuda a que el golpe no me duela tanto ahora que ya no tengo el hielo.

Contemplo las calles llenas de las luces de Navidad. Me entusiasmo al pasar por una tienda y ver que los escaparates empiezan a llenarse con ofertas. Se nota que noviembre se acaba y que la ciudad quiere que lleguen ya las fiestas. Admito que yo también estoy deseosa, aunque eso solo significa que tengo cada vez más cerca los exámenes finales de las asignaturas de este cuatrimestre.

Avanzamos por la avenida y, en una esquina, Ginés frena.

—Es este sitio.

Debo admitir que me quedo impresionada con el lugar. La madera oscura junto con la cortina noren, que atravesamos al entrar, le dan ese toque que recrea el aspecto de un restaurante típico de ramen japonés. A eso hay que unirle el aroma que acude a mis fosas nasales nada más ponemos un pie dentro y que hace que mi estómago ruja. Tomamos asiento junto a una ventana y hacemos caso a las indicaciones de Ginés sobre lo que debemos pedir mientras la conversación fluye y mi golpe deja de dolerme tanto.

—Me ha dicho Jimena que estudias también filología.

—Sí —responde él con una sonrisa de oreja a oreja—. De pequeño mi padre solía leerme cuentos antes de dormir y fue entonces cuando descubrí que la literatura podría darme más, mucho más y me enamoré de las letras y su capacidad creadora.

—¿Así que planeas ser escritor?

—Bueno, sé que será duro y que requiere mucho sacrificio, pero este es el primer paso. Me gustaría llegar a escribir una de esas obras que cambian por completo la literatura y cómo escribe toda una generación.

—Vaya, eso es apostar alto. Estoy segura de que tu padre está muy orgulloso de ti.

Mierda. No le he contado a Julia lo del padre de Ginés.

—Oh… lo haré para honrar su memoria. Desgraciadamente, murió.

Mi hermana se queda aun más pálida de lo que es.

—Lo lamento muchísimo, no lo sabía.

—No, tranquila. —Él alarga la mano y acaricia los nudillos de ella—. Es una de mis mayores motivaciones. Sé que estará muy orgulloso de mí y que cumpliré uno de sus sueños, lo malo es no poder compartir esto con él.

El silencio incómodo se llena con la interrupción de uno de los camareros que nos trae las bebidas. Para cuando retomamos la conversación, mi hermana parece un poco más entera.

—Entonces, ¿tienes algo publicado ya?

—No, aún no. Tengo varias ideas, grandes ideas, pero aún no he llegado al punto óptimo para escribirlas. Además, son obras que solo van a poder ser publicadas por grandes editoriales y aún no tengo los contactos.

—¿Por qué grandes editoriales? —inquiero con curiosidad.

—Solo un editor va a poder entender todo lo que quiero encerrar y va a saber cómo guiarme, ya lo sabes.

Me da un tirón en el lateral izquierdo de la boca.

—Pero has dicho que no has escrito nada de esas obras.

—De esas no, tengo alguna otra cosilla por ahí, pero nadie con el talento suficiente las ha leído.

—¿El talento suficiente?

—Claro, ya lo he dicho antes, planeo escribir una obra que cambie a toda una generación, que cause un impacto masivo.

—Las obras que causan eso no necesariamente son las aclamadas por los entendidos, ya lo sabes —repito devolviéndosela. Ginés apoya los codos sobre la mesa y entrecierra los ojos—. Muchas obras que rompieron con patrones fueron tachadas de esperpento y no ha sido hasta años o incluso siglos después que se les ha dado el reconocimiento adecuado.

Se le escapa una sonrisa condescendiente.

—¿Y qué propones? ¿Qué cualquiera escriba? ¿Tal y como sucede ahora en una época en la que todo el mundo puede ser escritor? —La última palabra la pronuncia con desdén.

—Es la democratización de la cultura. ¿Por qué dejar que sean unos pocos los que dicten todas las normas y lo que debe o no ser un buen libro?

—Pues porque sin normas, se desharía todo, dejaría de tener sentido el mero acto de escribir.

—O cobraría más.

Entrecierra los ojos. Mi hermana pone una mano sobre mi pierna y me aprieta.

—Jimena, ¿estás estudiando filología para destruir la lengua desde dentro? —Se carcajea.

Me veo obligada a responder a su risa socarrona con otra.

—No, ni mucho menos. Y soy la primera que defiende que deben respetarse las normas, porque sin ellas no podríamos comunicarnos, no habría lengua como tal; pero también entiendo que debemos avanzar, que el lenguaje es un ser vivo que evoluciona con sus hablantes.

—¿Y desvirtuarla? Si empezamos a inventar y romper normas, acabamos con el lenguaje y la escritura, las deshonramos.

—Entonces, ¿crees que deberíamos eliminar palabras como odisea, mentor, donjuán, celestina o lazarillo?

—¿Qué? —Arruga la frente y suelta un bufido divertido por no entender el cambio de rumbo—. ¿Por qué haríamos eso? Creo que te has perdido en tu argumentación.

—Son términos que hemos adoptado a través de personajes literarios y ahora son comunes.

—Y eso son casos excepcionales.

—¿El doblepensar de Orwell o el síndrome de Peter Pan también lo son? —Se queda serio—. Vamos, Ginés, si quieres hacer una obra que rompa y marque a una generación, como has dicho, el primer paso es entender que eso no lo vas a saber hasta que escribas y luego te lean. Y no lo digo por los editores o críticos, lo digo por la gente de a pie.

—Lo estás llevando todo al absurdo.

—¿El absurdo? Absurdo es ser tan elitista con la creación literaria.

—¡La comida ya está aquí!

Julia nos interrumpe y observo cómo Ginés, en vez de querer seguir con nuestro debate, cambia completamente de tema y se centra en alabar el caldo de su bol y los fideos que lo acompañan.

Mi hermana colabora para que la conversación no vuelva a girar entorno a nuestro punto de choque y solo cuando desvía la mirada hacia su teléfono Ginés deja de hablar de la comida y le pregunta.

—¿Esperas la llamada de alguien?

—Ah, perdona, qué mal educada, debería guardar el móvil. No es importante.

Sé que ha mirado para ver si se trataba de Mateo y, por su expresión de decepción, no lo es. Han pasado casi dos semanas desde la última vez que hablaron y cada día es un poco más duro para Julia. Eso es lo que ocurre con un alma tan enamoradiza como la suya, aunque de cara a la galería siga diciendo que solo lo considera un amigo, esos ojos tristes me dicen que no es así.

Ginés es rápido en leer el ambiente y saca con destreza temas triviales con los que lograr que mi hermana levante el ánimo. Tengo que agradecérselo, pues logra animar a Julia con su verborrea y que esta deje de lado los mensajes ignorados.

Terminamos entre risas y con el estómago caliente y satisfecho. Pagamos y salimos del restaurante intentando abrigarnos. Ahora, la noche, más cerrada y fría, me obliga a alzar los hombros y esconder la cara dentro de mi abrigo los largos y tediosos minutos que esperamos en la parada.

Una vez subimos al bus, mi hermana se sienta y queda alejada de nosotros, por lo que Ginés aprovecha y se acerca a mí para preguntarme.

—No te habrás enfadado conmigo por lo que hemos hablado antes, ¿verdad?

En un principio no sé a qué se refiere, pero luego caigo en nuestro rifirrafe.

—¿Qué? ¡No! Claro que no. ¿Sabes que podemos tener opiniones distintas y ser amigos?

Los párpados de Ginés caen y ladea la cabeza con una medio sonrisa.

—Lo sé. Pero me ha parecido que te he ofendido un poco con mi punto de vista y no me gustaría que te llevases una mala impresión de mí.

—Tranquilo, no ha sido así, futuro escritor de la generación.

Logro que suelte una risilla y parece entender que no le guardo rencor. Lo cierto es que, después de ver lo bien que le ha sentado a mi hermana su compañía, le debo mucho.

—No te tenía por una chica que rompe las normas.

—A veces uno no es lo que parece.

—A veces…

 

***

Disfruto del calor de los primeros rayos de sol que se cuelan por la ventana y también de la suavidad de las sábanas acariciando mi piel. Hasta que tres golpes rítmicos en la puerta me hacen incorporarme.

—¿Aún estás en la cama?

—Perdón, se me ha olvidado poner la alarma.

—Nada, venga, una ducha rápida y nos vamos.

Después de insistir un par de veces en que lo acompañásemos, finalmente he decidido ir con mi padre a la asociación del barrio en la que ayuda. Lo veo muy implicado y creo que le está sentando genial pasar esos ratos allí y no sentado en el parque jugando al ajedrez con el resto de amigos de mi abuelo. Parece que al fin ha encontrado su propio refugio y entretenimiento alejado de casa y es todo un avance.

Estoy escogiendo la lista de reproducción que quiero disfrutar mientras me ducho, cuando una llamada vuelve mi pantalla negra.

—¿Sí? ¿Lola?

—Tía… ¡Tía! ¡TÍAAAAAAAAAA!

—¿Qué pasa? —El tono de pánico me pone en alerta.

—Joder, joder, joder… Jime, que la he liado. Necesito que me ayudes, por favor. Sé que es un sábado y solo son las nueve, pero necesito que me ayudes.


lunes, 16 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 17. La bolera

 



—Tía, estoy hasta el moño de estudiar —se queja Gaia desde el otro lado de la pantalla—. Encima tengo que aguantar al maldito Perseo y su repelencia.

Sonrío a la pantalla. La relación de mi amiga con Perseo es complicada porque son como la noche y el día. Gaia es un torbellino de energía, una charlatana y una persona que irradia luz; mientras que Perseo… Perseo es un chico especial. Sumamente callado y circunspecto. Ese tipo de chicos a los que sabes que el silencio jamás les va a incomodar; observador e incluso a ratos algo perturbador. Sé que es humano porque lo he visto sangrar, que sino…

—Piensa que en enero vienes a pasar unos días —le recuerdo.

—Eso es lo único que me está salvando de este estrés. Los exámenes deberían estar prohibidos. ¿En serio se piensan que me voy a acordar de la mitad de lo que estoy estudiando una vez salga por la puerta de clase? Tengo que guardar ese espacio para recordar las letras de las canciones.

Me carcajeo. Da igual el año o el género de la canción, Gaia puede adivinarla con apenas un par de segundos de esta. Tiene un oído absoluto y pese a los años de conservatorio, al final ha decidido dedicarse al derecho. La excusa que siempre pone es que no quiere mancillar el amor con la música convirtiéndola en trabajo. Gaia y su lógica.

Miro el reloj y me doy cuenta de que tengo que empezar a vestirme. Al final acepté la propuesta de Ginés y él, de buen agrado, aceptó que viniese Julia. Y no sabe lo muchísimo que se lo agradezco porque la situación con Mateo no ha hecho más que enfriarse, lo cual tiene a mi hermana encerrada en una tristeza silenciosa.

Ni siquiera mi padre o mis abuelos se han percatado de que está más opaca que de costumbre, pero yo sí. He aprendido a leer las pequeñas señales, los pequeños gestos que me hacen ver todo el abatimiento que encierra dentro.

Como, por ejemplo, que ya no tararea canciones mientras hace las tareas de la casa, ha dejado de echarse brillo de labios y con más frecuencia que de costumbre su mirada vaga y ella se aleja de nosotros.

Así que le debo agradecer a Ginés el haber extendido la invitación a mi hermana.

—¿Cuál de los dos jerséis crees que me queda mejor? —le pregunto a Gaia.

—Ummmmm… El del escote cuadrado. Así vas abrigada, pero enseñas a las nenas un poco para que absorban vitamina D.

Pongo los ojos en blanco, aunque termino riéndome con el comentario de mi amiga. Salgo un momento del plano para cambiarme y mientras estoy en la tarea, Gaia sigue con la conversación.

—Entonces, este chico… Andrés…

—Ginés —corrijo.

—Eso, Ginés, te propuso una cita y tú has decidido llevar a tu hermana.

—No es una cita —digo apareciendo en pantalla de nuevo—. Es una quedada de amigos.

—Ajá.

El tono con el que pronuncia ese «Ajá» me pone en sobre aviso.

—¿Y el otro chico? Al que desgraciaste el otro día con la patada en los huevos.

—¡No fue una patada en los huevos! Le di sin querer, ya te lo dije.

—Sí… después de besarlo.

—No fue un beso de verdad. Caí sobre sus labios.

—Cuidado a lo mejor la próxima vez caes sobre su po…

—¿Estás lista? —interrumpe mi hermana y yo agradezco en silencio que haya entrado en la habitación y cortado la conversación—. ¡Hola, Gaia! Cuánto tiempo sin verte.

—¡Juli! Qué guapa estás, te queda muy bien ese vestido de punto.

Mi hermana sonríe comedida, aunque la sonrisa no le llega a la mirada.

—Muchas gracias, Gaia. —Julia se gira hacia mí—. Venía a avisarte de que Ginés está en el salón. ¿Tienes todo listo?

—Sí, ya estoy. Bueno, amiga, nos vemos en la siguiente videollamada.

—¡Pasadlo bien!

Ella se despide con un guiño y yo cierro el portátil. Salimos hacia el salón y al llegar Ginés charla animadamente tanto con mi padre como con mi abuelo. Mi abuela está atareada con un puzle y no les presta mucha atención.

—Hola —saludo al chico con un par de besos.

—Ya estáis aquí —evidencia mi padre—. Ginés me estaba contando que vais a ir a una bolera ambientada en los años ochenta.

—¿En serio? —pregunto entusiasmada con la idea. Me encantan los locales retro.

—Sí, el dueño es un amigo de mi madre y nos hará un precio especial.

Ginés muestra los dientes en una enorme sonrisa.

—¿Nos vamos?

—Claro.

Nos despedimos de mi familia y salimos a la calle. Ginés es quien dirige la conversación y lo hace de manera muy diestra. Mi hermana se siente en confianza con él e incluso parte de la tensión que lleva cargando estos días se esfuma.

O eso parece, hasta que nos cruzamos en el autobús con un chico cuya constitución me hace pensar en Mateo y sé que a ella también.

La esperanza aflora durante una décima de segundo en la cara de mi hermana y luego es sustituida por la desdicha. Ginés no se percata porque Julia es rápida en seguir con la conversación, pero yo no puedo evitar fruncir el ceño.

Al bajar, mi hermana se adelanta un poco y Ginés aprovecha para acercarse a mí.

—¿Todo bien? —su tono dulce y calmado me consuela y hace que relaje la expresión.

—Sí, todo bien.

Él se me queda mirando fijamente a los ojos durante un instante y se da cuenta de que le estoy mintiendo.

—¿Seguro?

Suelo odiar cuando la gente insiste en preguntarme cómo me siento, sin embargo, Ginés tiene algo que me hace confiar en él. Es una especie de halo que me alienta a depositar en él todos mis secretos y no los esparcirá por ningún sitio.

Pero este no es mi secreto.

—Seguro.

Frunce un poco el ceño, pero no insiste.

Al llegar a la parada nos bajamos y Ginés nos guía hasta el centro comercial en el que se encuentra la bolera. Está algo descuidada, aunque eso solo le otorga un poco más de encanto al sitio. Parece que hemos viajado realmente al pasado con los colores, los brillos y la música ochentera que lo llena todo.

Caminamos hasta un mostrador en donde un señor lleno de tatuajes por todas partes saluda a Ginés.

—Muchacho, ¿otra vez por aquí?

—Tenía que enseñarles a mis amigas madrileñas la mejor bolera de Málaga. Chicas, este es Kiko.

—Oh, así que forasteras. —El hombre dirige su mirada hacia nosotras—. Pues habéis venido al mejor sitio de todo Andalucía para echaros una partida de bolos y luego os podéis pasar por los recreativos. Aquí donde lo veis, este crío es un hacha con las máquinas de gancho, seguro que os puede sacar algún peluchillo.

El aludido se pone colorado hasta las orejas y me hace pensar en lo diferente que habría recibido el mismo elogio Luque. Espera, ¿por qué diantres pienso en Luque? No, no, no.

¡Fuera de mi cabeza!

—¿Jimena?

—¿Sí?

—La talla de zapato —repite Ginés.

—Un treinta y ocho, por favor.

Kiko va desinfectando los zapatos y los vamos cogiendo para marcharnos a nuestra pista. Odio la sensación de ponerme el calzado usado por tanta gente, pero, como no tengo más remedio, intento no pensarlo demasiado.

Arranca la partida Julia, que tiene tan mala pata que se le desvía del carril y no tira ningún bolo. Luego es el turno de Ginés, quien con gran facilidad se hace un pleno.

—¿Nos has traído aquí solo para poder pavonearte? —digo con tono juguetón.

—Me has pillado… —dice él por lo bajo, con una voz aterciopelada y una expresión divertida en el rostro.

Agarro la bola naranja con el número ocho grabado en su superficie. Me acerco hasta la línea y apunto hacia el centro. Es un tiro bueno, pero no lo suficiente, porque me dejo tres bolos en alto.

Así pasamos la tarde, riendo entre turno y turno, haciendo apuestas sobre quién tirará más al final (claramente lo será Ginés) y picando todo lo que Kiko nos trae a la mesa como regalo de bienvenida.

Llega un momento en el que voy al baño, el exceso de refrescos es lo que tiene, por lo que atravieso la bolera y me meto por un pequeño pasillo que solo tiene tres puertas. Las dos de los baños y una tercera en la que pone prohibido el paso.

Paso al servicio de señoras y al terminar escucho un par de voces a través de la pequeña rendija que hay por debajo de la puerta. Están algo lejos, pero distingo con facilidad a Ginés y Kiko.

Doy un paso hacia delante, pero antes de abrir la puerta me detengo.

—La semana pasada viniste con la morena y esta traes a dos. Eres increíble, quién tuviese veinte años otra vez…

—Oh, venga, Kiko. No digas esas cosas. Solo son amigas y sabes que me gusta tratar bien a mis amigas.

El hombre suelta una risotada y siento una gran animadversión hacia él.

—Venga, Ginés, te conozco desde que eres muy pequeño. Intenta engañar a otro.

Agarro el pomo y no sé si abrir e interrumpirlos o bien seguir aquí escuchándolos.


lunes, 9 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 16. Verdad o Mentira

 


Estoy a punto de darle al botón de enviar, cuando me detengo. ¿De verdad voy a hacer esto? Me estoy metiendo donde no me llaman, pero… Joder.

¡Hostia!

Mateo no se merece pasar por otra Cintia y viendo a Julia ahí, aún entre los brazos de ese hombre, dejando que él la acaricie y tome su rostro… parece que lo estoy reviviendo.

Pero no, no puedo hacerlo así. Enviarlas sin contexto, solo le dolería más a Mateo y no puedo hacer sufrir a mi hermano de ese modo.

—Elio, ¿qué pasa? —repite Biel.

—Creo que me voy.

—Pero ¿qué ocurre? —se interesa Dylan.

—¿Conoces a la rubia? —pregunta Alex con agudeza, sabiendo exactamente hacia dónde estoy mirando.

—Es la chica que le gusta a Mateo.

—No jodas…

Mis amigos fijan sus miradas en ella y sé en lo que están pensando. Vivieron el episodio de la traición a mi hermano, así que no tengo que explicar nada.

—Me voy.

—Elio…

—Me voy. No quiero ver nada más.

—Espera, nos vamos contigo.

Se levantan y, con cuidado de que Julia no me vea, salimos. Terminamos en un pequeño bar, en el que los chicos intentan distraerme. Lo logran en parte, aunque tres horas después, al regresar a casa y ver a mi hermano pendiente del teléfono, las fotos vuelven a mí.

—Eh, Mateo…

—¿Sí?

—¿Hoy no has salido?

Deja de mirar el móvil y levanta la vista.

—No, he estado revelando algunas fotos más.

De nuevo, baja la mirada y observo de refilón que está revisando sin mucho interés los posts de Instagram, como si buscase algo.

—Oh, pensé que habrías quedado con Julia —indago mientras me sirvo un gran vaso de agua y me bebo la mitad casi de una sentada.

—No, me dijo que había quedado con unas amigas y que no podía.

—¿Amigas?

—Sí.

Sigue tan centrado en su móvil que no se percata de la mueca que se me escapa. Así que Julia le ha dicho a mi hermano que había quedado con unas amigas… ya. Me sé esa historia.

—¿Y si te dijese que me he encontrado con ella?

Mateo centra toda su atención en mí.

—¿Con Julia?

—Con la misma.

—¿Qué tal? ¿Te ha dicho algo sobre mí?

Niego un par de veces con la cabeza.

—No hemos hablado.

—Oh…

La decepción inunda su semblante.

—Pero la he visto… con otro chico.

—Te habrás confundido, me dijo que venían un par de amigas de Madrid a verla.

—Estoy seguro de que era un chico. A no ser que tenga una gemela idéntica.

—Elio, de verdad, Julia…

Saco el móvil y le enseño las fotos. Dios, me siento como una puta mierda y, sin embargo, a la vez sé que es preferible el dolor ahora que más adelante. Mateo no podría con otro corazón roto.

—Vaya…

Los hombros de mi hermano caen y veo que se hace pequeñito durante un segundo justo antes de sacar una sonrisa tirante.

—Siento enseñarte esto así, pero sé que Julia te gusta y no quiero…

—¿Qué? No. A ver, me parece una chica muy simpática, pero…

—Mateo.

—Voy a ver si me he dejado en el coche la cartera, que me acabo de acordar de que no la encuentro por ningún sitio. Ahora vengo.

—Matty...

No obstante, mi hermano huye y yo solo soy capaz de sentirme como un cabrón. Pero debía hacerlo, debía hacerlo por él.

 

—Llevas toda la semana en las nubes. ¡Tierra llamando a Jimena!

—Ay, Lola, para —gruño apartando sus manos de mis mofletes.

—¿En qué piensas tanto? ¿O en quién? —acusa.

—En nadie, solo estoy preocupada por los exámenes.

Alguien chista a nuestras espaldas y me doy cuenta de que estamos hablando demasiado alto para la biblioteca.

—Ya, claro… Ese brillito en los ojos suena a otra cosa —dice mi amiga bajando el volumen de su voz.

—¿Aún no ha llegado Emma? —corto a Lola cambiando radicalmente de tema.

—No, ya sabes, con eso de prepararse para la beca se pasa la mitad del tiempo hablando con los profesores para conseguir más nota. La tía tiene de media un nueve y medio y quiere más. Yo tengo un jodido seis y me parece perfecto.

—Lola, si quieres charlar, te vas a la cafetería.

Alzamos la vista y vemos que en las mesas del lado están sentados Biel y Alex. Busco con la mirada a Elio, pero no parece que esté por ninguna parte. ¿Qué demonios? ¿Estoy buscando a Elio?

—Biel, tesoro, si te molesto, te pones unos tapones como hace todo el mundo.

El catalán pone los ojos en blanco, pero vuelve a centrar su mirada en los apuntes un instante después. Al pobre no le dura mucho la calma, porque Lola retoma la conversación.

—A lo que iba, que cuando no está estudiando, está preguntando cómo rascar décimas. Es algo enfermizo.

—Solo se está esforzando por lo que quiere.

—Bah, yo lo único que quiero es jubilarme.

—A este paso nunca lo vas a conseguir —responde Biel lo bastante alto para que lo oigamos.

—Te callas. En poesía te recuerdo que tenemos la misma media.

—Eso es por culpa de la Urraca.

Sin embargo, la discusión que parecía querer iniciarse, es interrumpida por Emma que aparece cargada con una montaña de libros.

—¿Se puede saber a dónde vas con todo eso?

—A estudiar, Lola.

—¿Pero cuántas horas pretendes que nos quedemos aquí? Pensaba que luego nos íbamos a tomar una cerveza.

—Yo hoy no creo que pueda, tengo mucho que leer y resumir.

Nuestra compañera toma asiento frente a mí y abre tres grandes volúmenes. Ver a Emma estudiar es algo que siempre me va a sorprender. Tiene una capacidad alucinante para captar todos los conceptos a la primera y, no solo eso, es tan sumamente pulcra en sus apuntes, que casi pareciesen impresos.

—Pero, Emma…

Alguien chista y Lola capta el mensaje de que se tiene que callar. Aunque no tarda mucho en decir que tiene sed y levantarse para bajar y cogerse una botella de agua de las máquinas expendedoras.

Aprovecho estos instantes para contemplar a Emma con una sonrisa. Pronto dejo de lado la forma en la que toma apuntes y me fijo en su cuello.

—¿Qué es eso que tienes ahí?

Alza la cabeza y la veo blanca como el papel cuando comprueba que señalo un punto justo debajo de su oreja. Intenta verse el cuello en el reflejo de su móvil y se lamenta con un quejido.

—¿Es un chupetón?

—Shhhhhh —reclama nerviosa—. Mierda, mira que le dije que no lo volviese a hacer.

Me doy cuenta de que eso significa que mi amiga se está liando con alguien y no nos ha comentado nada. Un momento…

—Espera, ¿es el mismo con el que pasaste la noche de Halloween?

Por su expresión, diría que he dado en el clavo.

—No le digas a Lola que me has visto esto —dice señalando la marca de su cuello e intentando ocultarla con el jersey que lleva puesto—. Si se entera, no va a parar hasta saber el nombre del chico y… me gusta ser privada con estas cosas.

—Tranquila, no tienes de qué preocuparte —le prometo—. Pero dile que tenga un poco más de cuidado la próxima vez.

Le guiño un ojo y se relaja, incluso llega a sonreírme.

Siento la presencia de alguien a mi lado, me giro, pensando que es Lola, pero no, se trata de Elio.

—Hola, madrileña.

Se me pone la piel de gallina y, tonta de mí, en vez de mirarlo a los ojos, lo primero que hago es detenerme en sus labios, en donde las comisuras de su boca se alzan y sonríe de un modo encantador.

—Luque —respondo aparentando indiferencia. Él suelta una risilla.

—Te traigo la parte de recaudación que he conseguido de las papeletas que he vendido.

Me pasa una bolsita de plástico en la que hay bastantes monedas.

—Vaya… sí que has vendido un montón —me sorprendo.

—Necesito otros dos tacos.

—¿Dos?  

Lleva vendidos ya cinco. Es el que más está recaudando de toda la clase, incluso por delante de Machado que conoce a la mitad de Málaga y va por su tercer taco de papeletas.

Tomo mi mochila, guardo el dinero en el neceser con toda la recaudación y le doy a Elio las papeletas. Cuido mucho que mis dedos no toquen los de él en el proceso y también de que mi mirada, esta vez, se centre en sus ojos. Aunque una extraña sensación burbujeante recorre mi estómago.

—Gracias.

Nos quedamos mirando un par de segundos, pero cuando Lola vuelve, atrapa mi atención hablándome de un chico guapísimo con el que se ha cruzado en la máquina y Luque se aparta para ir a sentarse con Álex y Biel.

Aun así, siento su mirada de vez en cuando sobre mí, pendiente de lo que hago y… ese burbujeo que no cesa.

***

La vuelta a casa desde la biblioteca la hago apelotonada en el autobús. La fina lluvia cae y moja a los viandantes, muchos de ellos sin paraguas, que regresan a sus casas tras otra jornada laboral más. Muchos de los escaparates de las tiendas están ya llenos de motivos navideños y eso me anima a pensar en Gaia. Ya me ha confirmado que las fechas de su escapada a Málaga desde Madrid serán en las vacaciones de Navidad. Al fin podremos volver a pasar tiempo juntas y le enseñaré toda la ciudad. Lola y Emma me han dicho que no me puedo perder el espectáculo de luces de la calle Larios, así como los mercados y los belenes que se ponen por todos los rincones.

Llego a casa en el instante en el que un gran rayo atraviesa el cielo y la fuerza de la lluvia aumenta.

—Hola, hija, ¿qué tal el día en la universidad?

—Cansada —contesto a mi padre que con brío parece estar terminando de cocinar la cena.

—¿Vosotros qué tal?

El rostro de mi padre se ensombrece y su sonrisa decae poco a poco hasta que sus comisuras se curvan hacia abajo.

—Hoy no ha sido un buen día.

No hace falta que me diga nada más. Sé cómo son los malos días de mi abuela, en ellos casi no habla, se muestra ausente y la cabeza le duele tanto que se pasa los ratos dormitando encerrada en su cuarto y con todo en la más absoluta oscuridad.

Intercambiamos una mirada y mi padre se obliga a sonreír.

—Menita, ya estás en casa —dice mi abuelo mientras entra en la cocina y se acerca a mí para estrecharme entre sus brazos.

Tiene un gesto triste en su cara y los ojos llorosos. Lo aprieto unos segundos más contra mí y él me lo agradece depositando un par de suaves besos en mi pelo.

Esto nos duele a todos, pero creo que a mi abuelo lo está destrozando. No puedo ni llegar a imaginarme cómo tiene que ser ver cómo la persona de la que llevas enamorado toda tu vida tiene estos instantes en los que su luz queda reducida a una pequeña llama que no sabes si sobrevivirá a la noche.

—¿Y Julia? —pregunto.

—Lleva toda la tarde en su habitación leyendo. Ha venido cansada del trabajo —explica mi padre.

Me despido de ellos y voy a la habitación que comparto con mi hermana. Antes de meterme dentro, la veo mirar con anhelo el teléfono móvil, pero, en cuanto abro la puerta, sus ojos se concentran en el libro que tiene entre las manos.

—Hola, ¿ya estás aquí?

—Son casi las nueve —respondo. Parpadea un par de veces y frunce un poco el ceño—. ¿Todo bien? ¿Es por la abuela?

—Sí, me tiene preocupada. Siempre ha estado tan llena de energía, ha sido tan vital que…

Mi hermana se queda callada. Se abraza a sí misma y su mirada vaga de nuevo hacia el móvil.

—Julia —arranco y me siento en su cama—, ¿qué pasa? Noto que hay algo más.

Uno de los grandes problemas de mi hermana siempre ha sido esa ferocidad con la que guarda sus propios sentimientos. Incluso para alguien como yo, hay ocasiones en las que sus emociones quedan encerradas tan dentro de ella, que no es capaz de expresarlas en voz alta. No es hasta que pasan unos segundos, que se confiesa.

—No es lo único, no… Aunque me siento culpable por no estar centrando toda mi atención en la abuela.

—Eh, nada de culpas. —Alargo la mano y acaricio su rodilla—. No podemos hacer mucho más por ella en estos momentos, ya lo sabes. Venga, dime qué te tiene así.

Duda. Una expresión de tristeza ensombrece su rostro.

—Es que llevo unos días en los que noto raro a Mateo.

Así que es eso, el fotógrafo.

—¿Raro en qué sentido?

Se cruza de piernas y atrapa su pelo poniéndolo sobre uno de sus hombros para acariciarlo.

—Lo noto distante. Lleva toda esta semana contestando mis mensajes casi al día siguiente y me ha puesto excusas cada vez que he querido quedar con él. No paro de pensar en qué he podido hacer para que se enfade conmigo.

—¿Crees que está enfadado?

—No lo sé. Eso pienso. ¿Qué otra explicación puede haber?

—Puede ser por el trabajo.

—Eso es justo lo que me ha dicho.

—¿Y sientes que no te está diciendo la verdad?

Julia se lleva las manos a la frente y se la frota con fuerza.

—Estoy siendo una exagerada, ¿no? Unos días en los que está ocupado y yo me vuelvo una loca dependiente.

—No, no es eso. Si el instinto te dice que pasa algo, hazle caso. Pero no te adelantes a los acontecimientos. Sé cómo piensas, creas catástrofes en segundos y dejas que la angustia te devore.

—A veces se me olvida lo mucho que has crecido.

Las palabras de mi hermana me dejan sin aliento e intento quitarle hierro al asunto.

—Bueno, estoy en desacuerdo. Mido lo mismo desde los dieciséis años.

Consigo hacer reír a Julia y su sonrisa me contagia. Es en mitad del cambio de humor de mi hermana que recibo un mensaje de Ginés.

 

Ginés: ¿Te gustaría ir a la bolera el fin de semana que viene?

 

Hace bastante que no nos vemos. Aunque no sé si aceptar su propuesta, me siento un poco nerviosa ante la idea de que se entere de todo el tiempo que he pasado con Luque después de que me advirtiese del peligro que supone Elio. Aunque, en realidad, tampoco es que yo haya buscado compartir el tiempo con él. Quiero decir… se ha dado así, pero Luque… Luque me cae mal. Es insoportable y un chulo y…

Mierda, qué lío tengo en la cabeza. No sé qué hacer. ¿Debería decirle que no? ¿O debería aceptar su propuesta? ¿Y si llevo a Julia para que se despeje? ¿Qué demonios hago?



lunes, 2 de mayo de 2022

Distancia Focal: Capítulo 15. Mi nombre


Sí, soy una enamorada del mar, pero eso no quiere decir que lo sea de todos los pequeños animalitos que viven en él. Mi respeto por la fauna marina es inestimable y mi pavor por las medusas tiene su origen en un verano en el que, buceando no muy lejos de la orilla, terminé con una abrasando parte de mi cara y torso. Si alguna vez os ha picado una condenada medusa, ya sabréis que no es nada placentero. Así que digamos que mi reacción hacia ellas es algo más, algo así como… Pánico.

Por ello en cuanto Luque dice la palabra entro en modo supervivencia y termino colgándome de él como un koala. No se lo espera, por lo que trastabilla y caemos sobre la arena.