El último copo de nieve - Un relato navideño

 Vale... habrás leído el título de este post y habrás pensado, ¿NAVIDEÑO? ¡Estamos a 14 de enero!

Y yo solo puedo responderte que, sí... tienes toda la razón, ya no cuenta como «navideño» por época —o sí, porque yo aún hoy sigo felicitando las fiestas a todo el mundo, porque hasta el 31 de enero, yo considero que se puede; y porque seguro que mucha gente aún no ha quitado los adornos de Navidad—; aunque debo confesar que tampoco lo encerraría 100% dentro de la categoría de «relato navideño» al uso, más bien... relato invernal, relato de solsticio... bueno, relato para leer mientras hace frío y quieres creer en la magia de la vida.

Lo cierto es que yo esto lo escribí en plenas Navidades y lo terminé a tiempo, justo para publicarlo el 25 de diciembre, sin embargo... chicas, confieso que lo releí, lo corregí y dije: «horrible, quémalo». Ha estado en el cajón estas semanas y, si bien aún no me convence del todo, llevo toda esta semana pensando en él y hoy lo he releído y me he dicho... ¿por qué no? ¿Por qué no doy a conocer a Ava y a River como se merecen? Y es que son mis niños pequeños y me han acompañado mis primeras Navidades como persona independizada y... pues eso. Que basta de justificaciones. Aquí los tenéis...



***

El último copo de nieve – Un relato navideño

 

Como si el tiempo fuese una casa encendida esperándome con todas las puertas abiertas, me fui pensando que lo importante sabe aguardar, que lo importante encuentra el momento indicado para ello.

 

***

 

Apreté el cinturón en un acto inconsciente y miré mi reflejo en el ventanuco del avión. Tenía las ojeras ligeramente marcadas, los labios secos y el pelo algo enmarañado; producto de un tic nervioso que había querido quitarme toda mi vida, pero que aún hoy, a mis veintisiete, perduraba como una mancha de vino en una camisa blanca.

Retiré la visión de mi rostro y me concentré en el paisaje, que me recibió como si hubiese estado contando los días de mi ausencia. Apenas quedaban un par de rayos de sol que iluminaban el cada vez más oscuro relieve de las montañas azules. Tennessee se extendía bajo mis ojos como un tapiz tejido con hilos de bosque y río; los valles se perdían entre la neblina que comenzaba a descender y las carreteras serpenteaban entre colinas como cintas de luz dorada que se apagaban al doblar cada curva. Desde arriba, las ciudades y pueblos parecían pequeños, algunos diminutos y silenciosos; salpicados de tejados rojos y chimeneas que comenzaban a humear.

—Señores y señoras, les informamos de que el avión está aterrizando, por favor, manténganse en sus asientos y abróchense los cinturones de seguridad. Gracias —anunció la tripulación por el sistema de megafonía.

La chica que tenía al lado se recolocó en su asiento y guardó en su bolso el libro que había estado leyendo durante el viaje. Yo observé mi mesilla desplegable y recogió con cuidado los trocitos en los que había terminado mi billete. Levanté la mesa y la anclé de nuevo en su sitio justo en el momento en el que la distancia con el suelo se acortó y pude apreciar con más detalle aquel lugar que conocía tan bien y que me resultaba por momentos extraño.

Los árboles desnudos se mecían con el viento, como si danzaran para darme la bienvenida y los ríos reflejaban un cielo que cambiaba de azul a gris sin pedir permiso. El avión siguió descendiendo suavemente y con cada movimiento, sentí cómo se aceleraba algo dentro de mí. Tennesse no era un mero lugar en el mapa, era la suma de años de recuerdos que ahora se agolpaban en mi pecho, un puente entre lo que fui y lo que estaba construyendo en Nueva York y alrededor del mundo. Y mientras la pista se acercaba, supe que no regresaba simplemente al pueblo, regresaba a un corazón que había dejado abierto.

Mi infancia estaba allí abajo, jugando todavía junto con mi adolescencia, que correteaba dejando notas en la taquilla de mis amigas. Habían pasado años. Demasiados o puede que muy pocos, dependiendo del día en que lo pensara. Me marché buscando mi propio espacio, persiguiendo mis sueños, queriendo alzar la voz que tantas veces había callado en un pueblo tan pequeño. Necesitaba aprender a ser otra persona, puede que para reconciliarme con la que dejaba en aquel lugar.

Revisé una última vez el teléfono. Allí estaba el mensaje de mi hermana, solo ese. Apreté los labios. Agarré mis maletas, tanto las literales, como las figuradas y salí del avión.

El aeropuerto de Knoxville me recibió con una luz blanca que se clavó en mis ojos y me hizo parpadear un par de veces. El cristal de las puertas automáticas se abrió y, tuve frente a mí la zona de llegadas. El aire olía distinto, era un frío limpio, muy diferente del de Nueva York y se mezclaba con el olor a café y pino. La gente corría a los brazos de sus familiares, gritaban de felicidad y lloraban agradecidos porque sus personas favoritas estuviesen allí por ellos.

Yo avancé para alejarme del tumulto y, entonces, la vi; aunque ella me había localizado mucho antes. Mi hermana mayor, Lucy, estaba apoyada en una columna, abrigada hasta la nariz y balanceándose sobre un pie. Tenía el pelo, del mismo color arena que el mío, prácticamente tapado por un gorro de lana a conjunto con su bufanda roja, un atuendo que yo misma le había tejido años atrás. Cuando nuestras miradas se cruzaron sonrió primero con los ojos y después los labios. Aquel orden importaba.

—¿Quién te ha cortado el pelo? Pareces un caniche despeluchado.

—Yo también te he echado de menos —dije antes de que nos fundiésemos en un abrazo.

No era cualquier abrazo, era uno de esos que solo dan quienes han aprendido a sostener a los demás incluso cuando ellas mismas están rotas. Yo apoyé la frente en su hombro y, por un instante, dejé que el mundo entero pesara y doliera.

—Sigues siendo un desastre emocional —susurró en mi oído.

—Mira quién fue a hablar —repliqué sintiendo cómo se enjugaba las lágrimas.

Permanecimos unidas un par de segundos más y me dejé envolver por el olor de su colonia, la misma que llevaba desde los quince años y se resistía a cambiar. La adoraba por eso porque, por muy lejos que estuviese, si otra persona en la calle la llevaba, me recordaba a ella y por un momento, Lucy parecía acompañarme por las bulliciosas calles de cualquier ciudad.

—Vamos, anda, todos están esperándote.

Agarró una de mis maletas y encabezó la marcha, sin ser del todo consciente del acantilado al que sus palabras me habían empujado. Tomé aire y la seguí, como cuando éramos pequeñas y ella llevaba la delantera en las trastadas.

Tomé asiento en la vieja camioneta roja que heredamos de mi abuelo y por la que solíamos pelear hasta que yo me marché a la universidad y pasó a ser por completo de Lucy. Arrancó el motor y del reproductor de música sonó la inconfundible voz de Dolly. Sonreí ampliamente, tanto que me dolieron las mejillas. En especial, cuando pude ver un añadido en el salpicadero: la imagen de una Dolly Parton como una de esas estampitas de santos de la iglesia, pero con la reina del Country vestida con uno de sus icónicos trajes rosas.

—Eh, ella me protege mientras viajo, siempre —se defendió.

—Dolly nunca decepciona —dijimos a la vez.

Reímos, sonó muy parecido a aquellas risas de nuestra adolescencia, pero más apagadas y graves; menos pizpiretas y soñadoras y eso me dolió un poco.

Durante el trayecto me dejé llevar por el paisaje, por aquellas carreteras que me sabía de memoria. Las Montañas Humeantes se alzaban a lo lejos cubiertas por un velo azul grisáceo que las volvía casi irreales, y las convertía en el lienzo ideal para la estampa que dibujaban los árboles, ya sin hojas, como si estuviesen pintados a lápiz sobre el horizonte.  

—Parece que sobre Gatlinburg ha vomitado un elfo de Papá Noel borracho —indicó mi hermana mientras atravesábamos la ciudad.

No había esquina que no estuviese decorada para las últimas semanas del año. Luces de colores, adornos rojos, verdes, dorados; guirnaldas en los escaparates, campanillas, bastones de caramelo. Con villancicos flotando en el aire, mezclando el olor a leña y el azúcar caliente. Todos los ingredientes que gritaban Navidad.  Este lugar sabía cómo vestirse de fiesta incluso cuando yo no estaba preparada para celebrarla.

De nuevo, nos internamos en un paisaje más natural, con algunas casas dispersas y, de pronto, apareció el pueblo. Como si hubiese estado escondido esperándome, como un espejismo. Las calles también estaban decoradas, pero de una forma mucho más modesta, más familiar, más Willow Bend. Gatlinburg quedaba cerca con su bullicio turístico, pero nuestro pueblo era otra cosa; apenas una calle principal con los comercios indispensables, algún que otro semáforo, la iglesia, el instituto con su campo de fútbol y la certeza de que todo el mundo sabía quién eras incluso antes de que tú lo supieras.

Parecía haber olvidado lo bonito que siempre fue, con sus colores suaves, los blancos de las fachadas de las casas y la luz tenue que se filtraba desde las ventanas iluminando el camino como las estrellas en el cielo. Sentía todo más pequeño y a la vez despertaba en mí emociones demasiado grandes.

Mi hermana redujo la velocidad del coche cuando entramos en la calle que daba a la casa de nuestros padres, un pequeño cul-de-sac en el que la carretera se cerraba sobre sí misma con pudor, pero en la que las casas se miraban entre sí desde una distancia íntima, cómplice, compartiendo silencios y estaciones interminables.

Había coronas de ramas secas en algunas puertas, lazos rojos ligeramente descoloridos por los años y buzones que parecían haber envejecido al mismo ritmo que quienes los abrían cada mañana. Recordé cómo de niñas jugábamos hasta que el frío nos obligaba a entrar o el sol nos quemaba la piel. Ese pequeño final de calle era, en realidad, un principio para todo. Mi principio.

El coche avanzó despacio y sentí que algo en mí se desaceleraba. El asfalto estaba ligeramente húmedo y reflejaba las luces de las casas como si quisiera participar en mi bienvenida vistiéndose con sus mejores galas.

—Mamá está nerviosa —me advirtió Lucy—. Ya sabes, hoy es veintiuno, es su Noche de las ventanas encendidas.

Eso explicaba la cantidad de coches aparcados en aquel mínimo espacio. La Noche de las ventanas encendidas era una fecha marcada en el calendario de mi madre. No era una fiesta de Navidad realmente, era más bien su forma de celebrar el solsticio y de luchar contra la noche más larga del año.

Cada veintiuno de diciembre, desde que yo tenía memoria, mi madre había celebrado aquella reunión con todos los vecinos, amigos y algún que otro conocido del pueblo. Nuestra casa se transformaba en un refugio luminoso en el que mi madre sacaba farolillos, velas eléctricas y guirnaldas que no combinaban entre sí; pero que, juntas, lograban algo similar a la armonía. Nadie llegaba con las manos vacías, unos traían sidra caliente con canela; otros, galletas de mantequilla envueltas en paños de tela y algunos simplemente historias que necesitaban de un sofá mullido, una chimenea crepitante y un oído atento. No había horarios. Las puertas se abrían, las luces se encendían y el pueblo, por unas horas, dejaba de ser un conjunto de casas para convertirse en un solo latido.

Creo que mucha de aquella tradición residía en que mi madre se había quedado huérfana siendo muy joven, con apenas veinte años, y sabía a la perfección lo que era estar sola en fechas tan señaladas como esas. En vez de ser una persona agridulce, llena de resentimiento con la vida, Anne Rose Taylor era la persona más dulce y generosa que sabía que podría llegar a existir. Y que fuese mi madre era para mí un privilegio.

—Ya sabes, dice que es para espantar el invierno y atraer las cosas buenas para el año que viene. —Agaché la cabeza y contemplé mis manos. Sonreí amargamente y sentí un nudo en la garganta—. Y creo que algo de razón tiene, a fin de cuentas, una de esas noches hace muchos muchos años, pedí una hermanita y bueno, llegaste tú, algo es algo.

Negué con la cabeza. Lucy era la mejor hermana mayor que podría haberle pedido al universo. Apoyó su mano en mi hombro y lo estrechó. Podía verse como un gesto inocuo, pero con solo él quería decir muchas cosas. Yo alcé la mano y atrapé la suya debajo de la mía. Nos miramos. Había llegado el momento de bajar del coche.

Al salir, el frío me besó las mejillas con familiaridad. Olía a madera quemada. Desde la casa de mis padres escapaba una música baja, antigua y el murmullo de voces se superponía como pequeñas olas.

Lucy sacó las maletas de detrás y me hizo una señal para que fuese delante, abriendo camino. Tomé aire y recorrí el sendero empedrado que daba a la casa de mis padres, el hogar de mi vida; porque debía admitir que Nueva York, pese a ser mi base de operaciones, no era realmente mi hogar. A ratos, había sido un refugio, pero el hogar estaba con ellos, en aquella casa de fachada blanca y techo rojizo. En donde un Papá Noel en escala real vigilaba una de las esquinas del porche y daba la bienvenida a todo el mundo.

No había saliente en el que mi madre no hubiese colocado la más mínima luz o guirnalda. Me quedé un segundo quieta, observándolo todo, con la sensación de estar entrando en una escena que había seguido representándose sin mí durante mucho tiempo y para la que no me había preparado bien las líneas del guión.

—¡Mirad quién ha vuelto! —gritó una voz nada más giré el pomo, a la cual se unieron las siguientes.

—¡Cuánto tiempo, Ava!

—¡Te vimos el otro día en las noticias otra vez! ¡Qué bien lo haces!

—¡Estás guapísima!

—¿Tienes hambre? Espero que sí, he traído mis famosos brownies navideños

—¿Hasta cuándo te quedas?

—¿Sigues escribiendo desde sitios peligrosos?

Mi nombre se fue deshaciendo en el aire entre abrazos torpes, perfumes conocidos y voces que me llegaban superpuestas. Respondí como pude, con sonrisas prestadas y frases cortas, tratando de hacer sentir a todo el mundo que me alegraba genuinamente de volver a verlos, pese a que los nombres de muchos de ellos habían escapado de mi memoria. Sentía el cuerpo presente, pero la cabeza un par de pasos por detrás, intentando asimilarlo todo: las voces, el tintinear de los vasos, los villancicos en la vieja radio de mi padre, el calor que desprendía todo el mundo allí reunido.

En algún momento me quité el abrigo, aunque no recordé haberlo hecho. Avancé como pude hasta la cocina y tuve que apoyarme en la pared del pasillo para respirar. Notaba cómo una fuerza invisible me apretaba el pecho. Entonces la sentí, mucho antes de verla.

Los brazos de mi madre me rodearon con una fuerza que no pedía permiso, como si temiera que pudiera desaparecer de nuevo si aflojaba el agarre. Enterré la cara en su pecho y, durante un segundo, volví a tener cinco años. Volví a hacer bandejas infinitas de galletas de jengibre, volví a cantar a Dolly todos los viernes por la noche de camino a la práctica de la banda, volví a las sesiones de manicura de los martes; volví a casa.

—Ya estás aquí —susurró y no hizo falta que dijese nada más.

Mantuve los ojos cerrados mientras ella me acariciaba el pelo y me dejé llevar por es simple tacto. El nudo que llevaba dentro se aflojó un poco, lo justo para dejarme respirar.

—Estás preciosa, cariño —añadió, separándose escasamente para mirarme la cara, como si quisiera comprobar que era real—. Aunque… —Abrí los ojos para encontrarme con un reflejo calcado de los míos, con ese color a caramelo tostado.

No hacía falta que terminase la frase. Ambas sabíamos muy bien qué reflejaba mi rostro. Aguanté un sollozo y antes de que pudiese moverme, otro par de brazos nos rodearon. Unos mucho más grandes y un poco torpes. Su enorme torso me sirvió de almohada y sonreí de inmediato.

—Mi pequeña canción de cuna —dijo mi padre con su voz grave, mucho más que de normal, a causa de la emoción.

Me besó la coronilla como cuando era pequeña y nos apretujó contra él. Me dejé rodear por los dos y en ese rincón del pasillo, sentí una calma que hacía mucho tiempo que no experimentaba. Abrí los ojos para encontrarme con los de mi hermana que, desde lo alto de la escalera, observaba la escena con una sonrisa y una lágrima traicionera bajando por su mejilla.

—¿Tienes hambre? ¡Tenemos de todo! —indicó mi madre con rapidez—. De verdad, cada año traen más comida y eso que estoy harta de decirles que no hace falta tanta cantidad.

—La señora Mars ha traído tres bandejas de brownies navideños —comentó mi padre en un susurro—. Están buenísimos, pero estoy seguro de que son un noventa y nueve por ciento puro azúcar.

Reí y me vi arrastrada por ellos hasta la cocina en donde me dieron a probar un poco de cada cosa que los vecinos habían traído, así como de lo que ellos mismos habían cocinado. Debo confesar que, tras el segundo bocado a una galleta, mi estómago se retorció; sin embargo, acepté un par de mordiscos más por hacerles felices.

Para cuando regresamos al salón porque mis padres estaban siendo reclamados por sus invitados, yo aproveché para quedarme en un discreto segundo plano y echar una ojeada a los allí reunidos. Alguien carraspeó cerca del árbol de Navidad. Era el Señor Thomas, mi antiguo profesor de música. Rondaba más o menos la edad de mis padres, quizá fuese algo más joven, pero me sorprendió ver lo poco que había cambiado, si bien ahora tenía el pelo completamente blanco.

—Bueno… —arrancó—. Ya sabéis que esta noche tan especial que organiza todos los años Anne Rose es mucho más que regalar dinero a la compañía de luz. —Todos rieron—. Sino que… esta noche… va de recordar —continuó—. Y de agradecer lo que tenemos y a quienes tenemos.

Se alzaron las copas, despacio, como si el gesto pesara más de lo habitual.

—Por los recuerdos —dijo alguien.

—Y por seguir encontrándonos —añadió otra voz.

Yo desvié la atención hacia fuera. De pronto, tuve la necesidad de huir. Busqué mi abrigo y lo agarré con disimulo justo antes de dirigirme a la puerta trasera de la casa y salir al exterior.

—Ey, Ava —me llamó mi hermana.

Sus cejas estaban inclinadas en un claro gesto de preocupación. No le di tiempo a añadir nada más.

—Solo necesito un momento.

—Vale, pero antes de que te vayas…

Se volvió a meter dentro de la casa. Salió a par de minutos después con su bufanda roja y me la colocó alrededor del cuello con un gesto tan de hermana mayor, que tuve que sonreír de medio lado.

Me abrazó y subió de nuevo las escaleras del porche trasero, no sin antes lanzar una mirada hacia atrás. Sabía que me cubriría si alguien preguntaba por mí. Noté el frío aún más punzante que antes, aun así, no me permití regresar al interior. Dejé que mis botas crujieran sobre la grava y caminé en dirección al lateral que daba a la ventana de mi habitación. La casa de nuestros vecinos estaba completamente a oscuras y creaba un vacío entre el resto de hogares iluminados de la calle.

Metí las manos en los bolsillos y agarré el teléfono. Revisé los chats. Pude ver que alguna que otra amiga de Nueva York y mi jefa me habían mandado mensajes, sin embargo, aún no había recibido respuesta del único chat que me importaba.

—Maldito seas, River —murmuré a la nada.

—Pensé que tardarías un poco más en escapar de la multitud.

Me giré tan rápido que me mareé un poco.

Los brazos cruzados sobre el pecho, el abrigo oscuro haciendo contraste con su pelo rubio como el trigo, y esa media sonrisa ladeada, sincera, amplia. Como si el tiempo no hubiera pasado por él. Simplemente estaba ahí, apoyado en la barandilla como si hubiera salido a tomar el aire igual que yo.

—No… —dije, más para mí que para él, dando un paso atrás. No fue una decisión consciente, fue algo más parecido a un reflejo, como cuando apartas la mano del fuego antes de sentir el dolor.

River frunció el ceño, preocupado, pero no se movió. Nunca fue de invadir espacios.

—Lullaby...

Me rodeé el abrigo con los brazos, como si la temperatura hubiese caído aún más en picado, aunque llevaba minutos clavándoseme en la piel. Lo vi dudar. Vi cómo abría la boca para decir algo y la cerraba después. Hubo un silencio torpe, de esos que no saben dónde colocarse y que no deberían existir entre nosotros.

Leyó mi rostro, fue muy rápido, porque pudo ver en mis ojos la necesidad de salir corriendo. Lullaby la fugitiva.

—Gallina —dijo de pronto y toda intención de salir corriendo se esfumó como el vaho de mi boca en el aire.

—Cobarde —contesté de manera automática.

Él sonrió, siendo muy consciente de que ya no tenía vuelta atrás, de que yo ya no podría irme.

—Cagueta.

—Miedica.

—Rajada.

—Blandengue.

El último insulto se quedó suspendido entre los dos. Apreté la mandíbula y me clavé las uñas en las palmas de las manos antes de desviar la mirada. El viento movió las ramas desnudas del sicómoro a nuestra espalda. El sonido fue leve, solo un susurro, pero bastó para traer a mi memoria el recuerdo completo, como si se tratase de una imagen proyectada entre los dos.

A los siete años nos habíamos retado a subir el sicómoro que el padre de River había plantado en la parte trasera del jardín. Como ninguno de los dos se atrevía a dar el paso, lo llamé gallina, a lo que él me llamó cobarde y comenzamos, sin quererlo, pero sin poder remediarlo, a construir un idioma propio hecho de desafíos que nos habían metido en más de un lío.

Sin darnos cuenta, aprendimos que era más fácil provocarnos que dar el primer paso, llamarnos gallinas era menos peligroso que admitir que el vértigo no estaba en el árbol.

Volví al presente con un nudo en la garganta. Eché un vistazo por encima del hombro y me reencontré con el sicómoro aún allí plantado. Estaba desnudo por el invierno, pero seguía siendo igual de imponente o incluso más que cuando teníamos siete años.

—Hola, Lullaby —dijo al fin.

—Hola —respondí con la boca pequeña.

Nos quedamos quietos.

Dos vecinos.

Dos amigos.

Dos...

Él y yo.

Nosotros.

Atrapados en un saludo demasiado pequeño para tanta historia compartida.

—Creí que... —empezó River—. Creí que no volvería a verte en Willow Bend.

No lo dijo con reproche, lo dijo como quien admite una posibilidad lógica. Eso fue lo que más me dolió.

—Yo también lo creí —respondí con cierto resquemor. Yo tampoco me esperaba regresar. Al menos, no tan pronto, no así.

Justo antes de que el silencio volviese a instaurarse entre nosotros, siguió hablando.

—¿Esperando a ver si nieva?

Desde que era pequeña, había pedido lo mismo año tras año… que nevase el día de mi cumpleaños. En esa parte del estado lo normal era que lo hiciese a partir de enero o quizá en febrero, pero yo siempre había soñado con un veintidós de diciembre mágico y bajo la nieve. Cumplir los años tan cerca de Navidad tiene algo malo y es que le quita la gracia a los regalos normales, por eso pedía cosas un poco más especiales y para mí, no había nada más especial que la nieve.

Desde que había aprendido en el colegio la estructura de los copos y cómo cada uno de ellos tenía una forma única, me había obsesionado con ellos. ¿Qué puede haber más especial que vivir una primera nevada en el día de tu cumpleaños con aquellas partículas tan extraordinarias y a la vez tan anodinas cayendo del cielo como si fuese purpurina? Me gustaba esa mezcla, esa magia de lo ordinario.

—No —repliqué enfurruñada—. No estoy esperando nada.

River ladeó la cabeza, observándome con esa calma suya que, si bien en el pasado me había desarmado, en ese instante me enrabietó.

—Nunca se te dio bien mentir —dijo con suavidad.

Ahí fue cuando noté el primer temblor. No en la voz, en las manos. Las metí dentro de los bolsillos del abrigo y contesté de la única manera que fui capaz, atacándole.

—Ni a ti decidir —acusé, y me sorprendió mi voz afilada.

Él parpadeó aceptando el golpe.

—No he venido a discutir —expresó tratando de calmar los ánimos.

—¿Y qué haces aquí? ¿Por qué has venido? —le eché en cara. Con la ira había avanzado y me había acercado a él más de lo recomendable.

Sus ojos marrones se clavaron en los míos y suavizó el gesto. Pareció muchísimo más joven de lo que ambos éramos. Me recordó al mismo chico de dieciséis años del que me había enamorado tan perdidamente sin haberme dado cuenta.

—Me has llamado —dio por respuesta. Como si fuese así de simple, de sencillo, cuando lo nuestro jamás lo había sido.

—Yo… yo…

Quise negarlo, pero no tenía sentido. Sí, le había llamado. Lo había hecho mil setecientas veinticuatro veces en menos de una semana. Tomé aire. No podía estar en aquella situación. No podía estar discutiendo con River en aquella noche helada. Me reí. O algo parecido a una risa escapó de mis labios. Breve, sin alegría.

Nos miramos, no con los ojos, sino con la vida; el reflejo de la suya y la mía alejándose cada vez un poco más, como las ondas de un lago cuando alguien tira una piedra en el medio.

—Lullaby…

—Estoy enfadada.

—Lo sé —respondió asintiendo con vehemencia.

—Pero no sé muy bien con quién más —admití. Me froté los ojos con los dedos, buscando aliviar parte de la presión del dolor de cabeza que me había acompañado todo el día.

—No quería molestarte, Lullaby —suspiró—. Si quieres… puedo marcharme.

Aparté la mano de mi cara y lo observé con temor. Sus ojos parecían haberse vidriado por un momento antes de volver a centrarse en mi rostro.

—Solo pretendía hablar, porque nos lo debemos. Te lo debo y más ahora, hoy; pero si no quieres yo…

Seguía notando la rabia danzar en el fondo de mi garganta, pero la contuve. Debía sincerarme, no quería que se marchara. La idea de que se fuera me hacía más daño que su presencia allí.

—De verdad, solo hablar… con la gran Ava Taylor —dijo admirándome. Haciéndolo de verdad, no para complacerme y me dio un poco de rabia que parte de mi enfado se diluyese en sus palabras—. Reportera de guerra, de esas que ganan premios cuyo nombre no sé pronunciar y dan discursos de cinco minutos en los que condensan un par de tortas bien servidas a quienes se sientan en los grandes sillones y no hacen nada para detener el horror.

Agaché la cabeza. ¿Había visto la entrega de premios? Noté mi estómago retorcerse. Me crucé de brazos, como si así pudiera contener algo que amenazaba con escaparse.

—Suena mucho más importante de lo que en realidad es. En Nueva York solo soy una más. Tengo compañeros que tienen ese y otros mil premios iguales de periodismo. —No era falsa humildad, era la verdad. Nunca me había sentido del todo realizada, no entonces, no ahora. Dudaba que pudiese sentirme del todo plena en algún momento. Siempre esa necesidad de demostrarme que podía hacer más, que tenía más de mí. Como una profecía incumplida.

—Tú nunca podrías ser solo una más, Lullaby, nunca.

Me ganaba la vida con las palabras, sin embargo, River siempre me las había robado todas. Era el único que siempre lograba acallarme.

—He visto todo lo que has hecho —manifestó—. Estoy muy orgulloso. De verdad. Has sido voz para mucha gente que no la tiene.

Sentí algo abrirse en mi pecho, algo parecido al reconocimiento. Y la ira quedó colgando de mi campanilla haciéndome toser para desprenderme de ella.

—Gracias —logré decir al fin. Un gracias verdadero, no como los que solía soltar casi por rutina. Aquel lo sentí en cada sílaba.

Se acercó hasta mí. No dejó más que un paso de distancia entre ambos y pude fijarme entonces en cada detalle de su rostro. Sus espesas pestañas rubias: las cejas pobladas, su nariz recta, ancha y sus labios finos, rodeados por una barba suave y bien recortada. Un rostro que había conocido desde los tres años y que, si hubiese tenido el arte para ello, podría haber dibujado de memoria.

—¿Damos una vuelta? —propuso señalando la calle.

A River siempre le había gustado esa combinación de charla y caminata. Decía que así era más consciente de sus palabras, que fluían mejor.

Eché un vistazo hacia la reunión que se estaba llevando a cabo en la casa, dudé durante un instante. Quizá lo de desaparecer nada más llegar podría hacer saltar las alarmas de mi siempre preocupada familia. A veces, ser la pequeña en el hogar de los Taylor era un poco… asfixiante. Sobre todo, teniendo en cuenta las razones que me había llevado al pueblo tras tres años sin pisarlo. Sin embargo… quien tenía frente a mí era River. Nos había negado demasiadas cosas y esa vez no podía. Así que accedí.

No sé quién dio el primer paso, en los pueblos pequeños siempre parece que el suelo decide por ti. Mis botas crepitaban sobre las hojas húmedas que empezaban a congelarse. Alcé un segundo la vista hacia el horizonte, las montañas quedaban tan cerca que era imposible no recorrer con la vista la línea oscura que abrigaba el pueblo.

River caminaba con pasos largos, las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada hacia un lado, el mío, siempre el mío. Era un gesto que había adquirido con los años y conforme la diferencia de altura entre ambos se había empezado a hacer cada vez más evidente. Lo hacía por inercia, para prestarme toda su atención, pero yo no había sido consciente de ello hasta mucho después, hasta que me detuve a mirar todas aquellas fotos que nos habíamos hecho a lo largo de los años y que me permitían comprobar, como si de una extraña se tratase, mi propia historia, mi propia vida.

Me percaté en la forma en la que no me quitaba el ojo de encima. Una atención transparente, fija, la misma con la que me observaba mientras estudiábamos juntos en la biblioteca y yo fingía concentrarme en los apuntes mientras él garabateaba tonterías en los márgenes. Entonces, igual que en ese momento, no hacía falta que River dijese nada para que yo sintiera ese hilo invisible tensándose en mi pecho y conectándome a él.

Llegamos a la calle principal y me fijé con más detalle en los pequeños cambios del pueblo. Mínimos, porque cuando algo es bonito, perfecto, no hay necesidad de cambiarlo, solo de mantenerlo y cuando hace falta, repararlo.

—¿Han puesto más luces este año? —pregunté señalando la ferretería de los Collins en la que brillaba un enorme árbol de Navidad en el escaparate.

—Ha sido obra de su nieta, antes solo había una guirnalda medio rota —apuntó River con gracia—. ¿Recuerdas a Mildred?

—¿La que iba con nosotros a clase de química y se quemó las cejas?

River ahogó una carcajada.

—La misma. Se hizo un curso de escaparatismo y la han contratado casi todos los negocios durante los últimos dos años. Dicen que ha dado al pueblo armonía y que así más gente hace fotos y decide pasarse por aquí antes de subir a las rutas de montaña.

—Vaya… aunque tampoco sé de qué me sorprendo.

Si algo me había enseñado mi trabajo en los últimos años era el poder de las redes y como, si se utilizaban de la manera correcta, podían cambiar la vida de muchas personas para bien. Aunque, debido a mi experiencia como periodista, conocía su peor versión.

El viento levantó mi bufanda y él, sin pensárselo, se acercó y me la recolocó. Fue un gesto automático, íntimo. Mi corazón se aceleró de una forma absurda, como si no hubiesen pasado los años suficientes como para haber aprendido a controlarlo.

Nos quedamos quietos un segundo demasiado largo.

—Perdón —se disculpó retirando la mano como si quemase.

—No pasa nada —mentí.

Creí por un momento que el silencio volvería a crear una barrera entre nosotros, pero River, siempre diestro en sus formas, continuó con la conversación como si nada.

—¿Recuerdas aquella Noche de las ventanas encendidas en la que nos escapamos al bosque a medianoche? —Trajo él a colación, con un brillo juguetón en los ojos.

—Sí —respondí con una sonrisa algo tímida—, dijiste que querías enseñarme una constelación… pero era todo mentira. —River soltó una carcajada grave, que retumbó en mis costillas—. Querías que probase unas galletas de jengibre —puntualicé poniendo los ojos en blanco—. En mitad del bosque, con un frío que pelaba.

—Ya te lo dije, necesitaba tu opinión sincera.

—Yo siempre fui sincera.

Nada más pronunciar la frase me mordí el labio superior. Ambos sabíamos que eso distaba mucho de la realidad.

—Tenía miedo de que no te gustaran y, también, quería un rato contigo a solas. Aquel invierno empezaste a salir con aquel tipo… Anthony.

—Andrew —lo corregí por inercia. Entonces fue él quien puso los ojos en blanco.

—Como fuese.

Traté de ocultar una sonrisa, pero la expresión de River me producía mucha gracia. Le cayó mal desde el momento en el que se lo presenté y tuvo una intuición. El siempre agradable y atento Andrew resultó ser bastante gilipollas, posesivo y… me puso los cuernos dos meses después de empezar nuestra relación.

—Estaba cansado de que me mirase de aquel modo y de no poder tener ni cinco minutos a solas con mi mejor amiga.

Me costó mantener la sonrisa.

—Pasé frío, pero esas fueron las mejores galletas de la velada —indiqué mirándolo fijamente a los ojos.

—Y ahí fue donde empecé a ser Repostero River: Galletas, bizcochos y pasteles, para ti, si los quieres —recitó con voz de teleoperador de radio.

—Te venía de familia, no te eches tantas flores —repliqué buscando, con toda la intención, fastidiarlo un poco. Sin embargo, él solo amplió aún más su sonrisa y yo respondí de igual modo.

El destino quiso que justo parásemos delante de la panadería y pastelería Clark. O puede que tuviésemos el camino aprendido después de tantísimos años yendo allí en nuestros ratos libres o cuando River tenía que trabajar en el negocio de sus padres.

Mi vista vagó por el escaparate. El siempre cálido cristal estaba apagado, cubierto por una fina capa de polvo que difuminaba el interior como si alguien hubiese pasado un paño de olvido por allí. No había luces, ni el cartel del día anunciando sabores imposibles de resistir. Solo un reflejo borroso de nosotros dos, superpuesto en unas estanterías desnudas que parecían haber aprendido a esperar.

River suspiró profundamente a mi lado, hasta sacar todo el aire de sus pulmones.

—Por estas fechas solía oler siempre a canela —comenté sin pensar, en un susurro, aunque era muy consciente de que River podía escucharme.

Él no respondió al instante, se limitó a mirar el local con una expresión difícil de descifrar. Recordé las madrugadas en las que habíamos salido de allí con las manos manchadas de azúcar, riéndonos en voz baja para no despertar a los vecinos. Aquel lugar había sido la razón principal por la que River no había abandonado Willow Bend. El negocio familiar, la herencia de seis generaciones de Clark sirviendo al pueblo y a los visitantes.

La idea había sido ir a la universidad en Brown, conmigo, una vez nos graduásemos, pero… el destino tuvo otros planes. Su padre había enfermado cuando apenas quedaban unos meses para que terminásemos el instituto. Nada dramático en principio, sin embargo, las visitas al médico cada vez fueron más frecuentes y los turnos que River cubría de manera temporal en la panadería, empezaron a ser más repetidos.

En un principio solo iba a retrasar su partida a la universidad unos meses, como máximo un año. Pero ese reencuentro no se produjo en Brown. La universidad quedó reducida a folletos doblados en un cajón y para cuando yo regresé tras ese primer año… ambos sabíamos que River no dejaría sola a su madre con el negocio, pese a que ella había insistido una y otra vez en que quizá había llegado el momento de cerrar con la tradición tras la marcha de su padre.

Él se aferró al negocio para tratar de mantener el recuerdo y el legado familiar a flote, aunque eso supusiese abandonar por completo sus sueños de dedicarse a la industria del cine. River siempre había sido incapaz de mirar hacia otro lado cuando algo o alguien lo necesitaba. Frente a aquel escaparate apagado entendí que algunas decisiones no se toman de golpe, sino a base de pequeñas renuncias diarias.

—No pasa nada —me había dicho entonces, apoyado en ese mismo cristal, tras el mostrador con las manos enharinadas—. Alguien tiene que mantener esto en pie y soy el único Clark que queda.

River dio un paso hacia atrás, como si ambos hubiésemos revisitado el mismo recuerdo y, aunque solo fuese por un instante, lo vi desmoronarse para luego relajar su semblante e indicarme:

—¿Seguimos?

Continuamos nuestra marcha y mientras lo hacíamos el pueblo se desplegaba ante nosotros igual que un libro que solo se abre para ciertas manos. Me sentí derrotada, porque Willow Bend seguía casi igual, sí, pero había silencios nuevos. Huecos, casi imperceptibles, que solo notabas cuando sabías exactamente qué faltaba.

—¿Qué ha pasado con…?

—¿La antigua gasolinera de los Wyatt? —se adelantó él.

Donde antes estaba el surtidor oxidado y el letrero torcido que parpadeaba incluso de día, ahora solo quedaba un solar vacío, cubierto de guijarros y malas hierbas que el invierno había vuelto dóciles.

—La tiraron el verano pasado. Dijeron que era peligroso dejarla en pie.

Sentí como si hubiese perdido parte de mi memoria y, en cierto modo, lo había hecho.

—Fue aquí —dije cargada de pena. River se giró hacia mí—. Al poco de sacarte el carnet de conducir —continué. Él no tardó ni medio segundo en darse cuenta de qué hablaba—. Te metiste en sentido contrario por la estatal y casi te multan.

—Debo decir que el cartel estaba mal puesto y que al final no hubo multa —se defendió.

—Porque quien nos paró era el amigo de mi padre. —En aquel momento no fuimos conscientes de la suerte que tuvimos. No solo por librarnos de la multa gracias al agente Swan, sino del milagro que fue que no nos matáramos—. No recuerdo haber sentido mi corazón más al límite que ese día. —Aunque no era del todo cierto…—. Y luego decidiste venir hasta la gasolinera para repostar y, de paso, comprar un par de refrescos para celebrarlo —evoqué negando con la cabeza.

—Pero no tenía suficiente para las dos cosas.

—No… así que decidiste comprar las bebidas y tuvimos que empujar el coche hasta tu casa.

Reímos. La tensión inicial estaba siendo reemplazada por otra muy distinta, una que sin remediarlo nos estaba uniendo paso a paso; una que nos hizo caminar aún más pegados, dejando atrás la gasolinera y adentrándonos en los terrenos del instituto.

No sabía muy bien cómo habíamos terminado en esa parte del pueblo, supongo que, porque este camino lo hicimos demasiadas veces a lo largo de los años, día a día, varias veces al día. El Instituto Willow era uno de los centros neurálgicos de la ciudad y, pese a que no era excesivamente grande, sí que seguía dejándome sin habla aquel enorme campo al aire libre en el cual ambos habíamos pasado largas horas. Yo ensayando con la banda para los eventos deportivos y River jugando en el campo como tight end.

Ahora permanecía vacío y prácticamente a oscuras, solo iluminado por las farolas que iluminaban la acera que recorríamos con calma. Pese a ello, podía ver las gradas cubiertas de una capa fina de escarcha que las hacía brillar. Las observé con nostalgia y pude oír en mi mente el silbato que daba comienzo a los partidos.

—Eh, clarinete —dijo dándome un suave golpe en el hombro. Dentro del campo no éramos Lullaby y River; éramos clarinete y tight end—. ¿Aún lo sigues tocando?

—No he vuelto a tocar una sola nota desde que dejé el instituto —reconocí.

—Bueno, al menos pudiste tocarlo más tiempo del que yo estuve dedicado al campo.

Los ojos de River mostraron una tristeza dura y sincera. A los quince, al poco de empezar la temporada de partidos, tuvo una lesión de rodilla y, si bien en un principio todo parecía que iba a durar solo unos meses… River al final se tuvo que despedir de jugar. Aun así, se acercaba cada viernes a ver a los chicos en sus encuentros desde la vieja camioneta de su padre.

—Era ahí —señala él con el dedo. Y sé que se refiere al lugar en el que aparcaba—. Siempre, después de tocar, venías corriendo vestida con el uniforme de la banda que tenía todas aquellas borlas. Parecíais árboles de navidad azules.

Vi la parte trasera del Jeep, la forma en la que River me ayudaba siempre a subirme a su lado y el cómo yo solía recolocarle los mechones dorados que se le escapaban del pelo y jugaban a surcar su frente. Su mano agarrando la mía en cada jugada, su costado pegado al mío, la cantidad de veces que nos habíamos mirado con demasiada intensidad en aquellas noches de partido. Y su sonrisa, su enorme sonrisa siempre presente, aunque le doliese tanto no poder compartir las jugadas con los chicos, aunque tuviese que ser un mero espectador. Así era River, le bastaba con solo mirar. Mirar como quien se queda en el borde de algo que ama demasiado como para tocarlo y no estropearlo.

—Solía fingir estar demasiado pendiente del marcador, pero, en realidad, solo esperaba verte aparecer entre la gente —confesó con una sonrisa cálida.

Sentí cómo esa imagen se acomodaba en mi pecho, robusta y cálida. Dicen que uno siempre corre hacia su sitio seguro y River lo era. Él nunca se había reído de mí, nunca me había cuestionado y siempre me había dado el impulso para hacer todo aquello de lo que ni yo misma me había creído capaz.

Tragué saliva con dificultad.

—Siempre fuiste lo mejor de los partidos y no lo digo solo… cuando tuve que dejar de jugar, sino… siempre. Recuerdo estar entrenando y verte con la banda de un lado para otro, riendo, disfrutando de la marcha que hacíais; también tropezándote casi todos los días al subir las gradas porque te negabas a ponerte las gafas estando en el campo por si se nos escapaba un balón y te dábamos. —River se giró hacia mí—. Jamás habría permitido que ningún balón te rozase, que lo sepas.

Nos miramos. Estábamos muy cerca. La luz de la farola bajo la que estábamos dibujaba sombras suaves en su rostro, acentuando sus pómulos altos y enmarcando su mirada brillante. Pensé en todas esas noches de partido en las que habría querido decirle algo. En lo fácil que habría sido enredar mi mano con la suya. En lo difícil que me resultaba ahora aguantarme las ganas de hacerlo.

Su mirada bajó un segundo a mis labios y volvió a subir, como si se hubiera permitido el pensamiento solo durante una fracción de segundo. Lo suficiente para que yo lo notara. Lo suficiente para que algo se agitara entre nosotros. Sin embargo, dio un paso hacia atrás y el frío aire de diciembre volvió a colarse entre los dos, recordándome el presente, el ahora. Y todo lo que había pasado desde entonces.

—¿Por qué no me invitaste al baile de fin de curso? —inquirí de pronto. Quizá estar en el instituto me había hecho pensar en todos esos instantes en los que no dimos los pasos correctos, en los que jugamos demasiado seguro.

Sus ojos se abrieron por la sorpresa y acto seguido se relajaron en un gesto triste. Agachó la cabeza y contempló un segundo el suelo justo antes de volver su rostro hacia mí y arrugar su entrecejo.

—Pensé en invitarte —declaró.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste? —pregunté con el labio inferior temblándome ligeramente.

Él tragó saliva y se encogió de hombros. Para cualquier otra persona podría parecer un gesto ligero, pero no para mí. Por lo que di un paso hacia él. Lo vi tensar la mandíbula, ese aspaviento suyo que siempre aparecía cuando algo le dolía y no quería decirlo para no herir, para seguir mirando desde lejos.

—¿Habrías dicho que sí? —inquirió. No supe interpretar su tono—. ¿Habrías ido conmigo?

De nuevo, River me dejaba sin palabras o quizá las tuviese todas en la punta de la lengua, pero aún fuese demasiado cobarde para decirlas todas. ¿Cómo podía seguir negando lo evidente? ¿Cómo podía seguir guardando aquella confesión ahora que…?

Mi visión de él se empañó por un segundo, pero no había duda de que River sonreía cargado de la tristeza de demasiados años, de demasiadas dudas, de demasiados pensamientos; cuando lo único que teníamos que hacer era dar un paso.

—Yo… —Me faltaba el aire en los pulmones para contestar.

—Ava… —Mi primer nombre en su boca siempre sonaba muy diferente a como lo hacía en otros, había una intimidad que me desnudaba, que erizaba el vello de mi cuerpo—. No podía cruzar esa línea. Preferí no preguntar, no saber, no actuar. No podía perderte como amiga, no podía… Ava… no podía perderte.

Sentí de nuevo ese hilo invisible, que siempre nos había mantenido cerca y lejos a la vez, tirar de mis entrañas y querer desenredar los nudos que habían formado todos los casi en los que navegábamos sin pretenderlo, todas las decisiones que no habíamos tomado.

Tuve que darle la espalda. Me había mantenido demasiado firme hasta ese momento. Había jugado con ese paseo, con esa idea de rememorar nuestra propia historia en una noche como esa, pero empezaba a flaquear. Empezaba a sentir que me desmoronaba poco a poco.

—La noche en la que me dijiste lo de la oferta en Nueva York… Aquel noviembre de tu último año en Brown… —le escucho a mis espaldas, sin embargo, no me giro, permanezco con la vista fija en el fin de la carretera del pueblo, la que lleva al cementerio—. No fue la primera vez en la que quise ser egoísta contigo, pero sí fue la más real, incluso cuando me contaste lo de Anthony o cuando fuiste al baile con Tommy. —Le costaba decir aquello—. Tú estabas envuelta en mi manta y yo no encontraba la forma de decirte que quería que te quedaras. No por el pueblo, no por tu familia, por mí. —Respiré hondo—. Y pensé… «River, tienes que hacerlo. Tiene que saber que…».

El silencio entre los dos creció tanto que temí que se hubiese marchado, por lo que me volteé rápida con el corazón latiéndome a mil por hora. Seguía ahí, al menos por entonces.

—¿Saber qué? —le pregunté con mi voz rompiéndose—. ¿El qué River?

—Que te quiero.

—Que lo hacías —repliqué rota.

—¿Sabes qué fue lo peor? —continuó él con tono suave—. Ver cómo te alejabas la mañana que te marchaste. Pero pensé «No puedo hacerle eso, no a Ava, no a mi Lullaby. No puedo cortarle las alas de ese modo». Yo sabía que debías irte, que aquí jamás podría hacerte feliz si te detenía; que tus sueños debían cumplirse. —Tomó aire—. Siempre has tenido esa aura, esa luz. Siempre has tenido la necesidad constante de probar a los demás cuánto se equivocan y todo el mal que hacen. Y yo no podía retenerte, porque yo… yo no me podía ir. Yo tenía tan asumido que mis raíces, mis ramas y mis hojas, nacieron en Willow Bend y que nunca saldrían de aquí… que no podía marcharme, que aquí debía morir. —Aguanté un sollozo—. Hubo días —dijo— en los que quise escribirte. Días en los que quise decirte que te echaba de menos, que el pueblo era distinto sin ti, pero sabía que si te lo decía… regresarías.

—Lo habría hecho —admití.

—A veces imaginaba que volvías.

—A veces imaginaba que vendrías a buscarme —confesé y lo había hecho tantas veces…

Siempre que veía una cabellera rubia me detenía para comprobar si era él, por si River había decidido ser valiente por los dos y se había plantado en Nueva York.

—Por eso cada carta, cada llamada… tenía que ser inocua, tenía que perderse en los quizás. —Nos miramos el uno al otro—. Y por eso… me comprometí con Mandy.

Cerré los ojos al recordarla. Había querido odiarla tanto, tantas veces… Sin embargo, Mandy era perfecta. Era buena, era cálida, era mil veces mejor para River de lo que yo jamás habría podido ser. Cuando me llegó la noticia por parte de mi hermana, creí morirme. Para cuando River me llamó para contármelo, yo ya había ensayado tantas veces lo que les iba a decir a ambos, que salió sincero, natural, perfecto. Y cuando ella me pidió ser su dama de honor, dije sí, demasiado rápido, sin pensar. Al colgar, me mareé al imaginar tener que pasar por el pasillo de la iglesia y caminar hacia River, pero no ser a la que llamaría esposa.

—Y fui muy injusto con ella y me arrepiento todos los días de haberle hecho tanto daño como sé que le hice…

A dos meses de que se celebrase la boda, River rompió el compromiso.

Para aquel entonces yo estaba en una vorágine de trabajo que me había llevado a plantarme en mitad de una guerra tras otra. Poniéndome en primera línea de fuego porque me parecía mucho más sencillo eso, que llamarle y decirle que no sentía que el compromiso se hubiese roto y que le quería.

Luego… dejé que el tiempo pasase y nunca regresé al pueblo. El miedo es un mal consejero y el tiempo es un maestro del engaño.

—Lo que te he dicho antes… es verdad. Estoy tremendamente orgulloso de ti y de todo lo que haces con tu trabajo, todo lo que has conseguido. Ava, tu destino estaba viajando por el mundo, siendo la mujer intrépida que es incapaz de ver una injusticia y no gritarla al mundo.

River se pegó a mí y agarró mis manos con las suyas. Estaban heladas.

—Tendría que haberte llamado, haberte escrito; tendría que haber vuelto, tendría que haberte dicho tantas cosas… —Las primeras lágrimas cayeron por mi cara.

—Las sé. Las sé todas —indicó él.

Nos miramos. Y en ese cruce breve, supe lo que siempre había sabido: que nos quisimos de todas las maneras posibles, excepto de la única que requería valentía. River pasó sus dedos por mi rostro y lo limpió con cuidado. Juntó nuestras frentes y me estremecí. Agarré con fuerza su abrigo, tratando de retenerlo, de no perderlo.

—Falta poco —anunció separándose.

Pudo ver el miedo en mí, por lo que entrelazó sus dedos con los míos y continuamos caminando, hombro con hombro. El aire se volvió más denso. El pasado nos acompañaba paso a paso como una sombra fiel, pero que se iba disolviendo casi sin darme cuenta. Me pregunté cuánto más podría sostenerse algo que siempre estuvo a punto de ser amor, pero que nunca había podido serlo. Y que nunca lo sería. ¿Dónde van los amores muertos?

—Aquí —contestó River por mí.

Acabábamos de llegar al cementerio de Willow Bend. No era excesivamente grande, pero sí que había tenido que extenderse los últimos años. Empujé la verja, que no opuso apenas resistencia y que permanecía abierta siempre, para todos. Avanzamos con pasos muy lentos, tratando de alargar aquellos instantes lo máximo posible.

Lápidas frías y flores nuevas. La noche estaba quieta, inmóvil, demasiado atenta a nosotros. Hasta el viento parecía contener la respiración, expectante. River se detuvo frente a una tumba.

Leí el nombre en letras doradas: «River Arthur Clark».

Inhalé.

La llamada de Lucy.

La negación.

Las dos mil llamadas.

Los tres mil mensaje sin contestar.

Romperme.

Destrozar mi dormitorio.

Chillar.

No dormir.

No estar despierta nunca.

Y luego…

El avión.

La llegada.

Las miradas de pena de todos.

Salir fuera y ver su casa completamente apagada.

Llamarlo.

Que viniese.

Caminar con él hasta allí.

—Dime la verdad… ¿sufriste? ¿Te dolió? —pregunté, sosteniéndome gracias a la propia pena.

—No —respondió sin dudar—. Aquella noche me acosté pensando en ti, como tantas otras. Cerré los ojos, vi tu rostro, sentí tus manos una vez más, te escuché reír y luego… ya no hubo nada más. Vino el frío, como cuando te levantas en mitad de la noche porque te has destapado; pero al abrir los ojos de nuevo, supe que algo pasaba y… me vi allí, sobre el colchón.

Ahogué un gemido y asentí ante lo que me contaba.

—¿Y has estado aquí todo este tiempo?

River negó con la cabeza.

—No, pero… te lo dije, me llamaste. —Apretó mi mano tres veces—. Estaba en una especie de nada, de vacío. No sé cómo llegué a aquel lugar. Pero, entonces… te oí. Escuché tu plegaria silenciosa. Supe dónde encontrarte y solo tuve que seguir el hilo dorado de tu voz.

—Si hubiese sabido que te ibas… —empecé, él me cortó.

—No había forma de saberlo y no puedes cargar con eso, Lullaby. —Atrapó mi cara entre sus manos, frías, muy frías y me estremecí, pero no por eso; sino por la intensidad de su mirada—. Por eso he venido, porque no puedes cargar con todo ese dolor, porque lo sé. Lo sé todo. Puedo ver nuestro amor, puedo vernos a nosotros todo el rato, siempre.

—Debí haberte besado, debí haberlo hecho todas esas veces en las que lo pensé y no lo hice —solté casi gritando en un susurro entre los dientes.

Es entonces cuando River acortó la poca distancia que nos separaba y nuestras bocas se juntaron por primera y última vez. Comenzó como un beso torpe, nervioso, al que le teníamos tantas ganas que no sabíamos gestionar; pero cuando al fin mi boca y la suya se reconocieron, se volvió un beso tierno a la vez que muy apasionado. Subí mis brazos hasta su cuello y traté de profundizarlo.

Cuando al fin nos separamos, jamás había visto a River tan roto. Lloraba junto a mí, apartando el pelo de mi cara y recorriéndola con esos ojos dulces con los que siempre me miró.

—No me puedo quedar mucho más —anunció.

—No, por favor, River, no te vayas, aún no —supliqué con un temblor que me hizo tropezar.

Él sonrió con serenidad, pese a que seguía llorando.

—Te quiero —me dijo.

—Te voy a querer toda la vida —proclamé como si se tratase de una verdad universal, una ley de la naturaleza.

—Lo sé… —De nuevo, la mejor de sus sonrisas, la última, fue para mí—. Feliz cumpleaños, Ava Lullaby. Espero que te guste mi regalo.

El primer copo de nieve cayó sobre la punta de mi nariz. Alcé la vista al cielo y comprobé que empezaban a caer otros miles a mi alrededor. Sonreí. Mi regalo. Mi día de nieve. Miré a River mientras cada copo se llevaba con él un pedacito de su figura. Sus contornos se desdibujaron.

Estábamos en una cuenta atrás.

—Cobarde —dije arrancando con nuestra despedida.

River sonrió cargado de tristeza.

—Gallina —contestó disolviéndose en el viento.

—Cagueta.

—Miedica.

—Rajado.

—Blandengue.

Apenas quedaba una sombra de él.

—Te quiero, Ava.

—Te quiero, River.

 

***

 

Él se fue. Yo me quedé.

La nieve siguió cayendo conectando aún mi vida y su muerte, sellando la noche como una promesa cumplida demasiado tarde. Y entendí, al fin, que el tiempo no perdona a quienes creen que siempre habrá un después.

Amar sin elegir también es una forma de perder.

Dejé que el silencio me abrazase, prometiéndome que nunca volvería a confundir el miedo con la prudencia, ni el amor con la espera.


***



¿Qué os ha parecido? Podéis comentármelo tanto por aquí como en otras de mis redes sociales —donde más activa estoy es en Instagram como @Silthesia—, eso sí, por favor, desde el respeto y con un poquito de cariño. Admito críticas, pero solo constructivas :). 


Y  me despido, hasta aquí la página de hoy.

Nos leemos.

S.

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